Archipielago

La tortilla de patatas by Carlos Usín

Me encantaban aquellas excursiones. Aunque sólo era un niño pequeño no sólo representaban una ruptura con lo cotidiano, que, por cierto, era bastante aburrido. Era una especie de ensayo de aquellas otras excursiones al estilo Marco Polo que hacíamos hasta Galicia para pasar allí los meses de julio y agosto. Estas otras eran a lugares más cercanos a la sierra de Madrid. En cuanto llegaba el buen tiempo, mi padre organizaba algún pequeño viaje con el Seat 600 y nos íbamos camino de Segovia o Navacerrada.

Solíamos ir a un lugar llamado “la boca del asno”. Era un pinar en el que – con el tiempo – se instalaron unas mesas y unos bancos, de estilo rústico a modo de merendero campestre, pero que en un principio era campo salvaje.

Guiados más por la experiencia y la intuición antes que por las indicaciones del camino, en un momento dado abandonabas la carretera y allí donde llegaba el coche, lo aparcabas debajo de un gran pino, a resguardo del calor. Luego, extendías sobre la hierba la manta que haría las veces de mantel encima del cual comeríamos. Después, ubicados al borde del río de aguas tranquilas, transparentes y gélidas que pasaba por allí, colocábamos en la orilla las botellas de vino y de gaseosa para que se fueran enfriando.

Antes de comer aprovechábamos el estar al aire libre, la naturaleza y si hacía mucho calor, nos metíamos en el agua para refrescarnos. Claro que debías tener mucho calor porque se te cortaba la respiración de lo fría que estaba. En mi caso, aunque el río tenía poca corriente, aprovechaba alguna poza entre las muchas piedras que había, y con mis padres cerca, vigilando, intentaba que no se me congelaran las ideas. Lo más divertido es que no siempre era necesario ponerse el traje de baño: yo podía hacerlo sin nada y mi padre, llegado el caso, en calzoncillos. Los que pasaron una guerra tenían menos remilgos. Además, estábamos solos.

Otras veces intentaba jugar al fútbol con mi padre o con mi hermano, emulando a mi gran ídolo de entonces, Alfredo Di Stefano. De hecho, le pedí a los Reyes Magos la camiseta del Madrid con el 9, aquel mítico jugador al que yo, con mi lengua de trapo, rebauticé como DiPavo.

Pero lo que más me gustaba era cuando llegaba la hora de comer. Era como un juego. Llevábamos una gran cesta de mimbre, una especie de maleta en la que ya estaban preparados unos platos, cubiertos y vasos de metal, listos para ser transportados a un picnic y atados convenientemente. Luego, mi madre sacaba de otra bolsa la comida: una tortilla de patatas, unos filetes empanados, el pan que habíamos comprado en algún pueblo de camino y si había tenido tiempo, unos pimientos fritos. Lo malo de los pimientos fritos es que después de freírlos había aceite en la cocina de casa como para engrasar un avión y claro, eso retraía mucho. Me encantaban las tortillas que hacía mi madre. Creo que, además, sabían diferente. Sería la brisa serrana, el rumor del río, el verdor de los pinos o no sé, o que el agua del río me lo había congelado todo, pero todo sabía mejor.

Recuerdo que en alguna ocasión el olor de la comida atrajo a unas vacas que pastaban por allí cerca y más por miedo que por prudencia, salimos escopetados dejando todo allí, a la vista de los animales, mientras nosotros nos apretujábamos dentro del coche, con las ventanillas abiertas, haciendo ruido para espantarlas y tocando el claxon.

Después de aquella comida tan bucólica, limpiábamos los platos en el río y aunque no dejábamos muchos restos, los que quedaban se los dejábamos a los animales que por allí pudieran pasar. Después, nos echábamos a descansar a la sombra de los pinos, escuchando a los pajaritos y el ulular de la brisa entre los árboles. A veces, también cogíamos alguna piña para intentar sacar los piñones.

De aquellos maravillosos años de vacaciones en la playa de Foz, recuerdo también unas reuniones familiares masivas y unas meriendas pantagruélicas en un sitio llamado Palmira. Los mayores perdían el conocimiento comiendo hasta la saciedad todo tipo de mariscos, empanadas y demás delicias gallegas, mientras a mí lo único que me gustaba era la tortilla de patatas de la tal Palmira. Después, a la hora de pagar, preguntábamos cuánto se debía y la mujer respondía con un humilde “lo que ustedes quieran”. Y entonces mi padre y mis tíos, pagaban con creces no ya los alimentos sino el tiempo que llevaba en la cocina Palmira, quien al ver esa cantidad de dinero a la que no estaba acostumbrada, decía “pero esto es demasiado”. Una cosa era comer barato y otra aprovecharse de una buena mujer que cocinaba como los ángeles. 

Tal vez sea por aquellos nostálgicos recuerdos, tan lejanos que apenas puedo identificarlos como propios, por los que mi plato favorito de siempre ha sido la tortilla de patatas. Hasta un tío mío, en plan cariñoso, me llamaba “el tonto de la tortilla”.

Algunos años después, en plena adolescencia, cuando la opción de pasar los veranos en la playa de Galicia se convirtió en un sueño irrealizable y no tenía otra alternativa que pasar todo el largo, tórrido y plúmbeo verano en un secarral cercano a la sierra de Madrid, los momentos más álgidos de todo el verano lo constituían los días en los que jugábamos un partido de fútbol contra otras urbanizaciones vecinas, o Gustavo – que era una especie de líder naturista – organizaba alguna excursión por el monte a lugares perdidos donde, a lo sumo, te encontrabas con algún lugareño , casi un ermitaño, tan asombrado de ver seres humanos, como nosotros de verle a él. En esas excursiones, en mi mochila, no podía faltar la tortilla de patatas. Era como hacer de Dr. Livingstone, pero sin porteadores.

Probablemente, junto con la paella, es el plato más típico de España. No en balde se la conoce como tortilla española. Y sus ingredientes no pueden ser más sencillos y pobres: patatas, aceite, cebolla y huevo. Aunque tal y como se están poniendo los precios de unas cosas y otras, a lo mejor se convierte en un plato para ricos.

PD. Soy un maestro haciendo tortilla de patatas.

© Carlos Usín

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