Archipielago

Caníbales —09 ESCOGER ACABAR by Lucas Corso

Hace ahora casi treinta años, en 1993, se publicó en Japón un libro que estigmatizaría al país hasta nuestros días. El título de la obra no dejaba lugar a dudas sobre su contenido: El completo manual del suicidio. A nivel mundial, Japón tiene un índice de suicidios que está por debajo de Estados Unidos, China, Corea del Sur, Rusia o la India. Sin embargo, la creencia popular es que el país nipón es el primero en suicidios. La razón no es otra que ese libro. Y un bosque.

Aokigahara, situado a unos cien kilómetros de Tokio, es un bosque con alrededor de 35 kilómetros cuadrados de extensión. Se ha ganado el sobrenombre de Bosque de los suicidas, debido a la cantidad de gente que ha decidido terminar con su vida en su interior. El bosque cuenta con diferentes entradas. En todas ellas hay carteles que, junto a un número de teléfono, contienen el mismo mensaje: Tu vida es un hermoso regalo de tus padres. Por favor, piensa en tus padres, hermanos e hijos. No te lo guardes. Habla de tus problemas. Un grupo de voluntarios se encarga de recorrer el lugar en busca de cuerpos o, si hay suerte, personas que todavía no han dado el paso para tratar de convencerlas de lo contrario.

Recientemente, el país nipón también creó el Ministerio de la Soledad para combatir el aumento de suicidios registrados por la pandemia del Covid-19. En un país en el que el confinamiento voluntario no es poco habitual, sobre todo en jóvenes, y en el que la ausencia de vínculos con el entorno es cada vez mayor, las medidas restrictivas derivadas de estos últimos años han logrado hacer mella en muchos japoneses, que han visto cómo los casos de depresión y otros trastornos mentales graves han subido de manera preocupante. Sin embargo, como ha quedado dicho al comienzo de este artículo, Japón no encabeza ninguna lista en cuanto a suicidios. Es por eso que ni mucho menos han sido los únicos en registrar aumentos alarmantes en los índices relacionados con la salud mental.

En España, a principios del 2020, el suicidio fue la primera causa de muerte externa durante cinco meses, con 1.343 decesos registrados según datos del Instituto Nacional de Estadística. A lo largo del año la cifra alcanzaría los 3.941 casos. Eso son casi once personas al día. Hoy duplica las muertes causadas por accidentes de tráfico. Hay que tener en cuenta además que muchas muertes accidentales, como caídas o ahogamientos, pueden esconder suicidios que no han sido asignados a esta causa. En el mundo son 800.000 las personas que se suicidan al año, siendo la segunda cause de muerte en jóvenes de entre 15 y 29 años, sólo por detrás de los accidentes de tráfico. A día de hoy, el suicidio ha dejado de considerarse un problema de salud mental para pasar a ser considerado uno de salud pública. No obstante, el tabú alrededor del mismo sigue siendo prácticamente el mismo. Menos de la mitad de los países miembros de la OMS, 80 de 183, disponen de registros civiles con datos de buena calidad. A mayores, es un problema silenciado en gran parte de los medios de comunicación o cubierto de forma irresponsable, con personas informando sobre el mismo poco conocedoras o directamente ignorantes acerca de cómo tratarlo. Si en el buscador de Google comienza usted a escribir la palabra ayuda, le aparecerán justo debajo diferentes opciones, como ayuda para el alquiler o ayuda para jóvenes. Si continua escribiendo la palabra suicidio, el buscador se pone en blanco y no le ofrecerá alternativas hasta que comience la búsqueda.

En una sociedad que nos obliga a ser felices para funcionar, para encajar, y donde lo que todo el mundo muestra a los demás es sólo lo mejor de su día a día, escondiendo las emociones más negativas o los contratiempos más cotidianos, el hecho de rechazar la propia vida y escoger terminarla es algo que sigue siendo difícil no ya de aceptar, sino de comprender. El suicidio ha dejado de ser un estigma para acabar convirtiéndose en una patología de una sociedad que sigue sin aceptar, a pesar de lo vivido en los dos últimos años, que si todas las cosas en la vida tienen su parte oscura, la vida en su totalidad también puede serlo.

El cristianismo considera el suicidio un pecado, uno de los peores además. En Japón, sin embargo, históricamente el suicidio ha tenido más que ver con el honor. En un país en el que el cristianismo sólo lo profesan el 1% de su población, nadie relaciona el que alguien decida poner fin a su propia vida con algo pecaminoso o recriminable. Allí todavía prevalecen valores de la tradición japonesa de los kamikazes y del harakiri, la muerte honorable. Es por ello que en Japón el suicidio se ve como una forma de asumir una responsabilidad. Quizá sea así, o quizá sea todo lo contrario. La sociedad occidental, anclada también en sus propias tradiciones, todavía no sabe cómo mirarlo. Puede que en última instancia eso sea lo más grave: no saber, o no querer, verlo.

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