Archipielago

Okupas// Catalina Santamaria: Los squatters me mostraron un mundo ideal

Artículo publicado en Viceversa by Mariza Bafile @mbafile

Su último trabajo: Squatters es el resultado de años y años de dedicación. Es el cuento vivo de una utopía que, gracias a ella, queda viva, retratada en imágenes, el testimonio de una Nueva York que ya no existe.

De apariencia tranquila y hablar pausado Catalina Santamaria, posee las dotes del buen documentalista: seriedad, curiosidad y ansias de profundizar. Tenaz en sus investigaciones, no le teme al paso del tiempo con tal de seguir las pistas que le permitan ir más allá de lo obvio, encontrar a los protagonistas de sus historias, sumergirse en sus vidas y en su pasado, buscando, incansable, lo que desea contar con su cámara. Su último trabajo: Squatters es el resultado de años y años de dedicación. Es el cuento vivo de una utopía que, gracias a ella, queda viva, retratada en imágenes, el testimonio de una Nueva York que ya no existe y de unos sueños que se desvanecieron. Es la historia de personas que humanizaron edificios semidestruidos y de edificios que dieron cobijo a sus ideales.

“La primera vez que conocí a unos squatters fue en Londres. Había ido para un semestre de intercambio de estudios y me quedé seis meses más trabajando. Allí conocí a unas personas quienes se apoderaban de edificios abandonados y allí creaban comunidades”.

Catalina Santamaria, colombiana de origen, en su país estudió cine y fotografía. Empezó a trabajar como fotógrafa, pero, al poco tiempo, se dio cuenta de lo que realmente le gustaba: las imágenes en movimiento. Llegó a Nueva York para profundizar sus estudios en The New School y estando allí realizó el corto Derail, sobre los trenes de Nueva York. En él une la fotografía, el arte y la música en un proyecto que recibió varios premios. En la misma línea va otro de sus trabajos, Luminiscencia, dedicado a la luz. Todas las imágenes están relacionadas con la luz y se ven reflejas en el vidrio de un carro, en el agua, en cristales, en un espejo o en un charco. Las acompaña una voz narradora que recita textos poéticos muy cortos, algunos de Borges, que hablan de los reflejos.  

De esos mismos años es también un corto de ficción titulado: Excepto mi alma, protagonizado por el actor y director de teatro Ramiro Sandoval quien, al igual que ella, es de origen colombiana y vive en Nueva York. Muchos los reconocimientos y premios que obtuvo con estos trabajos.

Durante un tiempo fue asistente personal y alumna del director documentalista Alan Berliner, de quien aprendió mucho. A raíz de esa experiencia entendió que lo que más le gustaba eran los documentales.

Cuando el Museo Pereira en Colombia organizó una exposición sobre apropiación, ella participó como artista y realizó su primer corto sobre los ocupas, los squatters.

Había vuelto a encontrarlos en Nueva York, gracias a su amigo Ricardo Peña quien la introdujo en Umbrella House, un edificio abandonado en mitad de su construcción, en el Lower East Side de los años ’80, que él había ocupado junto a otras personas, muchas de ellas inmigrantes. Allí a pesar de las muchas incomodidades, de la falta de calefacción y de servicios, encontró a un grupo de personas que había transformado un ideal en realidad. Todos se ayudaban, todos colaboraban, todos trabajaban para volver el edificio cada día más vivible. La mayoría eran artistas y por lo tanto organizaban exposiciones, happenings, fiestas. Eran una grande, solidaria familia.

“Ellos me mostraron una visión del mundo diferente. Una sociedad solidaria, libre, creadora. Un sueño”.

En esos años entrevistó a algunos de los ocupas. Más tarde recibió un material que había grabado otra persona y que relataba diferentes etapas de la ocupación de otro edificio cercano. Juntando material viejo y nuevo, Catalina Santamaria, con gran dedicación, fue construyendo el edificio de su documental, ladrillo a ladrillo. Digitalizó el material filmado en esos años, buscó a los protagonistas que habían quedado, y comenzó a reconstruir toda la historia de ese sueño que, con el paso de los años, fue cambiando, como todo en Nueva York. 

“Algunos de los ocupas hoy son dueños de esos apartamentos y los edificios están completamente reestructurados. El documental fue creciendo y creciendo, hasta llegar a la actual hora y media. Llegaron otras imágenes y parecía no tener fin, hasta que me obligué a darlo por terminado”.

Conocer a los squatters, compartir con ellos, revisar todo el material que cuenta momentos especiales de su historia, fue una experiencia muy especial para Catalina.

“Yo conocía el lado difícil de ser ocupas: el frío de los inviernos, las incomodidades, la precariedad, el miedo a la policía y los desalojos. Ellos me mostraron todo lo demás dejándome descubrir una perspectiva desconocida, un ideal. Cuanto más los conocía más les iba tomando respeto y admiración porque se necesita mucha fuerza para ser un squatter. Es mucho más que la búsqueda de un espacio en el cual quedarse, es una decisión de vida, es creer en una sociedad diferente, más justa. Es algo mágico. Sentí que quería terminar el documental para honrarlos, para mostrar el amor que movía todo lo que hacían. Nadie se sentía solo entre esas paredes a medio construir. Una mujer tuvo allí a sus dos hijos y esos niños crecieron en ese mundo mágico, con muchas dificultades, pero rodeados de arte, de belleza, de alegría y de mucho cariño”.

Con el tiempo algunos se fueron, otros se quedaron y ahora son dueños de sus apartamentos, otros murieron. Siguen con sus trabajos comunitarios, pero mucho menos, los edificios han cambiado y los espacios que antes usaban para los eventos culturales ahora albergan actividades comerciales.

Cada vez que Santamaría presenta su película revive la emoción de esos tiempos porque siempre, entre el público, hay alguien que vivió esa misma experiencia, un squatter, un amigo, un hijo. La primera vez lo presentó en Bogotá, durante la Muestra Internacional Documental (MIDBO). Fue una presentación virtual a causa de las restricciones impuestas por la Covid. Muchos los mensajes que le llegaron de personas que habían quedado conmovidas por su historia.

Seguidamente estuvo en Cali, en el Festival que organiza el documentalista Luis Ospina quien también fue su asesor junto con Alan Berliner. Lamentablemente murió y no pudo ver su trabajo terminado. 

“Fue la primera vez que lo presentaba en pantalla grande y el silencio que se creó en la sala desde el primer momento hasta el último me hizo entender que la gente había entrado en la película, que la estaba viviendo. Una mujer muy emocionada me dijo que ella había sido squatter en Francia”.

De Colombia viajó a Estados Unidos y lo presentó en Chicago. La acompañaron uno de los squatter y el músico de la película. La reacción fue igualmente emotiva. Un miembro del jurado quedó muy impactado y le hizo una crítica muy positiva considerándolo un testimonio importante de la vida de Nueva York. 

Ya en Nueva York participó en el AoBFF, The Art of Brooklyn Film Festival en una presentación particularmente emotiva porque estuvieron presentes muchos de los squatters que aparecen en el documental. Dos de ellos son los niños que allí nacieron y se criaron, y todos se conmovieron.

“Para mí es muy importante que los protagonistas se emocionen al verlo porque hice el documental pensando en ellos con gran respeto y admiración”.

En el Festival de Cine de Puerto Rico ganó el premio al mejor largometraje documental internacional y de vuelta a Bogotá participó en el Festival de Mujeres por la Paz 2022, organizado por la actual Ministra de Cultura Patricia Ariza fundadora del Teatro La Candelaria.

Paralelamente Catalina Santamaría ya está trabajando en otro proyecto, una idea que acaricia desde hace mucho tiempo, y que desarrollará en Bogotá.

“Será un documental sobre la historia de la televisión en Colombia que está estrictamente relacionada con la de mi familia. Fue mi tío, Fernando Gómez Agudelo, quien la llevó a mi país en 1954 durante el gobierno de Rojas Pinilla. Ya entrevisté a mi mamá y a mi tía. Mi tío lamentablemente murió en 1993. Mi tía compartió con él todo ese proceso, conoce anécdotas y detalles. Para mí es muy importante admirar a las personas que documento y a mi tío lo he admirado siempre. Vine a Nueva York gracias a él porque fue quien me animó a estudiar cine aquí. No era un hombre fácil, pero siempre lo admiré y a medida que voy conociendo detalles de su vida y de su personalidad lo aprecio más y más”. 

Catalina Santamaría en Nueva York trabaja desde 2015 como Broadcast Associate en CUNY y ahora es la productora del programa TV Italics que dirige el profesor Anthony Tamburri, director también del Calandra Institute.

“Es un programa dedicado a la cultura italoamericana y, si bien no soy italiana, me interesa mucho conocer culturas diversas y personas diferentes. Soy también editora, cosa que disfruto mucho porque para mí la edición es como una meditación”. 

Categorías:Archipielago, narrativa

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