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EL TIEMPO Y LA SANGRE TIENEN EL MISMO SABOR by Anabel García

Imagen tomada de Pinterest

El reloj de Manuela se paró a las 5:40h. El portazo trastocó las tuercas dentadas, de tal modo que el metal se mordió a sí mismo como los dientes de Manuela el interior de su boca. Y entonces aprendió que el tiempo y la sangre compartían el mismo sabor.

Manuela se sentó en la silla. Sin darse cuenta dejó pasar las horas inmóviles, mientras con un dedo acariciaba la esfera numerada sobre su muñeca, y la lengua saboreaba la muerte en el velo del paladar.

El silencio avisó a los vecinos de que finalmente se lo habían llevado a él, y en cuanto el sol entró por debajo de la puerta fueron con rapidez a comprobarlo. Dieron un abrazo, y un refugio, a Manuela, dentro de la despensa de uno de ellos, no fueran a volver con una bala para ella.

Pero eran tiempos de supervivencia y había otros a los que llevarse. A ella la dejaron, como a tantos, dentro de un cajón, y los años pasaron dentro de un segundero que no se movía.

Manuela entonces apuntó en su memoria: Un marido nuevo. Dos hijos. La posibilidad de volver a enseñar en las escuelas de los pueblos más recónditos y más fríos de Galicia. Como si estuviera pidiendo por un catálogo lo que iba a recibir en los próximos Reyes Magos.

Más de alguno le preguntó por el reloj parado que llevaba siempre puesto. «Una reliquia familiar ¿verdad? ¿Es muy antiguo? ¿Porque no lo llevas a arreglar?»

Y evadía la respuesta o se inventaba que venía de un familiar que no recordaba.

Lo cierto es que intentó arreglarlo varias veces, pero ningún relojero pudo darle cuerda de nuevo. Manuela no sé sorprendía, pero en cada ocasión que le decían que no tenía remedio, el tiempo y la sangre volvían a la cata de su lengua. Era lo esperable. Es más, estaba convencida de que, si las horas volvían a aquel reloj, él volvería a casa. Estuviera donde estuviera. Incluso cuando jubilaron a Benito, y todos volvieron a Astorga. Él lo sabría y abriría la puerta para ir a buscarla.

Abrieron cajones. Se puso de moda la publicación de memorias y poemas de aquellos tiempos. La llamaron hasta a ella y quisieron que les contará alguna anécdota para completar una antología. Manuela aprovechó para reencontrarse con amigos y conocidos de entonces y recordó, y canturreó, en voz alta y con cariño todo lo que habían compartido juntos. Fueron extrañas sensaciones, como sacar tu vestido favorito de un baúl repleto de naftalina y ser consciente de todo lo que había pasado desde la última vez que lo habías puesto.

Por entonces Manuela se despertaba a menudo antes del alba. Le gustaba tantear, con los ojos cerrados, por la mesilla de noche, y coger al azar una de las chocolatinas que le había traído su nieta, y que le dejaba ahí a propósito. En esa posición, entre relajada e inconsciente, escuchó un tic-tac. Un inesperado tic-tac. Un familiar tic-tac. Se llevó la muñeca rápidamente a la oreja y sin creerlo todavía sintió como si las manecillas estuvieran temblando. Era imposible poder escuchar o verlo, pero era también lo más real que había sentido. 

El dulce del chocolate se transformó en un metal salado que reconoció al momento: El tiempo y la sangre comparten el mismo sabor.

Sin dejar de escuchar el reloj al lado de la oreja, se sentó en la cama y miró atenta hacia la puerta.

El reloj de Manuela se volvió a parar, está vez a las 5:45h.

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