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TONADA EN OCRE by Felicitas Rebaque

Imagen tomada de Pinterest

AL atardecer, un viento frío destempla el final de un día cálido. El sol bosteza sus últimos rayos tiñendo las ramas de los árboles  de suspiros rojizos.

Uno de esos suspiros la desprende del árbol, y la deja planeando en el aire, a merced del viento. Su vuelo será corto, por eso no pierde el tiempo en lamentarse y contempla el camino flanqueado por los álamos vestidos de invierno. Recuerdos de otoño tardío tapizan el suelo.

Escucha al arroyo cantando nostalgias: música de espuma y cantos rodados. Gotas juguetonas salpican las ramas de los arbustos silvestres que velan, desde la orilla, su alocada carrera. Los mira, según desciende, suplicando al viento que la sostenga en sus manos unos minutos más. Ya se acerca la noche y desea ver a la luna por última vez, meciéndose en el reflejo del agua.

LLora la luna lágrima de plata. Resbalan por su cara y, antes de que se pierdan, las recoge el viento que las lanza a la noche que ya cabalga sobre el horizonte.

Ella también llora. El viento racheado, cruel,  la pasea por entre los árboles de  ramas huérfanas, antes de dejarla en el suelo junto a sus hermanas que se apiñan unas sobre otras formando un cementerio de hojas. Hojas muertas.

El viento se aleja silbando una melodía que se extiende entre las sombras. Ella, en su último lamento canta tambien:

«Canta que te canta, camino a los valles, que esta pena mía no la sabe nadie»

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