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DE LA INTOLERANCIA A LA LACTOSA Y OTRAS NEVER ENDING STORIES by Nohelia Alfonso

Imagen tomada de Pinterest

Al gusano infecto que me arruinó el Halloween con su alarde de machista repugnante:

Ojalá hubiera contestado a tu pregunta. Ojalá hubiera tenido el valor o las ganas. Ojalá te hubiera ridiculizado delante de tus dos coleguitas de chigre ante los que te envalentonaste, porque está claro que si hubieras estado solo no habrías abierto la boca. Siempre necesitáis de un camarada o un apoyo que valide vuestro maldito comportamiento deleznable. Alguien que verifique que tenéis derecho a decirle algo así a una mujer, que además iba sola (pero es que eso tampoco justifica nada) . Otro gallo cantaría si me hubieran acompañado dos amigas, y cantaría mucho más si el acompañante fuera un hombre. Entonces surge otro tipo de respeto o de cobardía, lo que no hace más que confirmar que sabéis que está mal, que sabéis que merecéis que os cierren la bocaza, y que solo os atrevéis porque no hay nadie que defienda, porque el objeto de vuestro ataque de mierda es vulnerable. Dais asco. 

Doce y media de la noche. Ataviada de novia de Frankenstein y con un abrigo de paño oversize hasta los pies, me dirijo a la barra de una sidrería que está ya cerrando para ver si pueden venderme algo de pan. No iba en faldita (aunque qué coño justifica eso), mi cara era de cadaver con suturas sanguinolentas (no iba de muerta sexy, aunque ¿y qué?), no estaba bailando en un pub (aunque a ver a qué diablos da eso derecho), y estaba intentando comprar una miserable barra de pan para cenar algo en casa después de llevar fuera disfrazada toda la tarde. Fue muy rápido, entrar y salir. Iba con el automático puesto, dando ya por hecho que solo iba a confirmar que, efectivamente, no tenían pan, así que no esperaba lo que pasó, ni estaba preparada para hacer otra cosa que no fuera entrar, preguntar, y salir. Si hubiera entrado Elvis resucitado, también habría reaccionado tarde. 

El caso es que solo estaba el camarero tras la barra, un chico fregando el suelo, y un tipo de unos 50 apoyado en el mostrador en el que ni siquiera reparé. Cuando me disponía a salir tras la negativa a la disposición de pan, el tío casposo que agarraba su vaso de tubo va y me pregunta girándose: «¿Y leche no quieres? «. 

Los dos pasos que me llevaban a la calle y que ya había dado orden a mi cerebro de dar, me lo quitaron de la vista antes de poder reaccionar con el mayor de los desprecios. Sentí literalmente ganas de vomitar. El muy cerdo se quedaría bien a gusto por la ocurrencia soez que además se quedó sin contestación. Que por cierto, es lo que ocurre la mayoría de las veces, de ahí que no haya límites. ¿El motivo para decir aquello? Únicamente uno: soy una mujer. Podía haber bromeado con el disfraz, era lo suyo. Yo misma me habría reído de haber dicho algo ocurrente sobre Frankenstein. Pero no. No importaba el disfraz, no importaba cómo era yo, solo importaba hacer alarde de una virilidad deformada y agusanada, solo importaba ofender e intimidar. 

Me lo imaginé riendo con los camareros mientras me alejaba clavándome las uñas en las palmas de la rabia. Valoré volver a ponerlo en su lugar, pero en serio, es verdaderamente agotador tener que hacer esto cada dos por tres. ¡Cansa! ¡Aburre! ¡Y nunca para! ¿Pero por qué tengo que volver a un sitio donde me han dicho semejante cerdada a exigir respeto? ¿No lo merezco simplemente por ser un ser humano? ¿Tengo que volver a enfrentarme al engendro enfermo que soltó esa perla? ¡Venga ya! ¿Y mañana, cuando ocurra de nuevo en una gasolinera, en el súper, en la calle? ¿Voy encabronándome con todos los tíos que hagan esto constantemente? ¡Es terrible! ¿Y sabéis que es lo peor? Que el día que no aguantas más y reaccionas, eres una puta histérica, no se te puede decir nada, y era una broma. Justificación constante del micro machismo: «Es que hoy no se puede decir nada». Pues hombre, no se puede decir nada que atente contra los derechos humanos, sí. No se puede de nunca. No de ahora. Lo que pasa es que cada vez hay menos cómplices entre los oprimidos por el maldito patriarcado, más consciencia de la verborrea abusiva sexualmente hablando, y más oposición. Si tú mismo te das cuenta de que el chistecito bravucón y ofensivo a costa de las mujeres, solo te lo van a reír cierto tipo de hombres, no lo cuentes. El radar no te falla: es machista. Pregúntate por qué demonios te hace gracia a ti. Seguro que nadie se ríe -o al menos en público- de un chiste que denigre a los judíos de los campos de concentración. A los supervivientes y familiares nadie les dice que no aguantan una broma. ¿Es distinto? ¿Es exagerado? No lo creo. A nosotras tampoco deberían decírnoslo mientras una manada de estudiantes de un colegio mayor se asoma a las ventanas para gritar a las chicas de la residencia de estudiantes de en frente que son unas ninfómanas y van a follar todas en la capea, aullando como troyanos. Nadie debería hacer una puta broma sexual más cuando el número de violaciones por día supera cifras espeluznantes. A ver cuándo diablos entendéis que esos son los comportamientos quenllevan a y/o justifican la agresión. Y que disgustan, intimidan, dan ascazo y miedo. Os seguiréis preguntando por qué era necesaria la nueva ley del «Solo sí es sí». Por qué se celebra el 25N.

Ojalá aquellos dos camareros le parasen los pies a aquel imbécil. Ojalá, ojalá no le aplaudieran la bromita y le palmearan la espalda. Ojalá lo hicieran sentir tan miserable como merece, yo no querría clientes así ni pertecener al mismo género que alguien tan detestable. Ojalá se extienda la nueva masculinidad que no apoya estos comportamientos neandertales. Iba a decir que ojalá no haya mujer que te ame ni te aguante en la vida, pero seguro que eso ya te pasa. Espero que tengas una hija a la que los dueños de la sidrería le cuenten lo que hiciste. Aunque fijo que ya te odia.

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