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Caníbales: PROPÓNGASE COSAS, QUE SON 365 DÍAS by Lucas Corso

Resulta que se acaba otra vez el año. Justo ahora que uno comienza a acostumbrarse hay que cambiar de número. La gente va como loca cenando con gente, bebiendo con gente, comprándole cosas a gente y recibiendo más cosas de esa gente. Yo también, no se crean; soy tan gente como los demás. Gasto en todo lo que me gusta sin pensármelo, aunque no sea para mí, como y bebo lo que me viene en gana con independencia de la cara que ponga el que tenga que pagar la cuenta y, cuando me miro al espejo, no veo los años porque siempre he preferido mirar adelante, y esos no los he sabido contar por miedo a quedarme corto. Pero si hay algo que no he sabido hacer nunca es lo que muchos ahora andan preparando: propósitos. Creo que soy la persona que menos cosas se ha propuesto en la vida. Hasta parece que lo he hecho a propósito si no fuese porque, en fin, no sé cómo se hace eso. Pero les digo una cosa: se acabó. Pero antes, un pequeño rodeo.

Están los propósitos clásicos, esos que dibujan sonrisillas en la cara de los que los escuchan por boca de la persona que, de manera más que evidente, no los cumplirá: comenzar a ir al gimnasio y dejar de fumar. Es un combo imposible de asumir así, de golpe. Es como ir en coche a doscientos y querer bajar a cero en un segundo: es mejor no intentarlo porque no es cómodo vivir sin dientes. Pues esto es igual: salpimentar el mono del tabaco con el de la vida sedentaria, que engancha igual que la nicotina pero sin la tos y el aliento a cenicero, no es cosa fácil. Pero buscando en listas de propósitos que se hace el personal (sí, las hay), uno ve que hay de todo, desde ser más disciplinado, ahorrar más y ver más a los amigos, hasta usar menos el móvil (risas) o pedirle las recetas a la abuela (les juro que hay alguien que tiene eso como propósito, debe ser una abuela sin teléfono que vive en el campamento base número cuatro del Everest). Están después los famosos tener el valor de fracasar o decir más a menudo que no; algo que, por otra parte, siempre se consigue de una manera u otra: si alguien que se propone leer más no lo hace, ya está fracasando sin miedo alguno y diciéndole NO a una vida más digna. Después están los propósitos que quedan bien escritos en una taza de café de asa gorda de esas que se usan para contener de todo menos líquido, pero que en la vida real no tiene sentido ni siquiera planteárselo. Por ejemplo: dejar las cosas que me hacen infeliz. Qué quieren que les diga, a mi me hace bastante infeliz madrugar, pero el mundo laboral se empeña en que lo hagamos desde tiempos inmemoriales. Si voy y le digo a mi jefe que ese es mi propósito vital para este año es muy probable que el suyo sea acompañarme amablemente hasta la salida.

La cosa con los propósitos es que vienen a ser una manera ilusionante de comenzar un nuevo año. Si por el camino no nos esforzamos lo suficiente como para cumplirlos, es muy probable que sí lo hagamos para olvidarlos, con lo cual no nos pellizcarán para cuando lleguemos a estas fechas de revisión y recuento. Si, por el contrario, los recordamos con amargura tampoco pasa nada: es la época idónea para volver a hacérselos, o proponerse unos nuevos. Es un sistema tan bueno que sorprende que siga siendo gratuito. Por lo tanto, no lo dude: propóngase de todo y cumpla lo que le apetezca. Publicite lo primero en sus redes sociales y evite hacerlo cuando fracase para continuar dando esa imagen de persona intrépida que tanto gusta. Y para que vean que no lo digo por decir, y retomando el se acabó de hace dos párrafos, yo también haré mis propios propósitos para el año que está por empezar y los compartiré con todos aquí, en este mismo sitio, la próxima semana. Prometo además que nunca sabrán si, finalmente, los acabo cumpliendo porque, como se suele decir, nunca hay que dejar que la verdad estropee una buena historia, mucho menos un buen propósito.    

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