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LA COCINA DE LEÑA by Nohelia Alfonso

Imagen tomada de Google

Mi infancia son recuerdos de una cocina de leña. Un portal a una dimensión atávica en el que me sentía a salvo del mundo y donde nunca, nunca transcurría el tiempo. Los relojes allí adentro no servían para nada, pues la única coordenada temporal que imperaba era la dureza que iban adquiriendo las piezas de lomo, al tic tac de las manecillas de un humo que todo lo curaba. Sobre mi cabeza, la cecina, el chorizo y la morcilla colgaban a modo de banderines de una fiesta, que es como yo sentía aquella especie de culto iniciático que llamábamos matanza. La familia reunida, los roles asignados, el altar de madera en el que sacrificaríamos al gran animal, las arcas llenas de sangre, sebo, cebolla, ajo, pimentón y hortelana, el mondongo listo para irse vistiendo de tripa limpia, para sufrir la metamorfosis en perfecta mariposa que rompería su capullo en el cocido. Una emoción visceral que culminaba con unos dones de los que gozaríamos todo el año.

Recuerdo los cuchillos afilados, el chillido sobrecogedor del animal que me hacía temblar de una lástima que no me atrevía a confesar, por no sentirme hereje. Recuerdo el frío adormeciéndome los dedos tras largos ratos embutiendo, los gatos prestos a relamer las sobras de aquel festín de carnívoros, el sentimiento de tribu, el esfuerzo de todos.

El primero de todos aquellos dones se disfrutaba ya ese mismo día, allí mismo, en el corral: chichos o jijas a la sartén, bien picantes en el caso de mi abuela. Era todo un rito, la prueba inequívoca de que la materia prima era buena para los chorizos que aún tardaríamos en probar. Y yo tenía siempre la última palabra sobre la intensidad del picante. Eso me hacía sentir importante, era una gran labor, la de dar el visto bueno. Enamorada, como siempre, de las palabras, pregunto a mi abuela mientras me mancho toda la boca de aquel manjar colorado por qué se dice de alguien muy flacucho que está hecho un jijas. Y ella despliega sus conocimientos etimológicos para explicarme que quiere decir que tiene poca chicha, poca carne, poca jija. Y que si el que está muy delgado es un perro, entonces diremos que pierde las carrancas por detrás. Yo me río por su tono jocoso, pero no entiendo qué son las carrancas. Me enseña entonces el collar de pinchos que perteneció al último mastín que cuidaba las ovejas de la familia. Y yo degusto y aprendo, e imagino unas fauces lupinas tratando de degollar un cuello protegido con aquel artilugio.

Las labores en cadena se prolongaban toda la tarde. Cuando terminaba el día y los mayores recogían, en la cocina de leña me esperaba un predicador de pelo cano y piel también curada al humo, y con él celebraba una particular ceremonia con comunión de patata asada y vino dulce para entrar en calor tras todo el día en el corral. Envolvía el alimento sagrado en papel de aluminio y lo enterraba en las brasas mientras a su lado colocaba una jarra de metal llena de vino con azúcar, todo en un trance extático y naranja, como cuando el cura prepara el cáliz y las Hostias, en absoluto y amortiguado silencio. Luego, con el gancho de la lumbre, abría el papel de plata, una vez dorado, y partía en dos la humeante patata con la navaja que siempre le acompañaba, espolvoreando unos granos de sal en el corte. Me daba una cuchara, y me decía que soplara para no quemarme, y enseguida venía el pocillo de loza lleno hasta arriba de vino que me calentaba las manos y las tripas. Brindábamos, las banquetas mirando hacia las brasas, y comulgábamos con el tubérculo delicioso, sus ojos reflejando el fuego de mil noches de calecho como aquella, esta vez en compañía de su nieta. Yo recuerdo las carrancas, y le pregunto si alguna vez tuvo muy cerca a algún lobo. Entonces comienza la magia, y empiezan a brotar de sus labios de chamán palabras que se unen y conforman una historia. No puedo apartar mis ojos de los suyos, llenos de sabiduría, de lucha, de experiencia. Enlaza un relato tras otro: mi bisabuelo perseguido por una bestia entre la nieve, boinas que se mueven solas en las cabezas de los pastores para alertar de la presencia de lobos, perros valientes y hombres caídos, ovejas muertas, chorcos para acorralar a las bestias… Yo me voy cochando contra su hombro mullido, presa del calor de la lumbre, de sus palabras y de los dos sorbos que le he dado al vino. Mi abuela entra a sentarse con nosotros, y canta una canción hermosísima mientras me acaricia el pelo. 

Desde niña fui lechera,

muy feliz y muy dichosa,

nacida entre dos montañas

cerca de Villaviciosa.

Por hacerle caso a un hombre

de niña fui marmurada,

de esos amores malditos

que me han hecho desgraciada.

De esos amores malditos

solo me queda un recuerdo:

una niña de ojos lindos,

parece un angelín del Cielo.

Cuando la acuesto en la cama

no duerme sin que le cante

las canciones de aquel hombre

que anda por el mundo alante.

Ya no subo más al monte

ni bajo a la carretera

para que nadie se entere

del cuento de la lechera.

La tarareo bajito, hasta que Morfeo me vence, y entonces no comprendo el valiosísimo legado que se me transmitía entre aquellas cuatro paredes, pero siento que nada malo podría ocurrirme nunca. 

Aquella cocina de leña ya no existe más que en mi recuerdo. Y allí acudo siempre que quiero y avivo las brasas, donde sigo dormida, niña para siempre, a salvo. Y ellos, sin duda, conmigo.

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