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STALKER by Jesús Marchante Collado                        

El final de este año me recuerda a una de las últimas escenas de un film desgarrador que seguramente no pasará a la historia del cine como una obra maestra, pero que me sigue gustando cada vez que lo veo. Es desazonadora esa escena en el que se escucha el pesado traqueteo de los vagones del metro, sobre los rieles, entrando en vía muerta, que transporta a un sujeto que ha matado y que ahora muere completamente solo, mal apoyado en el asiento de ese convoy que zigzaguea perdiéndose, al fondo, en la nada. No sé por qué, hace que lo compare con este pesado año de 2022. Por cierto, la película se llama: Collateral, del director Michael Mann, y hace un papel magistral Tom Cruise.

Voy a finalizar este inacabable año haciendo una nueva incursión (la segunda) sobre un film que había visto cuando se estrenó (en los cines Alphaville, de Madrid, si no recuerdo mal), allá por el mes de mayo de 1979: en otro mundo. Se trataba de la nueva película del director ruso: Andréi Tarkovski (Solaris, El espejo, entre otras). Muchos años después (nunca estaba disponible) logré encontrar el DVD de ese extraño film ruso: STALKER. Debe haberse tirado más de diez años, cerrada herméticamente, en su envoltorio de papel celofán, sin que yo me decidiera a romper ese sello para verla. Ahora, sin saber muy bien por qué, me lanzo a “videar” los dos discos en los que ha sido reproducido el film de Tarkovski.

En mi cabeza hay difuminadas, muy difuminadas, unas pocas imágenes en un blanco y negro sucio, de aquella película que fui a ver en una de las salas de aquellos cines legendarios, y modernos, donde tuve el privilegio de asistir, incluso, a alguna charla con cineastas míticos, para todos los que se precien de amar el cine, como: Godard, Wenders, etc. Madrid era una ciudad que intentaba transitar, valga la redundancia, la llamada: “transición española”, en medio de disparos, aún, con fuego real, de la policía armada (“los grises”) en las manifestaciones y del campar, a sus anchas, de los “pistoleros” fascistas.

No obstante, volvamos al cine. En este caso, a la confortable sala de mi apartamento donde poseo una pantalla en la que poder visionar la vieja película del artista ruso.

El inicio es ya casi insoportable, debido a la inquietante belleza del blanco y negro (con zonas iridiadas de sepia), de la cinta. A medida que los minutos van pasando, una especie de nudo atenaza la boca de mi estómago. Siento una suerte de náusea que me hace recordar al “Alex” de la Naranja mecánica, cuando está bajo ese “nuevo tratamiento” y le hacen “videar” ciertas imágenes de violencia.

Quizá esté exagerando; sin embargo, no lo hago en cuanto a la primera afirmación: esa de la exultante belleza que llega a ser desesperante con el pasar de los minutos. Finalmente, se produce el ansiado alivio. Eso sí, después de 38:38 minutos: una eternidad. Y se produce de una manera que me impacta fuertemente. En esa precisa fracción de tiempo que acabo de detallar, estallan los colores verdosos (un sinfín), aniquilando los tonos grises, blancos y negros anteriores. Es la paleta de Cézanne (me digo) la que irrumpe triunfante; incluso, como en muchos cuadros del artista francés, con el contraste de distintos ocres que en la película proporcionan los óxidos diversos de los materiales que aparecen dispersos en esa naturaleza extremadamente verde. Me meriendo, casi sin aliento, el primer disco del DVD. No tengo fuerzas para continuar con la segunda parte que contiene el otro disco.

Están a punto de juntarse las dos manecillas en esa esfera blanca (y opaca) del viejo Palacio de Correos de la Puerta del Sol, como cada final de año, cuando ese viejo reloj materializa esa abstracción que llamamos tiempo. Estamos ya en 2023, y no sé muy bien qué hacer. “Una mano guía mi mano…” La verdad es que yo mismo me siento algo sorprendido. Tengo entre mis dedos huesudos (por enésima vez, no sé cuántas), la vieja película de Antonioni: Blowup. Así voy a empezar este nuevo año, viendo, otra vez, esa película que me sigue impactando, como cuando la visioné por primera vez. He escrito ya alguna vez sobre ella, y no voy a volver a hacerlo, de nuevo, ahora. No obstante, quiero señalar un par de cosas: la primera es que, después de tantas veces, ese Londres de 1966 (que llegué a conocer materialmente en 1977) me sigue resultando demasiado inquietante. Por supuesto, la historia, tampoco me deja indiferente y me traspasa, como una flecha, una vez más. La segunda (y esto es algo que me sucede por primera vez) es que, encuentro una cierta simetría, una cierta semejanza, con STALKER. Caigo en la cuenta, enseguida, que esa paleta de tonos verdosos (muy sutiles), también está en la película de Antonioni. La diferencia con el film de Tarkovski es que, los ocres oxidados están aquí sustituidos por los grises de un Londres algo extraño, ya incipiente en ese 1966.

Me voy a la cama, bastante conmocionado por la historia (y por todo) de un film que me sé de memoria: podría describir las escenas, por el sonido, con los ojos cerrados.

Sólo han pasado algunas horas, cuando decido seguir con la visión de: STALKER. Mientras se van sucediendo las imágenes, los diálogos y esa estética poderosa con la que el cineasta ruso nos asesta un golpe mortal, en mi cabeza surgen algunas reflexiones. La historia del film de Tarkovski está basada en un relato de los hermanos rusos: Arkadi y Borís Strugatski, que se podría titular algo así, como: Picnic a la vera del camino. El libro, un regalo de mi amiga S., revolotea por las mesas y la biblioteca de mi apartamento (como tantos otros), sin que me halla atrevido aún a abrirlo: es imposible. La literatura que emerge, con cada lectura, me devora y rompe el espacio-tiempo.

A pesar de querer pretender (el relato lo pretende) ser un film de ciencia-ficción y hacerme recordar, en muchos momentos, el film de Luis Buñuel: El ángel exterminador, no lo es en absoluto. Incluso, cuando quiero pensar en el film de Truffaut: Fahrenheit 451, basado en la novela fantástica de Bradbury, tampoco alcanza esa categoría. La razón es bastante simple: “el sueño de la razón produce monstruos”. A pesar de que el guía (el Stalker) conduce a un lugar que se denomina: “La zona”, a dos tipos: un escritor (que abomina de serlo) y un profesor (una especie de científico empirista) que se la tiene tomada con los artistas, no sucede nada. Ni hay extraterrestres, ni ha acaecido ninguna catástrofe apocalíptica. En realidad, en esa naturaleza, donde el verdor se impone sobre el óxido y el deterioro de todas las decadencias, están los tres mediatizados por los miedos, las dudas y las incertidumbres humanas: ¡Bienvenidos al capitalismo del siglo XXI!, me digo a mí mismo.

Es verdad que, en ciertos momentos, cuando el Stalker les advierte de que no deben pasar por un determinado lugar o de que tienen que dar una especie de rodeo para llegar hasta una zona determinada de todo ese territorio inhóspito y ausente de cualquier presencia humana, mi cabeza me lleva irremediablemente a una experiencia iniciática-plástica que me aconteció en las postrimerías del verano de 1991.

Solía escaparme por las carreteras infinitas de la llanura manchega (en una vieja motocicleta “velosolex” que poseía, que aún poseo), en busca de no sé qué, cuando descubrí una extraña arboleda (extraña, como un oasis en mitad de un desierto) en medio de ese paisaje metafísico donde no hay un solo árbol en kilómetros a la redonda, a un lado de la carretera. Descendí, alejándome de la seguridad del asfalto de la calzada, por un camino pedregoso hasta esos dominios llenos de árboles y de vegetación.

Los días siguientes, volví una y otra vez. Sin embargo (y por eso STALKER trae a mi cabeza ese recuerdo), las veces siguientes me quedaba a una cierta distancia, sin atreverme a volver a penetrar en esos dominios. Esa experiencia se tradujo en algunos bocetos, y, después, en un cuadro de gran formato, que forma parte de una de las dos imágenes que encabezan el texto: Frente a la arboleda inquietante. Yo, como los tres personajes de la película STALKER, me quedaba a una cierta distancia, desde donde realizaba los bocetos para mi posterior trabajo, sin atreverme nunca más a introducirme en los dominios de esa arboleda. ¿Por qué, se preguntará el lector? Algo me hacía intuir que mi presencia no era bien recibida.

Volvamos a STALKER, cuya estética, en todo su extenso metraje, no puede dejar indiferente a nadie; los diálogos, tampoco. Las reflexiones que emanan de los tres personajes del film nos sitúan frente al mundo desalmado en el que habitamos, bastante distinto al del tempo histórico de su estreno: mayo de 1979. A modo de regañina, en un determinado momento, el STALKER proclama, para si mismo, pero en voz alta, con rotundidad: “La dureza y la fuerza son satélites de la muerte…lo que ellos llaman pasiones no es una energía anímica, sino un roce entre el alma y el mundo exterior. La flexibilidad y la debilidad expresan la lozanía de la existencia: por eso lo que se ha endurecido no vence… Cuando el hombre piensa en el pasado se hace benévolo…”

El profesor que trata de imponer la técnica (porta consigo mismo una especie de bomba de mano de neutrones) y el análisis empírico, fracasa frente a la ácida crítica del escritor que reniega siempre de su propio oficio. Dice el escritor, intentado justificarse: “Es inútil, aunque usted es un profesor, es un paleto… Todo esto (se refiere a “la zona”) es un invento idiota de alguien… No tengo conciencia, sólo nervios…”

Al finalizar la película, cuando el blanco y negro y el color sepia se apoderan, otra vez, de nuestras almas, y el regreso a la supuesta “realidad” se ha producido, la mujer del STALKER, mirando a la cámara, se dirige al espectador: “Todos ustedes ya se habrán dado cuenta de que el STALKER es un suicida y un lelo. Mi madre me advirtió en su momento. Da igual, yo decidí irme con él: Mejor es una felicidad amarga que una vida gris y aburrida…”

La imagen de la izquierda, es un fotograma de la extrañísima y bellísima película de Tarkovski, STALKER. Aparecen, en ella, el profesor y el escritor. Se pueden apreciar esos verdes de los que he hablado anteriormente.

La imagen de la derecha, es una obra del artista Jesús Marchante Collado, titulada: Frente a la arboleda inquietante. Lleva la fecha del 27 de enero de 1992. Está realizada con tintas chinas de colores. Después de algunos bocetos tomados del natural, de tintes más figurativos y realistas, el pintor rompe esa arboleda natural y la transforma en un paisaje casi de ciencia ficción, donde los árboles y la vegetación adquieren formas más bien inquietantes.

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