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El mar en un cuenco by Mercedes Freedman

Un rey ordenó que se le llevase el mar. Todo el mar del mundo. En un cuenco.

Sus súbditos le contestaron que aquello era imposible. Nadie en el reino había visto nunca el mar. ¿Cómo llegarían a él? Además, en los libros se leía que el mar era enorme, muy enorme.

El rey persistió en su insistencia. Quiero todo el mar del mundo en un cuenco, aquí, mañana.

Los súbditos hablaron, discutieron, debatieron, y llegaron a una conclusión.

Cuando amaneció el siguiente día, al rey se le presentó lo que tanto ansiaba: un cuenco con todo el mar del mundo. Lo sostuvo con sus dos manos mientras sus ojos, muy abiertos, brillaban maravillados con lo que veían en él.

¡Con qué claridad se refleja mi cara en el mar! ¡Es un espejo! El pintor de palacio se sintió feliz al oír tales palabras pues, obviamente, había creado una muy buena pintura de la cara del rey en la superficie cóncava del cuenco.

¡El azul es como el mar azul de los libros! Al jefe de la lavandería de palacio se le alegraron los ojos al saber que su cálculo sobre cuánto añil mezclar con el agua en el cuenco había resultado exitoso.

El rey alabó la belleza del mar en sus manos, convertido en un pañuelo de plata cuando la luz del sol que entraba por las grandes ventanas desembocó justo en el cuenco. El joyero de palacio oyó las aclamaciones del rey y, a un tiempo, recordó el difícil trabajo de hacer que la plata se asemejara a la misma luz del sol.

¿Será salada el agua, según dicen los libros? Al rey le asaltaban preguntas. Metió el dedo en el agua y se lo llevó a la boca. El gesto en su cara indicó al cocinero de palacio que el agua del cuenco estaba mezclada con la cantidad correcta de sal. Así, el rey había descubierto el sabor de mar a salitre.

Con los ojos siempre fijos en el agua, el rey casi deja caer al suelo el cuenco que aún mantenía en sus dos manos. Acababa de ver un pececillo que salía de su escondite detrás de una hoja de alga con bordes muy ondulados. El alfarero de palacio sonrió para sí al ver la reacción del rey al pez de barro al lado del pedacito de hoja de lechuga de su huerto.

El rey expresó a sus súbditos su satisfacción por el buen e ingenioso trabajo, al mismo tiempo que su imaginación le comenzaba a dictar cuántas cosas podrían acoplarse a un cuenco.

Mañana quiero, en un cuenco, claro está, las cumbres nevadas de las tierras al norte, aquellas donde los días invernales no ven el sol y son igual de oscuras que las noches.

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3 Comments

  • Creo que, al final, el rey acabará en la guillotina.

    • Puede ser. Y hasta servida en un cuenco. Sin embargo, no es necesario. El rey ya perdió el poder. Es incapaz de ver que es así, pero sus súbditos sí que lo han visto. Ya no hay vuelta atrás, y nadie se ensucia las manos con la sangre que deja la guillotina.¡Curiosamente, esto sí parece suceder en una de mis próximas entregas a masticadores!

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