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ROMA by Ana García

Ilustración: Albert Desmangles

Lo llamaremos Roma, porque es difícil definirlo. A pesar de todas las acepciones del diccionario y las enciclopedias que lo nombran y rellenan las estanterías. Roma, porque nos gusta jugar con las palabras y con los espejos. Dar la vuelta a la ropa y esconder la etiqueta que se ha secado al sol.

Roma. Porque a veces es serio, profundo, retorcido…Otras es alegre, vibrante, explorador, pero a veces le da por reprimirse, confundirse, cerrar la boca. ¿Y cuándo es violento, lleno de huracanes e incendios? Otras cuando paraliza o danza entre cubitos de hielo y estepas que parecen no acabar nunca. Porque también puede ser tranquilo, pequeño, paciente y hacerse enorme cuando desemboca en un océano. 

Hoy, también es Roma, en cuatro letras, porque se ha puesto un traje de lentejuelas, a pesar del cansancio y las náuseas. Y se acaba de meter, con su mejor amiga, en el cuarto de baño, de un piso atestado de gente, para escuchar sus problemas. Se supone que estamos en una fiesta, y mientras espero, porque prometí acompañarla como buen Lanzarote. Estoy aquí sentado, en un sillón demasiado blando, haciendo anotaciones sobre ROMA. Una digresión intelectual. Una profunda reflexión usando la aplicación de «notes» del móvil y un güisqui con cola.

Roma está en una columna de libros que ha intentado, y aún intenta, capturarle. Está en tantas y tantas cartas. En fotografías, en mordiscos deliciosos, en partituras, en tragos amargos, en esculturas, en sueños enterrados, en pinturas, en entradas de concierto inolvidables que usamos como marcapáginas. Está dentro de las experiencias personales, en las que te cuentan, en las que observamos a través de las mirillas, en las imaginadas… Hay mil versiones que lo narran una y otra vez. Incluyendo las tardes de lluvia, alrededor de un tablero de Scrabble, dónde se buscan las palabras que se cruzan, las que se comparten y las que diferencian. A veces, con lo que escuchas, sientes celos «¡Su historia ha sido tan trepidante! No me extraña que estén tan unidos». Otras, en cambio, hay alivio «¿Tanto sufrimiento era necesario?»

Puedo redactar también una entrevista imaginaria con Julieta. Tengo una libreta en la mano y el bolígrafo a punto:

 «¿Qué hubiera hecho señorita Capuleto sabiendo su final por adelantado? ¿Habría vivido unos años más a cambio de ignorar a Romeo?» 

Julieta hace un mohín, se aparta el pelo hacia atrás. Sé lo está pensando. Pero por definición sí renuncia, no sería ella, no sería el símbolo tal y como lo conocemos. No habría compartido labios pegados con Romeo.

O como aquel tipo, que se llamaba Luis, y no corrigió el error de la lista y fue él, en lugar de su hermano, a la guerra. ¿Se habrá arrepentido? ¿No fue ese un Roma en estado puro?

Puede que la brevedad del tiempo juegue a favor de los impulsos. Puede que no. Hay sentimientos muy meditados como le pasó a Anne Elliot. Puede ser que la presión social como fuerza exterior, empuje, y a través de las convenciones, los lazos de la sangre, la rebeldía, el sistema límbico, la supervivencia inconsciente del grupo acabe todo junto en una lavadora. El movimiento ha vuelto del revés la copa rebosante de champagne. ¿Cómo vemos, entonces, dentro de un mundo de burbujas y de cristal esmerilado? ¿Y cuándo ya se ha ido el gas? ¿Y sin cristal? ¿Y cuándo la sed es acuciante?

Me estoy poniendo como el sofá, demasiado cómodo, y no sé ni esto es bueno para las ideas. Me recoloco para no dejarme llevar por el centro de atracción de los cojines.

Y busco, mientras, las piezas más racionales para añadirlo a mis notas. Para la ciencia, las hormonas y los chutes de los neurotransmisores son la combinación que ha provocado la caída de los imperios.

 Levanto la mano hacia el barman improvisado, que tiene una pajarita de color verde, y le grito: 

«Un especial, colega, con dopamina, zumo de naranja, luliberina, vodka y oxitocina». 

Así resumido en ingredientes es tan poco romántico, sin tempestades, sin dramas, sin poemas o abrazos. Son moléculas tridimensionales que, por una imagen llegada a través del nervio óptico, se han puesto a correr y a dar vueltas por nuestro cuerpo. Y puede parecer frío y poco interesante, pero en cuanto están sueltos se desata el caos, los latidos, el miedo, las convicciones, las debilidades, la respiración rápida, la furia, la risa, la calma, el desasosiego.

Todo esto comprimido en tantas películas, canciones, peluches, bombones en forma de un corazón que no se parece al de verdad. Hasta los tiempos modernos lo persiguen con las páginas de citas, con las clásicas cenas familiares en que han invitado a un amigo de un amigo… Cupido, y toda esa horda de gorditos con alas y flechas, se han quitado los rizos por el de un perfil informático y cálculo de compatibilidades.

Puedo seguir escribiendo sobre esto.  Buscar frases bonitas que haya dicho algún filósofo o escritor famoso y todavía quedará un fleco por enlazar. 

Puedo meterme en el rollo de los tipos de relaciones: el tóxico, el generoso, el abierto, el dependiente… ¿Psicoanalizarnos? ¿Leer las líneas de la mano? Eso mejor para otro día.

También sería entretenido hacer una lista con nombres de personajes famosos, reales o no, expertos y sufridores en estos menesteres y… Siempre habrá algo nuevo que añadir. Una nueva copa de champagne que rellenar con burbujas.

La batería del móvil está bajo mínimos. La copa se ha acabado. Los cojines, están trepando por mi costado, y unos brazos largos y suaves me rodean por la espalda. En un gesto reflejo estiro mi mano hacía atrás y acarició su cabeza rapada. 

«Anda amor, volvamos a casa» dice. 

Y en Julieta, y en Luis, y en Anne, y en mi…y en Roma, el reflejo de unas lentejuelas brillan dentro de nuestros ojos.

Anabel 03Oct22 21Nov22.

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