Archipielago

Comparando, que es gerundio by Félix Molina

Recuerdo el curso de secundaria (no sé la equivalencia ahora) en que, después de haber andado con nuestra sangre caliente por todos los bares de Dublín y habernos agazapado con Bloom en las arenas próximas a Gerty MacDowell y sus azules interioridades, mi amigo Michi y yo tuvimos que dedicarnos por mandato académico a la lectura de una novela de posguerra (¿otra novela de posguerra?), el Tiempo de silencio de Luís Martín-Santos. Fue una lectura de apenas dos, tres días. Devoramos el libro. Dimos en descubrir, como otros tantos exploradores de dieciséis años, que había una novela española que copiaba a Joyce. Todavía me recuerdo babeando con las páginas sin puntuación, con aquellas en especial que, sin párrafos ni espacios para tomar aire (al menos visual), acababan concluyendo que Hay ciudades (y tras 25 cláusulas) que no tienen catedral. El desenfoque relativista, la falta de la muleta moral del narrador omnisciente. La mente, fluyendo libremente sobre una Madrid oprimida y casi muerta. Todo eso era joyceano. Y nuevo.

Quince años después, la nueva lectura del licenciado que yo fui y que intentaba abrirse paso en su pequeño mundo ciudadano (quizá como el joven investigador de la novela) ya arrojaba otras conclusiones. Martín-Santos había aprendido del psicoanálisis y de Joyce la argamasa con la que construir a partir de la nada de la devastación. Yo lo imagino leyendo cientos de novelas de su época y de épocas anteriores a la suya y decidiendo en 1961 (o más bien mucho antes) que sus pasos serían los del irlandés, aunque tuviera que vérselas con la atmósfera ya viciada de un realismo que no intentaba nada más, que se conformaba con la maestría de la verosimilitud.

Fue un camino que, en España, también intentó años después Julián Ríos con su Larva (1983), subtitulada, Babel de una noche de San Juan. Es una obra que yo asimilo más al afán joyceano de Finnegans Wake (que pude leer gracias a mi profe García Tortosa ya en la universidad) que a Ulysses. En el paseo alucinado por un Londres fantasmagórico (¿remedo del de Rimbaud y Verlaine?) de sus dos personajes (que en realidad son cuatro) hay mucho del hallazgo musical y aliterativo del albañil del Finnegans. Larva es también una novela que suena.Más olvidado es el nombre de otro seguidor de las técnicas joyceanas en el panorama español: José Luis Acquaroni. Su Copa de sombra (1977) explora la crudeza de los fusilamientos de la Guerra Civil en un trasunto de Sanlúcar de Barrameda. La sombra de la copa es la del árbol horroroso de la matanza, pero también la del velo que el propio autor proyecta para no caer en el empeño de narrar algo que surge de las entrañas de la vergüenza y del terror. A veces, el distanciamiento que impone un estilo es la única manera de acercarse a un suceso.Hay otras vías que no son la del monólogo interior donde fluye la consciencia y el desenfoque narrativo para parecerse a Joyce. El cientifismo maravilloso (porque crea maravilla) de Agustín Fernández Mallo en su Proyecto Nocilla recuerda mucho a aquel del penúltimo capítulo de Ulysses, el famoso catecismo. Alguien que acaba cruzando un paso fronterizo en un camión de alubias en el episodio 28 de Nocilla Dream (2006) acabará disperso, en forma de sudor y otra materia, en cuantos comensales de alubias se reparten el cargamento. El humor y esa visión científica, y casi simbólica, de cada objeto también son joyceanos.Y de ahora mismo.Italo Svevo | 19 de diciembre

Literalmente, la primera novela que leí después de Ulysses fue La conciencia de Zeno (1923). Mi idea no era otra que el morbo filológico de comparar los grandes hallazgos de Joyce con la de este Svevo aburguesado, a quien imaginaba distrayendo los paseos de James por Trieste con su charla nerviosa. Palo gordo. La conciencia… es todo un novelón pese a su argumento casi psicoanalítico, a sus anécdotas de cansado fumador. Explora aquello que pueda transcurrir dentro de un ser humano con tanta audacia y humor como en las mejores páginas joyceanas. Fui un cazador cazado con su lectura, claramente.

Mi segunda exploración por la literatura europea más o menos contemporánea de Ulysses fue Les lauirers sont coupés, de Édouard Dujardin (que leí en un francés continuamente auxiliado por un Ramses). Novela escrita desde su inicio hasta el punto final como un monólogo interior, uno no se cree que el hombre que escribe esta maravilla en 1887 (que no he logrado disfrutar en español) la conciba al abrigo de las grandes óperas y los novelones decimonónicos. Su historia, tan intrascendente como un flirteo, fluye con total suavidad por cientos de páginas que debieron encandilar a Joyce, por la soltura y el desprendimiento del narrador, que se me figura una variante narrativa del Max Ernst ilustrador.

Más que hacia Alemania (ya dediqué a Döblin, el Joyce alemán, toda una entrada de este Calendario, tenéis el enlace abajo), me gustaría seguir en Francia con los análogos. En concreto con la Nouveau Roman, a mediados del siglo pasado, y con Nathalie Sarraute (y su concepto de subconversaciones, las detonaciones que en un personaje o voz causa cualquier suceso) y Michel Butor. El personaje de su famosa La modificación se me antoja muchas veces un Bloom (otras un Stephen) ferroviario, que atraviesa las entrañas de Europa desde una Francia normativa a una Italia concupiscente. La Nouveau Roman, sin embargo (al menos la que conozco), está atrapada más bien en un mantra de libertad existencial, y menos preocupada por las alegrías mundanas (a veces  puro sarcasmo) que el amigo Joyce nos deparó en muchas de sus grandes obras, y con cuya evocación quiero acabar esta coda de la sonata que lo ha venido recordando todo el año, leve sobre el universo, como el ocaso sobre todos los vivos y sobre los muertos.

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