narrativa

Lunas de Lantano —18 by Felix Molina

18.  Enhiesto surtidor de sombra y sueño

Repaso mis notas —mentales, la mayoría— sobre el crimen. Yo todavía sigo llamándolo así, y eso me habilita en este lugar al que le he tomado el cariño que se tiene hacia la jaima en el desierto o el iglú en el Polo. Poca es la leña que arde: a falta de más interrogatorios, Rosa Menuda es una envidiosa de manual (y no de los míos), e Inés Menta una envidiada de campeonato (y no de los de ahora).  Litti, un perturbado. Dukas, un pedante. Ifigenia, la criatura más huidiza. Juárez, un misterio. Y Lucas Manchón, un catador de bocadillos de caballa. Todos (hasta la difunta) necesitan un repaso, pero mi cabeza se alegra en esta hora de no tener que sustentar, además, a un cuerpo.

Por las mañanas me entrego a un pasatiempo que consiste en merodear (sin aparecerme) junto a sus desayunos. Es un momento que imagino delator, pero que raras veces me deja más que unas migas a un gorrión saciado. Yo sé de mi omnisciencia. Pero hay que demostrarla.

Rosa apenas desayuna, es un ser líquido, a veces más cercana a mi estado que a su efigie terrena. Sigue subrayando anacolutos (¡como si hasta el genio de Cervantes no los hubiera cometido!) en el librito de Inés. Litti y Dukas comparten un desayuno lleno de citas y tecnología. Manchón es de tostada(s) entera(s) y embutidos, y en esas se las arregla para emborronar otra novela. A Juárez no me lo cruzo (es un decir, claro) desde el entierro de Inés.

El entierro de Inés. Si no he hablado de ello hasta ahora —y recurro a la noble y fantasmagórica técnica del flashback, perdónenme el extranjerismo— es porque lo sucedido me nubla hasta la omnisciencia… Nada más se hizo saber oficialmente la posibilidad de la ceremonia, entre todos los residentes del Cerro se las arreglaron para designar al dúo ítalo-mexicano Litti-Juárez como representante de los becados. Rosa pretextó demasiado dolor. Ifigenia incluso desconocimiento de la finada (para mi sorpresa). Lucas se unió a Rosa en el dolor (o en el dolorimiento, por ser más académico y más certero). Y Dukas tenía la excusa de una de las conferencias que lo sacaban del Cerro —con el debido permiso— cada dos por tres. Asistieron (aparte de los familiares y allegados nicaragüenses, más de un ciento) también Remigio Guerrero, el factótum más conocido de Lunas de Lantano, un enviado de Nórdica (la única editorial de Menta) y siete u ocho poetas jóvenes y/o cronistas culturales, que inmediatamente se declararon amigos y/o amigas. Y yo, en el más apetecido estado de un investigador criminal: presente para nadie y ausente para todos. 

Juárez y sus sentimientos. La impepinable cámara oculta de Litti (entre otros cientos de ojos) fue testigo de sus lágrimas, de todos los colores. En el corazón del imponente y nicaragüense cementerio de San Pedro, hasta las trancas de víctimas del cólera y exmandatarios, Roberto fue apenas capaz de recordarla, dueña desde el principio de sus versos decapitadores de la falsa poesía, pero el comedido representante de Nórdica tuvo que auxiliarlo hacia el final, cuando se detenía en su injusta muerte. La ceremonia fue por lo demás discretísima y casi silenciosa, como si no se velase la despedida cruel, violenta, de una chiquilla, sino la de un viejo enfermo, de muchísimos años. La tía Clara (que llevaba en sus manos el ejemplar dedicado de Flor vulnerada,varias veces pensé en que iba a arrojarlo a la sepultura) hacía las veces de padre y madre saludadores (en lugar de los progenitores, asesinados por vía gubernamental). No faltó el corresponsal (y poeta) de La Prensa, que escapó a su anonimato del suplemento de cultura y, en segunda página, junto a una entrevista con el factótum Guerrero, tituló su crónica Inés, la flor vulnerada de la poesía nicaragüense.

En la primera noche tras el entierro, Juárez se las arregló para zafarse de Litti —otra cosa es que llevase una cámara suya en algún sitio—, y se perdió en el revoltijo de las calles de Managua. Frecuentó varios alambiques donde se servía el trago casi sin pedirlo. Allí sí que lloró de veras. Y, al final de cada vaso, siempre decía, como para sí: ¡Puta! Más de una y más de tres veces estuvo a punto de que me apareciera a su lado, acaso bajo la forma de otro bebedor, para consolarlo. A las seis de la mañana, o pocos minutos después, dio con sus huesos en el hotel de paredes celestonas, a punto para refrescarse la cara y recibir en el vestíbulo vacío a un elusivo y comprobador Eliseo Litti, que parecía fijarse solo en las solapas de Roberto.

Dejó en la habitación 22 del último piso del hotelito unos calcetines sucios, una petaca de vidrio con un dedo de aguardiente, un blíster con las pastillas intactas y una bola de papel que no podía ser otra cosa que la página ciento noventa y dos de Con los ojos de otro.

Con los ojos de otro. 5 grados, nublado

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