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SOLSTICIO DE INVIERNO by Beatriz Abad

  El pequeño barco pesquero rompía las olas del mar dejando tras de sí una estela de espuma blanca con reflejos de luz de luna. Padre e hijo habían salido, como casi todos los días del calendario, hacia el banco de peces situado a escasas millas de la costa. Con un poco de suerte regresarían a primeras horas de la mañana con las nasas cargadas de pescado que después depositarían en la lonja, vendiéndolos al mejor postor de acuerdo a una costumbre ancestral. Pocos eran los días del año en que no se repetía la misma costumbre. Después, con los cuartos obtenidos, regresarían a casa donde la esposa y madre estaría esperándoles con un café de puchero abrasando para atemperar el cuerpo lleno de humedades y frío, y agradeciendo a Dios y al mar, en silencio, que un día más los devolviera sanos y salvos.
El día del solsticio de invierno habían salido, como de costumbre, en la oscuridad de la noche, a la luz de un par de linternas, que serían sus únicas guías y compañeras. Después de varias horas faenando, sonrieron satisfechos. La captura había ido bien. Con las primeras luces del alba recogieron las redes y pusieron rumbo al puerto. De pronto el cielo se cubrió de densos nubarrones, devolviéndoles a la oscuridad nocturna. El viento comenzó a soplar descontrolado, mordedor, peligroso, haciendo tambalear al barco que a duras penas conseguía mantenerse a flote. El agua, con una fuerza inusitada, resquebrajaba las tablas que iban cayendo al agua rompiéndose en mil pedazos hasta desaparecer. El azote del mar se hizo dueño de la situación, lanzando al agua a los dos hombres a los que ya no le quedaban fuerzas para seguir resistiendo. Extenuados, se dejaron ir.
El día del solsticio de invierno, un hogar solloza por su ausencia y un pueblo entero grita desgarrado a un mar implacable. Una vez más el mar se ha cobrado su tributo.
   

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