Focus: Ideas & Opinión: Perú, la agonía del difunto by Manolo Echegaray

Escritoras/es, Puedes consultar todos sus artículos pulsando en sus nombres: Ana de Lacalle, Pedro Martínez de La Hidalga, Jaime Nubiola, J. re crivello, Scarlet C. Cabrera, Nacho Valdes, Jesús Marchante, Adriana Balderas.

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Perú, la agonía del difunto by Manolo Echegaray / Mitologías by Nacho Valdés ¿ A QUIÉN LE IMPORTA REALMENTE LA POBREZA? by Ana de Lacalle Una caída que invita a pensar by Jaime Nubiola ¿Vives o sobrevives? by Adriana Balderas / Volviendo al futuro by Jesús Marchante /

Perú, la agonía del difunto by Manolo Echegaray

El Perú parece un difunto, pero que se resiste a morir;
el Perú agoniza, no solamente por los balazos recibidos, sino porque de uno y otro lado lo golpean. Nadie parece hacer caso, mientras las mentiras vuelan por entre el gas de las bombas lacrimógenas y como a Vallejo …

“Le pegaban todos sin que él les haga nada. Le daban duro con un palo. Y duro también con una soga”

… … …

“Y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: ¡No mueras, te amo tanto!
Pero el cadáver ¡ay! Siguió muriendo…

Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando ¡Tanto amor, y no poder nada contra la muerte!
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Le rodearon millones de individuos,
con un ruego común: ¡Quédate hermano!
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Entonces todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
incorporóse lentamente,
abrazó al primer hombre; echóse a andar…”

… … …

Ojalá que el Perú resucite y eche a andar nuevamente.

Ref: Dos poemas de César Vallejo.

IMAGEN: https://www.radionacional.com.pe


Mitologías by Nacho Valdés

El ser humano es un animal surcado por el interrogante. No en vano, dedica gran parte de sus energías a la resolución de cuestiones probablemente insolubles. En este sentido podría citarse la teología, por poner un ejemplo diáfano. En pocas palabras, la aclaración de preguntas ocupa gran parte de nuestro tiempo, aunque no sea posible ofrecer respuesta a todos los vanos insertos en nuestra cotidianeidad. Para solucionar esta profunda complicación, pues dejar elementos irresolutos provoca una aversión natural, nació en su día la explicación mitológica.

Desde las narraciones fantásticas y extraordinarias se ha venido ofreciendo réplica a los misterios insondables que nos han venido atenazando. El verbo, como vehículo para la aclaración, nos ha congregado alrededor de la palabra y nos ha cautivado desde el surgimiento del lenguaje articulado. La narración, de giros imposibles y estructuras acogedoras que permiten nuestro propio reconocimiento en proyecciones fantásticas, ha supuesto un cálido refugio para soportar nuestra indigencia existencial. En estas historias aclaratorias de los misterios cósmicos el ser humano siempre ha estado en el centro, pues, con independencia de ofrecer el protagonismo a fuerzas naturales impersonales, seres poderosos e inmortales o divinidades etéreas y alejadas de nuestra rutina habitual, de alguna manera estas fábulas nos han afectado de manera directa o transversal al ofrecer soluciones a las incógnitas que nos acongojan.

Algunas narraciones se han extinguido y son objeto de curiosidad histórica. Otras, por el contrario, siguen entre nosotros y mantienen su frescura para multitud de adeptos. Para muestra las religiones mayoritarias que siguen agitando la sentimentalidad de los pueblos. El mito, por tanto, se mantiene al pie del cañón ofreciendo desahogo para los conformistas que prefieren un relato heredado y placentero. En estas quimeras localizamos respuestas arbitrarias para temas tan variados como la cosmología, la antropología, la organización social e incluso la sexualidad, pues, este último tema parece ser de gran importancia para las confesiones monoteístas. En definitiva, el orden social viene en gran medida marcado por justificaciones extraídas de libros escritos hace centurias. De manera curiosa, y por terminar con este fragmento, estas reconvenciones siempre terminan por establecer la fusión entre espiritualidad y poder.

Por otro lado, nos encontramos la filosofía. Esta disciplina o quehacer se orienta a la descomposición del mito, pues, frente a las elucidaciones imaginativas, procura el empleo de la razón. No siempre atina, pero ha dejado claro a lo largo de su historia su oposición a la arbitrariedad emanada de las mitologías. De hecho, el filosofar siempre ha resultado una actividad sospechosa y no son pocos los mártires de la intelectualidad que han dejado su vida a manos de fanáticos creyentes durante el ejercicio de la reflexión. De manera evidente, el filósofo siempre ha resultado de alguna manera indomable y, por este motivo, ha sido objeto de censura y persecución por todo tipo de regímenes. La verdad incomoda al poderoso, pues suele desestimarla o emplearla de manera parcial para sus intereses particulares.

Las respuestas filosóficas resultan fragmentarias y esto incomodidad dado que preferimos una presentación, un nudo y un desenlace. Es decir, relatos cerrados como los religiosos. Las sentencias mitológicas son mucho más prácticas debido a su carácter absoluto. En los libros sagrados y en las narraciones de sus profetas y sacerdotes encontramos soluciones definitivas mucho más satisfactorias que el nuevo interrogante emanado de la actividad filosófica. La reflexión abre más puertas, establece rutas por las que deambular, pero para lograr las metas debemos emplear la luz intelectual como si de un candil se tratase; de esto sabía algo Diógenes el perro. Caminamos sin apenas luz por la vereda de un bosque y la filosofía es la herramienta que nos permite desbrozar algunos pasajes para alcanzar pequeños claros en los que descansar. El mito es el desierto, no hay más que arena y toda es propiedad de los iniciados y autorizados para la interpretación. El resto deben mantenerse al margen. Es labor filosófica el enfrentarse a este erial para intentar, en la medida de lo posible, revertir el proceso de desertificación intelectual a la que tiende por pereza el humano.

Como ha quedado dicho la mitología sigue entre nosotros, pero la más perniciosa ha cambiado su forma para lograr nuevos adeptos. Hoy por hoy ha tomado la forma de falacia política, pues en no pocas ocasiones esta última ha trocado en religión marcada por el proselitismo sentimental. Ante esta tendencia poco se puede hacer, pero los resortes intelectuales son poderosos y pueden estimularse de la manera adecuada. Para lograr la conversión, como sucediera con Pablo de Tarso, pero en un sentido inverso, necesitamos de toda nuestra capacidad persuasiva y retórica para lograr reverdecer el páramo en el que se ha convertido lo político. Las posiciones pétreas, el estatismo y la sujeción férrea a cuatro presupuestos prefabricados son los obstáculos colosales a combatir.

La nueva mitología ha tomado la forma del bulo y se expande a gran velocidad por las redes sociales y los medios de comunicación ilegítimos (no por su tendencia ideológica, sino por su desvergüenza a la hora de propagar falsedades). Esta nueva naturaleza mitológica nos ofrece toda una serie de interpretaciones y explicaciones para todas las dificultades que nos encontramos. Solo las mentes simples caen ante estas propuestas abanderas por el populismo. Por desgracia, la misma política de tono mítico se ha encargado de desarbolar las posibilidades formativas de una sociedad adocenada por sus dispositivos móviles. El presente, aunque nos devuelva un reflejo perturbador, también supone una miríada de posibilidades para la actividad filosófica, pues, como anunció Edward Said, el intelectual comprometido nunca puede ser orgánico y debe erigirse contra este flagrante abuso. Es, por tanto, labor de la filosofía el acabar con el uso partidista y fabuloso de la información.

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¿ A QUIÉN LE IMPORTA REALMENTE LA POBREZA? by Ana de Lacalle

-Publicado el 26 el Enero en el blog de Ana de Lacalle

A una semana vista del Congreso de Filosofía sobre la Pobreza, tres meses de dedicación y esfuerzo, me surgen algunos interrogantes que exceden lo que es el acto en sí.

(https://filosofiadelreconocimiento.com/2023/01/11/congreso-mundial-de-filosofia-sobre-la-pobreza/?fbclid=IwAR3BPsP7gxJKCUpgDmn_-LRfYA2bm64nq38RG07c8lCDmLaoqfqJ8goUQ1E )

Ha sido una iniciativa ciudadana, desde diversos lugares de Latinoamérica y el Estado Español, que se ha ido gestando en un foro filosófico a lo largo de más de un año de trabajo y que ha culminado con el deseo y la inquietud de ampliar el ámbito de reflexión a más ciudadanos del mundo. Además, hemos querido hacerlo presencialmente porque “los cuerpos importan” y, tomo prestada la expresión butleriana para significar que, el hecho de compartir espacio físico junto a los Otros nos une y quizás nos distancia, pero lo que parece evidente es que nos compromete por entero con la presencia y las interpelaciones ajenas. Esta reciprocidad es nuclear porque nuestra voz, no será solo propia, sino que estamos obligados a ser la voz de los que nunca la tienen, a ponernos en su lugar, a dar en el clavo con lo más urgente y relevante, sin perder el horizonte a vislumbrar sobre cómo sería posible una vida fuera de la pobreza para los que están padeciendo esta lacra, que deshumaniza, cosifica y menosprecia a ciudadanos a los que se les niegan sus derechos más básicos.

Bien pues en este gesto de voluntad de diálogo ciudadano hemos constatado la falta de participación de los políticos a los que se ha invitado -o expolíticos-. Todos tenían imposibilidades, es decir otras preferencias políticas que probablemente son más rentables electoralmente, o quizás en algún caso son ciertamente más importantes. No obstante, que los representantes de los ciudadanos no prioricen la escucha activa de los que tenemos que reclamar, cuestionar y denunciar los que legitimamos su cargo, dice muy poco de la auténtica legitimidad y salud democrática. El tema de la Pobreza no es cómodo. Y eso que no son los pobres los que acuden al congreso, porque esos obviamente tienen urgencias más perentorias que la reflexión y el diálogo y seguramente en muchos casos las herramientas culturales para enfrentarse a su propia situación desde una perspectiva teórico-práctico. Es muy significativo que los ciudadanos no seamos escuchados por aquellos que votamos para que nos representen, porque parece obvio que lo que de facto hacemos al votar es cederles poder para que hagan lo que consideren sin atender excesivamente a las demandas ciudadanas.

Sería injusto no reconocer que institucionalmente los poderes políticos entran en cierto diálogo o contraste con entidades, otras instituciones privadas que ofrecen un servicio público, que están mediatizadas por el apoyo económico que el representante de turno político acabará firmando o denegando. En este ámbito se produce lo que, personalmente, denomino politiqueo, es decir pactos implícitos con deudas no declaradas que todos sobreentienden.

Lo que me perturba es ¿Por qué los políticos no se exponen al Ágora democrática directa, de ciudadano a político, sin que medien representaciones institucionales que están en alguna medida “atadas de pies y manos”? No parece que el ruedo les parezca cómodo, porque en este no hay ningún tipo de filtro a priori sobre el contenido de lo que expondrán los ponentes y los asistentes, que acuden todos ellos gratuita y voluntariamente.

Después, claro está, el esfuerzo de que el mensaje del Congreso arribe a las instituciones políticas será un esfuerzo titánico, si es que llega a producirse.

Por su parte, hay medios de comunicación con una diversidad de miras, y que algunos hagan una apuesta por lo que parece ser una lacra que afrontar, admirables -entre ellos quisiera destacar a los medios de comunicación de la ciudad de L’Hospitalet y a Radio Mataró-. Los medios de comunicación con más poder como la televisión pública o privadas, y los periódicos de primer orden no se dignan ni a responder. Quizás porque las gestiones se han realizado mal, también porque comunicar con el quien es un misterio dentro de organigramas complejos, …quizás.

Para concluir el artículo, que no esta comezón que genera rabia e impotencia no resta más que preguntarse ¿A quién le importa realmente la pobreza? Y la respuesta parece obvia: a los pobres, que como tales no tienen voz, a veces ni voto, aunque si lo tuviesen de poco les serviría, y a personas que trabajan día a día -muchos profesionales vocacionales y voluntarios-para ver cómo algunos pueden superar, con apoyo, ese estado sobrevenido que no los define como ciudadanos, ni mucho menos como personas. Así es que, deseando que seamos capaces de que el diálogo del Congreso revierta en una mejora de la situación de muchos ciudadanos, quisiera expresar mi reconocimiento, admiración y gratitud a todos aquellos que dedican su vida, codo con codo, a luchar junto con los que se hallan en situación de pobreza y a no perder la esperanza ante el ninguneo de las instituciones públicas, privadas, ya sean políticas o medios de comunicación que buscan sobre todo audiencia.

Adjunto un relato que forma parte de una novela que muestra un caso ficticio pero veraz que como colofón puede ilustrar estas complejas situaciones de pobreza que suponen una complejidad de la existencia que va mucho más allá de lo económico -aunque este sea el que establece las bases definitivas-

De cómo el trabajo infantil dignifica

Las etapas de la vida son franjas de edad siempre relativas al contexto social y económico. Así, la infancia puede resultar finiquitada con anterioridad en ciertas capas sociales que en otras. Aunque, también es cierto, se puede intentar confundir al infante respecto al sentido de su trabajo prematuro, para que no lo interprete como una necesidad de mediocridad social.

En esta línea, cuando el padre consideró que los hijos tenían edad suficiente para iniciarse en el mundo laboral, les hizo compatibilizar un trabajillo de aprendices con sus estudios. Los candidatos preferentes fueron los dos chicos, que a sus doce años se incorporaron como ayudantes de camarero en un Frankfurt del pueblo. La niña mayor lo hizo, posteriormente, como aprendiz de peluquera con once años. 

Para los varones supuso una inmersión rotunda en el mundo de los adultos porque se vieron sometidos a igual exigencia, aunque a menor estipendio. Se acostumbraron a conversaciones propias de hombres malhumorados, mujeres que despotricaban de sus maridos, jóvenes que bebían porque no querían parar de beber, disputas futbolísticas que podían acabar en agresiones, ya que, en una dictadura, aunque fuese decadente, nadie osaba en público tocar temas comprometidos. También aprendieron, porque de eso algo ya sabían, a sisar parte de las propinas, sobre todo el chaval del rostro pícaro que iba enzarzándose en empresas cada vez más “sublimes”. La niña mayor, la que lucía un semblante engañoso, aprendió diversas tareas de peluquería, así como a planchar, y con la experiencia que tenía de su hermana pequeña, se hizo cargo puntualmente de los críos de la jefa. Conoció al marido de la peluquera –que ya existía antes de que Jean Rochefort lo catapultara a la fama. Era un tipo presuntuoso, narcisista y profundamente engreído que se paseaba por el corredor central del salón con la finalidad de ser admirado por todas las clientas –o eso creía él- A las empleadas les repartía guiños a diestro y siniestro, convencido de que esa era la máxima aspiración de estas. En especial de las menores, de catorce y once años, a las que sometía a tocamientos diarios en presencia o ausencia de las demás. La tercera empleada, de veintiún años, mantenía la compostura y seguramente el puesto de trabajo, con un gesto ambiguo. La chica de catorce años parecía divertirse entre risas y carcajadas intentando evitar las zarpas del marido de la peluquera, y la niña de once años no entendía qué estaba pasando, pero se le hacía especialmente hiriente cuando la asaltaba a solas en el cuarto de la plancha. De esta experiencia aprendió a guardar silencio. Adquirió la conciencia de que hay cosas que suceden que no se pueden explicar. Esta, en concreto, no sabía por qué, pero intuía que a sus padres no les gustaría, que tal vez creara problemas en casa y nada más lejos de su voluntad. Así es que se tragó el asco que le producía ese depredador y sintió lástima por la peluquera que siempre la trató bien, desde esa mirada huidiza y triste.

Solo de adulta fue capaz de ponerle nombre a lo que sucedió con el marido de la peluquera.

A. de Lacalle. “Híbrido” Editorial Adarve. 2018. Madrid.

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Una caída que invita a pensar by Jaime Nubiola

El pasado miércoles 11 de enero llovía en Pamplona. Iba caminando a mi trabajo en la Universidad —procuro hacer 11.000 pasos diarios—, protegido con paraguas y un calzado adecuado. Lamentablemente, mientras iba pensando en las personas y los asuntos que iban a llenar mi día, en una bajada de la Plaza de los Fueros me falló un pie, resbalé y cayó todo mi considerable peso sobre el pie izquierdo. Me di cuenta enseguida de que había sido un golpe muy fuerte, pero pensé también que seguía vivo y que no tenía nada roto. Fui recuperándome poco a poco. Como podía caminar y el dolor era soportable, seguí hasta mi despacho.

            Al enfriarse la pierna se produjo una notable hinchazón. Como la molestia era llevadera pude dar la primera clase del curso de «Filosofía del lenguaje» y después me fui en taxi al Servicio de Urgencias de la Clínica de la Universidad. Una vez hechas las radiografías, la Dra. Laura Olías me dijo que tenía rotura de peroné, que no requería cirugía, sino inmovilización de la articulación con una férula y escayola durante seis semanas. Añadió que tendría que manejarme con silla de ruedas y muletas durante ese tiempo porque no debería apoyar el pie izquierdo en el suelo.

            Llama mucho la atención cómo un pequeño resbalón puede cambiarte tanto la vida. Desde el primer instante vino a mi memoria aquella frase de la filósofa judía Edith Stein: «Lo que no estaba en mis planes, estaba en los planes de Dios» (Ser infinito y ser eterno, Herder, 1986, p. 109). De hecho, tuve que cancelar tres breves viajes previstos para las semanas siguientes y, sobre todo, dejarme cuidar por los demás en mi forzosa inmovilización. Esa frase de Edith Stein —que murió en la cámara de gas en Auschwitz en agosto de 1942— invita siempre a pensar. Mi amigo filósofo Nathan Houser me escribía: «Debo preguntarte, ¿crees que tu pierna rota fue el plan de Dios, como sugieres con la cita de Stein, o fue tal vez el capricho arbitrario del Azar?». Este es el tipo de problemas que han perseguido a filósofos y teólogos cristianos y no cristianos desde hace siglos en torno a cómo conciliar la ciencia,  omnipotencia y bondad atribuidas a Dios con nuestras desgracias.

            Contesté a Houser evocando la respuesta del papa Benedicto XVI a esta grave cuestión precisamente en Auschwitz en su visita de mayo del 2006: «¡Cuántas preguntas se nos imponen en este lugar! Siempre surge de nuevo la pregunta:  ¿Dónde estaba Dios en esos días? ¿Por qué permaneció callado? ¿Cómo pudo tolerar este exceso de destrucción, este triunfo del mal? […] Nosotros no podemos escrutar el secreto de Dios. Solo vemos fragmentos y nos equivocamos si queremos hacernos jueces de Dios y de la historia. […] El Dios en el que creemos es un Dios de la razón, pero de una razón que ciertamente no es una matemática neutral del universo, sino que es una sola cosa con el amor, con el bien».

            En mi caso personal he podido comprobar el tsunami de afecto que ha suscitado mi caída del pasado día 11, con la fractura y el escayolamiento del tobillo izquierdo subsiguiente. Los alumnos a los que aquel día había dado clase cojeando me agasajaron el miércoles siguiente con una estupenda caja de bombones. El post que subí a Facebook generó más de 300 reacciones y 200 cariñosos comentarios. En la mayor parte de los casos solo pude contestar con un corazón para expresar «Gracias, ¡me encanta!». ¡Cuánto reconforta sentirse querido, quizá más todavía en circunstancias como esta! Me han emocionado en especial los encuentros casuales con colegas y amigos por los pasillos de la Universidad o la desinteresada ayuda de desconocidos ante ocasionales dificultades con la silla de ruedas en mis traslados.

            Todo son motivos de agradecimiento. El punto, sin embargo, que quería destacar aquí hoy —además de la permanente invitación a pensar sobre las cosas que nos pasan— es la importancia de dejarse cuidar. Frente a la encendida defensa de la autonomía personal, el dejarse cuidar nos enseña a ser humanos, nos enseña que somos dependientes de los demás: esa es la humana condición.

Pamplona, 24 de enero 2023.


Volviendo al futuro by Jesús Marchante Collado

Llueve torrencialmente, a mares; no importa: a pesar de que el sol haya desaparecido de los cielos de Madrid hace un par de semanas. Es media mañana y me dirijo a una presentación que preveo interesante. Tiene, además, el aliciente, al menos para mí, del sitio donde va a tener lugar la misma: la librería científica de la vieja JAE (junta de ampliación de estudios), a la que, en 1939, tras la llegada de los fascistas al poder en España, después de un fallido golpe de Estado que tuvieron que enmendar con una guerra civil de tres años de duración, como todos sabemos, le robaron el nombre, como a tantos otros lugares, y pasó a denominarse: CSIC (consejo superior de investigaciones científicas). Por cierto, otro de los nombres robados, aún no recuperado, linda con todo este complejo que era la JAE: el Instituto-Escuela (obra realizada durante los años 1931-1933, y diseñada por dos espléndidos arquitectos modernos españoles: Carlos Arniches y Martín Domínguez) llamado también, tras ese triunfo fascista, Instituto Ramiro de Maeztu. Me he “colado” en varias ocasiones para recorrer algunos de los pabellones originales que aún siguen en pie y poder admirar las marquesinas super revolucionarias (para la época) del pabellón de párvulos, diseñadas por el ingeniero Eduardo Torroja: que, mire usted por donde, durante la gran nevada de “Filomena”, aguantaron en pie sin sufrir el más mínimo daño, lo contrario que acaeció al feo pabellón polideportivo construido en los años sesenta del pasado siglo.

Esta mañana, en cambio, voy a penetrar en los dominios de la conocida antaño como: “colonia de los chopos”. No lo hago, desde hace un par de decenios, al menos. En aquellos ya lejanos años, acudí a algunos actos, en la restaurada y renovada: “Residencia de Estudiantes”, lugar por donde pasaron: Federico García Lorca, Luis Buñuel, Salvador Dalí, etc., etc. También participaron en las reuniones que organizaban los residentes la práctica totalidad de la intelectualidad española y un tropel de la extranjera. Los españoles de ahora, aquellos que hayan leído alguna cosa, por casualidad, se quedarían petrificados si supieran cuanta gente importante recalaba en nuestro país y, por supuesto, en su capital, Madrid. España aún no había echado el cierre definitivo: la libertad y el conocimiento no eran considerados peligrosos y nocivos.

No obstante, aunque me entran unas ganas enormes de recorrer todo ese territorio, oteando en la lejanía ciertos edificios, me digo que será mejor dejarlo para después del acto que vengo a presenciar.

Cuando entro en la librería, situada en uno de los pabellones que reestructuró (por encargo del régimen fascista) el arquitecto Miguel Fisac, me doy cuenta, rápidamente, que me he infiltrado dentro de un selecto grupo social: investigadores, filólogos, historiadores, etc. Me siento como una especie de elefante en una cacharrería, o como un gato en un garaje: da igual. Estoy convencido de que no voy a perder el tiempo.

Se presenta la grabación de un nuevo disco a cargo de la Grande Chapelle, que dirige el musicólogo: Albert Recasens. Acudo, no porque conozca a ese grupo musical: mi melomanía no da para tanto. Desafío la lluvia matinal porque, junto a ese musicólogo y director, interviene alguien a quien sigo hace ya algún tiempo: María del Ser, que es doctora y presentadora de “Grandes Ciclos” y “El Jardín de Voltaire”, entre otros programas, en Radio 2 (radio clásica), que es como me sigue gustando llamar a esa emisora de radio nacional.

La voz, en la radio, de María del Ser, no es especial, es mágica, hipnótica. Lo escribo aquí, porque ya se lo he hecho saber a ella, mediante mensajes, a raíz de los programas que realiza. No obstante, no es sólo su voz lo que me atrae: es su enorme erudición, sus reflexiones y comentarios que acompañan a sus retransmisiones. Tiene, además, la enorme virtud de descubrirnos a músicos completamente olvidados o desconocidos; al menos, para mí. Como hace unos días cuando dedicó varios programas al compositor bohemio: Antonín Benda, del que se cumplen trescientos años (casi nada) de su venida al mundo. No sólo me descubre a ese músico, sino también que era el compositor favorito de Dios, es decir: Wolfgang Amadeus. Según relata María, llevaba, consigo, sus partituras a todas partes. El entrañable Wolfgang no podía dejar de escuchar esa música, aún si en la mayoría de las ocasiones era sólo en su cabeza donde la oía.

Otro de esos músicos, que te dejan sin palabras es: Johann Kuhnau, a quien María del Ser deshoja cual margarita. Ella me descubre que era “cantor” en la Iglesia de Santo Tomás, de Leipzig: nada más, y nada menos, que el predecesor en el cargo de un segundo Dios, esto es: Johann Sebastian Bach. Afirma ella qué: “los críticos siempre dijeron que su música era muy inferior a la de su sucesor Sin embargo, cuando uno escucha sus composiciones, tiene la tentación de pensar muy distinto a esos críticos eruditos. Sobre todo, por ciertas escalas que aplica al órgano, o al clave, instrumentos, como sabemos, donde brilló Johann Sebastian.

El formato del evento me resulta gracioso. Es, desde luego, absolutamente riguroso. Ella lee su presentación y las preguntas que le hace a Albert Recasens: no deja nada a la improvisación. Lejos de resultar aburrida, esa voz tan particular que tiene ella, como ya he señalado, hace que parezca que no lee los folios que ha preparado. Y no lo es, incluso, porque supera en tiempo ese aforismo tan conocido de Gracián: “lo bueno, si breve, dos veces bueno”. No apetece que acabe con su exposición leída, de la que no se justifica, ¡menos mal! “Qué siga”, me digo hacia mis adentros.

Cuando le toca el turno a Albert Recasens, que no lee, enseguida me doy cuenta que estoy ante alguien, también, muy sabio y metódico. Aún no puedo exprimir una opinión de sus virtudes, o no, como músico: no tengo en mi poder ninguno de sus discos editados por la JAE. Digamos de paso que, la persona que hace la presentación del acto: Lola Josa, una mujer investigadora, pone en valor la enorme labor de edición que viene llevando a cabo, desde hace un montón de años, la antigua JAE. Resalta, como no puede ser de otro modo, la atención particular que ha dedicado a la hora de poner a disposición del público la edición de esa música poética, como se denomina la colección: que atiende a la recuperación de los compositores que más han contribuido a la evolución de la música española de los siglos XVI al XVIII: Cristóbal de Morales, Alonso Lobo, Tomás Luis de Victoria, Carlos Patiño o Juan Hidalgo.

Recasens va respondiendo a las preguntas que le propone María del Ser. Y lo hace, blandiendo un rigor y una seriedad científicas que en mi cabeza no pueden dejar de resonar dos de los autores que más han influido en mí: Karl Marx y Sigmund Freud. Sí, su metodología, según explicita, es tal que, creo estar asistiendo a un acto en algún otro país europeo; en ningún caso, en el mío. El lector, o lectora, puede pensar que exagero; sin embargo, les digo que no. Lo riguroso y lo científico han supuesto siempre una anomalía en nuestro país.

El nuevo disco, que aún no está a la venta, está dedicado a uno de los grandes músicos del barroco español: Carlos Patiño (1600-1675). Ahonda en lo que significó ese período en España: “desde el punto de vista de la música”, acota el musicólogo. En esa corte de Felipe IV, valedora de todos esos músicos y artistas, Recasens nos hace saber que mientras Patiño acude a la “capilla real” situada en el viejo Alcázar, esa música que escucha el rey, también la puede estar escuchando, mientras pinta algún cuadro, Diego Velázquez.

Se nota que el musicólogo es un apasionado de ese período en el que el “contrapunto” fue el método que usaron los compositores para revolucionar la música heredada del renacimiento. Incluso llega a relacionar el siglo XVII con el nuestro.

Bueno, ahí habría mucho que discutir. Tal vez él esté pensando en una de las primeras crisis serias del capitalismo más avanzado (el de los países bajos) que tiene lugar en esa época. Habla, en sentido positivo, de los “afectos”. Tal vez, se olvida de que el filósofo barroco por excelencia, un judío de origen español: Baruch de Espinosa (uno de los padres del materialismo), había acotado en un sentido muy negativo eso de los “afectos”. En la parte cuarta de su Ética, la titulada: “De la servidumbre humana, o de la fuerza de los afectos” en el Prefacio dice: “Llamo “servidumbre” a la impotencia humana (imposibilidad de ser libre, añado yo) para moderar y reprimir sus afectos, pues el hombre sometido a los afectos no es independiente (no tiene potencia propia, sui juris) sino que está bajo la jurisdicción de la fortuna, cuyo poder sobre él llega hasta tal punto que a menudo se siente obligado (coaccionado), aún viendo lo que es mejor para él, a hacer lo que es peor…”

En cualquier caso, más allá de esta pequeña digresión, el musicólogo consigue que salgamos de allí siendo fans de ese Patiño, del que todavía no he podido escuchar su música.

Al finalizar el acto, me lanzo a hacer un recorrido por ese territorio que habla muy a las claras (en sus arquitecturas) de la enorme tragedia, y del desastre que supuso parar abruptamente el tiempo histórico con la sublevación militar y su posterior triunfo, después de tres largos años de resistencia de la democracia republicana española.

Me doy de bruces, enseguida, con el edificio conocido como: “Rockefeller”, en realidad el antiguo instituto nacional de física y química, diseñado en 1932 por los arquitectos: Manuel Sánchez Arcas y Luis Lacasa. Debe su nombre a que la construcción fue financiada por la Fundación Rockefeller. Sánchez Arcas y Luis Lacasa ostentan el mérito de haber sido inhabilitados, de por vida, para el ejercicio de su profesión, por el Colegio de Arquitectos de Madrid. Sánchez Arcas construyó la Central Térmica en la Ciudad Universitaria, y el Hospital Universitario San Carlos. Se tuvo que exiliar, al finalizar la guerra, y participó en la reconstrucción de Varsovia. Luis Lacasa es el autor, junto a Josep Lluís Sert, del Pabellón de España en la Exposición Universal de 1937, celebrada en París. Ese edificio que contenía: “El Guernica” de Picasso o “La Montserrat” de Julio González. Los dos arquitectos recibieron el premio Nacional de Arquitectura en 1932 por el “Rockefeller”. Entro en su “hall semicircular”, bien conservado, como toda la facha exterior, que no me deja nada indiferente.

Querría pasar por alto, pero no puedo, el hecho de que Lacasa colaboró con el NKVD (la policía secreta de Stalin) y con su enlace principal en la guerra de España: Alexander Orlov, en la detención de numerosos dirigentes del POUM (Partido obrero de unificación marxista) y en el asesinato de su secretario general: Andreu Nin. A día de hoy (los antiguos dirigentes del PCE se han negado sistemáticamente a decir el lugar donde están enterrados sus restos), sigue sin saberse su paradero. Diré de paso que, en las milicias del POUM, es donde se enrola George Orwell, cuando llega a Barcelona, para defender la democracia republicana española. De su experiencia en los sucesos de mayo de 1937 (el enfrentamiento entre los estalinistas del PCE, los anarquistas de la CNT y el POUM) nacerán dos de sus libros más importantes: Rebelión en la Granja y Homenaje a Catalunya. Sin embargo, menos conocida es la implicación del escritor español, José Bergamín, en las calumnias contra el POUM y sus dirigentes en un conocido “libelo”, escrito bajo el seudónimo de Max Rieger. No obstante, en el prólogo, utiliza, sin cortarse ni un pelo, su propio nombre, en el año 1938, uno de cuyos ejemplares poseo. El “libelo”, en cuestión, lleva el título de: Espionaje en España: edición especial popular. Les aseguro que el librito no tiene desperdicio.

Sigamos, después de esta digresión que he considerado necesaria, por el recorrido del “campus” de la antigua JAE.

El ladrillo se impone como ornamento fundamental a la hora de proyectar ciertos edificios de estilo racionalista como el descrito anteriormente y en otros anteriores como la famosa “Residencia de Estudiantes”, obra de Antonio Flórez, realizada en 1915. El estilo moderno “neomudéjar” del edificio y las comodidades que ofrecía en su interior, dan buena cuenta del inicio de un período fructífero abortado abruptamente, como ya he señalado, por la victoria en abril de 1939 de los militares sublevados contra el régimen democrático y constitucional republicano.

Sin embargo, lo que me produce cierta hilaridad es comprobar cómo muchos otros edificios dentro de este campus, y en los alrededores de todo el entorno de la JAE, finalizados o realizados inmediatamente después de finalizar la contienda, en 1939, siguen respirando el aire moderno y racionalista de los edificios construidos durante el período republicano. Un ejemplo mayúsculo de esto que estoy afirmando lo constituye el “Instituto de física aplicada Leonardo Torres Quevedo” (1939-1940): situado en la calle de Serrano, justo enfrente del Instituto-Escuela. El arquitecto responsable de dicho diseño fue un tal Ricardo Fernández Vallespín, miembro del Opus Dei (amigo personal de Escrivá de Balaguer) y afectísimo al nuevo régimen fascista.

Y me produce, desde luego, hilaridad, como decía, porque después de que este arquitecto, como otros, proclamen su abjuración del estilo moderno y del racionalismo, van a terminar realizando proyectos “absolutamente” racionalistas y modernos. ¿Por qué?, se preguntará el lector o lectora; muy fácil: porque han sido contaminados por sus maestros republicanos en la Escuela de Arquitectura, y aunque traten de escapar de esa manera de concebir la construcción, caen atrapados (como en una tela de araña) dentro de esa estética tan potente.

Le ocurre algo similar a otro arquitecto de más enjundia, que ya hemos citado anteriormente: Miguel Fisac. Uno de los primeros miembros del Opus Dei, y que también pretende hacer apostasía de la arquitectura moderna. Sin embargo, cuando el régimen del “generalísimo” le encarga, en los años sesenta del pasado siglo, la remodelación y recuperación de lo que queda en la vieja “colina de los chopos”, tampoco puede escapar a esa “poderosa” influencia moderna. Lo atestigua su reconversión del auditorio de la Residencia de estudiantes, prácticamente destruido durante la contienda, en la actual “Iglesia del Espíritu Santo”, cuya fachada lateral hace de mediana con el viejo Instituto-Escuela, De Arniches y Martín Domínguez. Incluso el edificio central del nuevo CESID, construido en 1943 (en cuyo frontispicio, hasta hace muy poco, aún aparecían labradas un sinfín de loas al “Caudillo”, borradas a raíz de la promulgación de la ley de “memoria histórica” que puso en pie el presidente del gobierno: José Luis Rodríguez Zapatero), aun cuando en su fachada exterior, de granito, en la que utiliza ocho columnas de estilo neoclásico, la distribución de las ventanas y huecos en ella, no cabe ninguna duda que beben de aquella estética de la que había hecho abjuración. No obstante, para más inri, cuando entro (por primera vez en mi vida) en sus aposentos, la cosa aún está más clara. La soberbia escalera de mármol verde veteado, o las mismas puertas y otros elementos, cantan que este arquitecto, como el otro, ha sido “contaminado” por esa arquitectura moderna.

Con todo, lo que me emociona (hace muchísimos años que no vuelvo a ella) es recorrer el enorme perímetro de la vieja Residencia de Estudiantes; cuyo pabellón central era denominado, en forma jocosa, por los residentes: “el transatlántico”: un larguísimo balcón corrido de madera situado entre dos espléndidas torres-minaretes que parecen desafiar el mundo. La construcción de ladrillo y madera (neomudéjar) es de una modernidad apabullante, incluso a día de hoy. Esos viejos muros acogieron a Einstein, Stravinsky, Marie Curie y muchos otros. Madrid, desde luego, no era gris.

Cuando estoy a punto de abandonar la “colina de los chopos”, llama mi atención un edificio de un cierto estilo clásico (a base de ladrillo y granito) en uno de los laterales del “campus” central. Miro hacia la puerta y veo un rótulo que reza: “Archivo Histórico Nacional”. No tenía ni idea que esa institución tuviera su sitio en la famosa “colina”. Está ahí desde el inicio de los años cincuenta después de haber sido proyectado, en 1944, por un arquitecto curioso: Manuel Martínez Chumillas. Digo lo de curioso, porque el hombre estuvo adscrito a uno de los faros de la modernidad catalana y española: el GATEPAC (Grupo de artistas y técnicos españoles para el progreso de la arquitectura contemporánea), pero que después tuvo que subsumirse bajo los nuevos cánones clasicistas impuestos por el nuevo régimen. Con todo, el edificio tiene su interés. Decido, también entrar a otear y ver qué se puede hacer en ese archivo. El interior es elegante y acogedor. Me sorprende, al solicitar información, que sea tan fácil poder hacerme un carné de investigador en el que poder escrutar legajos históricos: pequeñas joyas que daría miedo tener entre las manos. La persona de seguridad, que hay en la entrada, me anima a volver (al día siguiente) y hacerme el susodicho carné, porque ya es un poco tarde: casi las tres.

Abandono todo ese maravilloso paisaje arquitectónico y natural con la idea de volver al día siguiente a los aposentos del mencionado archivo.

Ya en casa, en mi ordenador, buceo mínimamente para saber qué tipo de fondos puede albergar dentro de sus muros. Mi interés va sobre el período republicano y todo lo que tenga que ver con él. Encuentro que cuentan con el archivo privado del antiguo presidente de la República Española en el exilio: Diego Martínez Barrio y también con el archivo del presidente del Gobierno en ese exilio: José Giral.

Mi cabeza bulle completamente excitada. Tengo claro que al día siguiente mis pasos van a guiarme hasta el edificio de Martínez Chumillas.

Mientras con extrema amabilidad me hacen el carné, vengo a saber que éste me va a permitir acceder, sin ningún obstáculo, a los archivos de Salamanca, Alcalá de Henares, Valladolid, y otros. El de Salamanca (que contiene todos los archivos de la memoria histórica y más) está en mi ojo de mira.

Hecha la acreditación, me pasan a la sala de lectura y manipulación de los documentos históricos (una vez que me he despojado, obligatoriamente, de la prenda de abrigo, de cualquier tipo de herramienta de escribir, de todo tipo de cuaderno para tomar apuntes e, incluso, de la funda de las gafas), donde me atienden, otra vez, con una delicadeza y amabilidad que me sorprenden. No tengo ni idea de cómo moverme en esta institución; no importa, me guían de manera sencilla. Sólo podré consultar aquellos documentos que no estén digitalizados: estos se pueden ver directamente en la pantalla de los ordenadores que el archivo histórico tiene desplegados por la sala. En ellos, visualizo la carta de renuncia del presidente de la República: Manuel Azaña (ya desde su exilio, en Francia, en los últimos momentos de la guerra, el último día de febrero de 1939). Sin embargo, compruebo que los “papeles” de Martínez Barrio no están digitalizados y, por lo tanto, puedo pedirlos para poder echarles un vistazo. Con mucha atención, apunto en una de las hojas en blanco, con uno de los lapiceros, que pone a disposición de los investigadores la institución, la signatura de esos documentos. Espero unos minutos, algo nervioso, en la mesa que se me ha asignado, a que los empleados me traigan dichos legajos.

Enseguida me llegan una especie de archivadores (un total de tres) cuyo contenido está perfectamente atado con cintas de tela blanca. Abro el primero de ellos. Dentro, varias carpetas nuevas, también blancas, contienen esos preciosos y delicados documentos. Enseguida soy consciente de que estoy entrando (por un agujero, el de Alicia, quizá) en la historia reciente de mi país. Trato, con mucho escrúpulo, de hojear los folios (muchos de ellos de papel cebolla, de distintos colores) donde aparecen un sinfín de alegaciones y el detalle preciso, desde finales de los años cuarenta y principios de los años cincuenta, de las cuentas del gobierno de la República y de todas sus instituciones. Descubro, no sin cierto asombro, el funcionamiento preciso de todo ese entramado oficial.

Se llevan a cabo reuniones del congreso de los diputados; reuniones de los distintos ministerios; viajes del mismo presidente de la República o del presidente del Gobierno de ésta. Observo las asignaciones metálicas que se hacen a la Generalitat de Catalunya o al Gobierno de Euzcadi, que siguen funcionando institucionalmente. Me impresiona comprobar, a medida que voy hojeando la documentación, que el gobierno republicano en el exilio (primero en Francia, y después en México) funcionaba a pleno rendimiento como lo hacía en España antes de que la dictadura del general Francisco Franco se adueñara del gobierno de nuestro país.

Veo la disponibilidad, en esos momentos, de fondos con los que contaba el Estado republicano: en USD, y en oro de esa misma moneda; en FRF y FRF, también en oro; en libras esterlinas, en CHF suizos; también en pesetas españolas. Se abren cuentas a nombre de personas concretas. Una de ellas, resuena en mi cabeza cuando leo su nombre: Nicolau d’Olwer. Personaje poco conocido dentro del gobierno de la república; si bien, fue ministro de Economía Nacional o Gobernador del Banco de España, además de diputado por el partido de: Acció catalana republicana. Decía que su nombre vibra, en cuanto lo veo escrito, en mi cabeza, porque me retrotrae a cuando yo era poco más que un adolescente, y le daba la murga a mi abuela materna con esos asuntos históricos. Curiosamente ella, recordando ese período, sacó a la palestra el nombre de ese diputado. Ahora, tantos años después, cuando veo reflejado ese nombre, puedo incluso volver a escuchar, dentro de mí, la voz de mi querida abuela, de la que aprendí tanto, hablándome con cierto énfasis de aquel período.

Me emociona ver esos folios con el logo del escudo republicano, y debajo: República Española. Aparece marcado, en muchas ocasiones, el negativo que, el paso del tiempo, han dejado los clips que sujetaban esos papeles. El óxido de esas marcas aparece delante de mis ojos. Me llama la atención que la palabra: República, aparezca siempre sin acento. Sólo a partir de 1952, comparece acentuada en todos los folios donde aparece dicha palabra.

Ya he dicho que hay una continuidad del Estado republicano en todos los sentidos: Congreso de los diputados, Mesa de las Cortes y Diputación permanente de las Cortes y los correspondientes gastos reservados; no sólo. Puedo leer la relación, en 1.946, de las legaciones y consulados que mantenía el gobierno republicano español en el exilio: México, París (agencia oficiosa), Belgrado, Bucarest, Varsovia, Praga, Sofía, Suecia, Noruega, Dinamarca, Austria, Venezuela, Guatemala, etc.

Esa continuidad del Estado que preconizaba Martínez Barrio en 1.948, llega a producirse de manera honoraria, gratuita, cuando los fondos del gobierno republicano desaparecen casi por completo. Diversas personas ( “pigmeos trepa-muros”, los denominaba Negrín en 1.947) se apropian de los bienes del Estado republicano y no los hacen llegar a éste, jamás.

Aún en 1.950, se puede leer esta nota de Martínez Barrio: “la desasistencia casi universal con que nos distinguen los Estados y pueblos democráticos, que en materia de ayuda económica se conducen para con la R.E. (república española) con la misma indecisión y desgana de que dan muestra cuando de resoluciones de carácter político se trata…”

Cierto es que, los dirigentes republicanos, no perdieron nunca la esperanza, hasta, incluso, ya entrada la década de los años sesenta, en que las democracias europeas acabarían interviniendo y desalojando al dictador de España. Vana ilusión, como ya sabemos. No obstante, hojeando todos estos papeles, no quiero dejar de señalar la enorme entereza y la conciencia que tenían todos ellos sobre el siguiente hecho: que lo que el pueblo español había votado en las últimas elecciones democráticas celebradas en febrero de 1936, y todo ese legado de la soberanía popular, había que protegerlo más allá de las fronteras que había cerrado a cal y canto la dictadura. Pienso que, aún hoy, no hay una conciencia exacta del importantísimo papel que jugaron todas esas personas que seguían representando, en condiciones muy duras, al pueblo español.

Una última cosa que quiero señalar, leyendo parte de esos papeles. En marzo de 1.935, todas las derechas españolas (la C.E.D.A., de Gil Robles y otras), todas extremas, como en nuestros días, trataron de reprobar a Manuel Azaña, en dos sesiones parlamentarias, acusándolo de haber vendido un cargamento de armas a los socialistas revolucionarios de Asturias. Todo eso quedo en agua de borrajas y Azaña salió reforzado. Lo curioso (y es lo que quería señalar), es que el 21 de marzo de 1.935, José Antonio Primo de Rivera, desmarcándose de toda la derecha y de los derechistas, pronunció un discurso (para asombro de esa parte del hemiciclo que trataba de tumbar a Manuel Azaña) en el Congreso de los Diputados, en defensa del político de Izquierda Republicana.

La fotografía de la izquierda, da cuenta del famoso “transatlántico” de la vieja Residencia de Estudiantes. Edificación neomudéjar y modernísima proyectada por Antonio Flórez en 1.915. Me produce alegría ver que todavía sigue en pie.

La fotografía de la derecha, es una instantánea del “Instituto de física aplicada Leonardo Torres Quevedo”, el edificio diseñado por el opusdeísta y afecto al régimen: Ricardo Fernández Vallespín. Se puede apreciar, sobre todo en la torre, cuyo perímetro lo recorre un larguísimo ventanal rectangular perpendicular, la estructura racionalista del edificio. Las ventanas apaisadas (otra característica de ese tipo de arquitectura) de la fachada derecha, dan buena cuenta de eso que estoy diciendo. En definitiva, todo ese enorme conjunto, no debe nada a los postulados estéticos del nuevo régimen dictatorial.


~ ¿Vives o sobrevives? by Adriana Balderas

Que la gente sepa que vivir es bueno, que la vida no es mala cómo nos la han mostrado y que es responsabilidad de cada uno buscar la propia felicidad sin complacer a otros de lo que quieren de nosotros.

Para muchos es fácil decir a alguien que lo está intentando y que ha logrado mejorar haciendo cosas diferentes con frases de «eso todos lo pueden hacer», a modo de crítica. Pero ¿Es verdad? ¿Pueden hacerlo? ¿Realmente todos se esmeran para hacer un cambio? ¿Todos pueden hacer lo que tú haces?

A veces los comentarios más desanimados son de personas que siempre quisieron hacer algo y ni siquiera lo intentaron, terminan por proyectar sus frustraciones en lo que los demás si pudieron y quisieron hacer. Tal vez eso sea una parte del éxito. Hacer las cosas y no procrastinar.

Existe un dicho que dice:

“Yo no sé exactamente quién va a llegar al éxito, pero sé distinguir quien va por buen camino”, la cuestión es que la desesperación de ver milagros nos vuelve ansiosos en la intriga de la espera, y ahí es cuando se pierde la conexión de lo que es hoy y lo que quieres en la vida.

De mi lado, sigo insistiendo que el éxito no es lo que portas ni las vistas ni los likes, sigo desechando esa idea de que el milagro es ese coach en auto deportivo contando billetes frente a una cámara diciéndonos qué hay que hacer.

¿Aún sigues creyendo que el éxito es lo externo? ¿Qué estás haciendo por ti y cómo está influyendo a tu alrededor? ¿Sólo ves por ti? ¿Qué incluye tu misión de vida realmente? ¿Qué aportas sin ego?

Algunas preguntas que responder en la sinceridad de tu soledad.

Adriana Balderas.


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3 respuestas »

  1. Tus escritos críticos son espectaculares, Ana. Considero que la pobreza ha sido solapada desde que el mundo es mundo. Dentro de la pobreza tenemos un sinfín de subcategorías igualmente, o aún más deleznables. Es necesaria como motor social cauce en múltiples objetivos: desde la vil necesidad del eterno instalado asistencialismo que encubre intereses de quienes se vanaglorian con el rol de asistencialista, hasta la manija que imprime el impulso al Ford T.T del poder y la ruindad concomitante.

    Genial escrito. Espantosa realidad inimputable.
    Afectos desde Argentina.

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