Latinos: La lujuria by Sergio Caneva

Latinos es una publicación de Masticadores.com en el que colaboran escritores de España y EEUU.

Colaboran: Beatriz Osornio, Marcos Castro, Paula Emmerich, Carlos Feijó, Joiel O., Jorge Aldegunde, Raquel Villanueva, Maya Caravella, Sergio Caneva, Fer Alvarado, Javier Sanchez, Gema Albornoz.

Artículos: La lujuria by Sergio Caneva La hora trece by Jorge Aldegunde / GÓTICA por Carlos Feijoó (cap 3 y 4) / NADA By Raquel Villanueva / Exorcismo en Rivendel by Joiel O. / La diosa de Vrindavan by Paula Emmerich / Veritas by Javier Sanchez / Anclado a tu rostro by Marcos Castro / Cambio climático by Sergio Caneva / Una pizca de sal 2.0 by Fer Alvarado #Reload


La lujuria by Sergio Caneva

La lujuria atrapó al mundo,

como gigante a un guijarro

y moliendo va las almas,

de aquellos que hace esclavos.

Los lleva súbitamente

al sexo desenfrenado,

donde el placer es el rey

y el amor ha caducado.

Donde todo es permitido,

donde no existe el pecado,

donde aporta la pasión

gran parte de su descaro.

La lujuria… la lujuria…

¿cuántas vidas ha condenado?

¿cuántos perdieron el rumbo?

¡por el placer cautivados!.

La que no posee límites,

la que al pudor ha matado,

la que cree ser feliz

por carnal deseo aplacado.

Y lo que ayer era amor,

hoy solo es campo minado,

la insatisfacción perdura

 en trofeos no alcanzados.

Y entre lujuria y amor

 un abismo hay demarcado,

uno alimenta los egos…

¡el otro! Al amor donado.

La lujuria, la que tantas veces en nuestros días se la confunde con el amor. Cuando una, sólo busca el placer personal, mientras que el otro el goce y la entrega mutua. Una cada vez necesita más placer para lograr la satisfacción personal, el otro goza con la satisfacción del amado.

(Link blog Sergio)

La hora trece by Jorge Aldegunde

(Madrid, 23 de mayo de 2020)

–¿Por qué no te no lo pruebas, hermanita?

–Sabes que lo haré. Por cierto: hermanita no cuadra con que yo sea un lustro mayor que tú, amén de años luz más sabia… No necesito protección: soy ciega, no estúpida.

El joven acusa la pulla; ella es más hábil en el intercambio de golpes. Lo suyo eran, más bien, los dispositivos: sistemas, comunicaciones, aprendizaje automático y algoritmos configuraban su pequeña patria, su zona de confort.

Hacían vida de estudiantes, si bien ella había dejado de serlo. Se ganaba la vida escribiendo, aunque su pasión era el voluntariado. Nunca había dejado de ayudar; antes al contrario, perder la vista tan solo había fortalecido su carácter solidario e indómito.

–Lo tienes que conectar por aquí –explicaba él–. En estas bandas van inscritas varias microcámaras que captan el entorno. La unidad de procesamiento va en el pulsómetro. El motor de síntesis de voz se encarga de dar instrucciones.

–Una cucada, tu proyecto fin de máster. ¿Servirá para hacer deporte por mí?

–Probémoslo.

Hubieran querido salir con la fresca, pero resultaba imposible, con aquel estío anticipado. Las ocho y media de la tarde y el mercurio no bajaba de los cuarenta y uno. Se caían los pájaros.

No parecía que fuese invidente; mucho menos mientras corría. Enseguida se acostumbró al aparato que, conspicuo, se desgañitaba en dar direcciones. Llegó el momento del esprín final. Lo inició él, pero ella no se amilanó. Estiró las piernas, con su zancada larga, y le dio caza. Corría con soltura y rabia; empezaba a dejarlo atrás.

–¡Ten cuidado…!

Apuró hasta el final, giró noventa grados y enfiló hacia el paso de cebra. Se detuvo justo en el borde, cuando una furgoneta cruzaba a toda velocidad. La alcanzó con el corazón desbocado y el orgullo magullado.

–No es…–repuso con la respiración entrecortada– exactamente en tiempo real.

–No te preocupes, hermanito. Para eso te tengo a ti. Porque no dejarás que un coche me rompa la crisma, ¿verdad? –Abrió sus ojos grises, velados en dirección al chico. Como si quisiera ver en lo más profundo de su corazón.

Él enrojeció y se achicó. Agachó la cabeza mientras se afanaba en recuperar el aliento.

***

(Madrid, 2 de mayo de 2035 10.43h, Centro de Control Ambiental – primer anillo)

Hay dos hombres en un despacho pequeño, de decoración minimalista, funcional. El falso techo está lleno de puntos de luz, pero esta brilla por su ausencia. Se miran, tensos.

–¿Y bien? –inquiere el más joven, de pelo hirsuto y largas patillas. Se toca la nariz, inquieto.

–Debe prescindir del agente 245. No seguirá en la misión. Haga el favor de comunicárselo.

Quien pronuncia la orden severa es el jefe de sección. La misión es una separata de la que un par de años atrás habría culminado con éxito el capítulo español de los satélites de baja órbita que contribuirían al control del clima. Ahora eran plenamente funcionales y se integraban en la estación espacial. Aportaban su granito de arena, junto a los ciento veintisiete restantes. Generaban condiciones climatológicas favorables para los habitantes de las metrópolis en las que se concentraba la población. Su acción quedaba reducida a áreas determinadas: zonas geográficas y ventanas temporales, denominadas anillos.

–No me joda. Siempre ha sido un colaborador útil. Nos salvó el culo en el último envite, cuando los transceptores se volvieron locos.

–Me hago cargo. Pero lleva un tiempo disperso, encerrado en sí mismo. No ha dado una con los algoritmos del nuevo planeta. Investigadores más solventes y pujantes llaman a la puerta. Esto es una meritocracia. Y hace tiempo que dejó de haber para todos.

Se hizo un silencio incómodo. Afuera no había ni un alma: el calor estaba fuera de control. Y así seguiría, hasta que llegase la lluvia controlada, sobre las 11.00h.

–¿Qué hago con él?

–Procedimiento habitual: traslado al cuarto anillo y que se busque la vida.

***

(Madrid, 2 de mayo de 2035 12.18h, segundo anillo)

Llevaba ropa ligera, sensorizada. Se había embozado en tela anticontaminación. Comprobó su pulsera: cuarenta minutos todavía para el toque de queda. Siguió corriendo –agotando su permiso de entrenamiento– entre aquella niebla que precipitaba en forma de sirimiri artificial. Este provocaba un efecto balsámico, enfriando aquel verano eterno en el que había devenido la ciudad.

Se sabía señalado por su falta de rendimiento, igual que su malograda hermana, a la que no supo defender. Ser ciega la convirtió en un problema, alguien indigno de percibir recursos en tiempos de escasez. Y él se convirtió en un pusilánime vocero del mensaje oficialista: solo los más capaces alumbrarían el nuevo futuro.

Como de costumbre, perdió la noción del tiempo. Al cabo, le sorprendió la alarma de nivel rojo: solo dos minutos para el cierre. Sonó el intercomunicador; llamaban desde control central. Por pura intuición, ignoró la llamada y siguió corriendo. La bruma artificial se fue dispersando. El cielo se iluminó con la falsa aurora que, a modo de aviso, precedía al cierre del cinturón de protección; a la una de la tarde se apagarían los satélites.

Empezó a notar el calor; la temperatura ascendía deprisa. El agua recién caída se evaporaba en volutas de humo, que ganaban altura desde lugares insospechados, como las bocas del alcantarillado. Un mal paso le hizo trastabillar y caerse, lastimándose un tobillo. Lentamente, se levantó, se desprendió de la pulsera y el comunicador. Apretó la tela contra su rostro y aceleró. Movía los brazos rítmicamente, sus piernas –perladas de sudor–, lo acompañaron en aquel último esfuerzo. Tras de sí, las suelas quedaban marcadas a fuego sobre un asfalto denso y reblandecido.

***

Encontraron su cuerpo sin vida, lleno de quemaduras. La autopsia reveló que la causa de la muerte fue el fallo pulmonar que le produjo respirar aire demasiado caliente. El informe no explicaba cómo aquel hombre, ingeniero veterano y con un currículo admirable, había ignorado la prohibición de exponerse al ambiente sin protección, más allá de la hora trece.

FIN

GÓTICA por Carlos Feijoó (cap 3 y 4)

(Leer cap 1 y 2)

Capítulo tres

Lo que si tenía Esmeralda era una mirada tintada con el color verde de las aceitunas en sazón, enmarcada entre los tirabuzones de cabello negro y el cuello esculpido en mármol que surgía prometiendo placer un botón de más desabrochado que ofrecía la visión del nacimiento de sus pechos, la tentación de piel de seda envuelta en puntillas de seda. Las siguientes jornadas las pasó Honorio preparando el terreno para cerrar ambos negocios mediante numerosas llamadas telefónicas a Esmeralda, a las que se siguieron algunos correos en los cuales hacía una sucinta descripción del texto e indicaba las características de la edición, aunque, a su entender, dejaba abierta la posibilidad de que fuera una obra copiada, por mano experta de otra original, seguramente destruida en alguna de las múltiples invasiones que asolaron la historia. ¿Por qué insinuar que formará parte de la biblioteca de la Córdoba califal?

La cuestión pasaba por demostrar que sabía despertar el interés del mercado y de Esmeralda, demostrando que podía multiplicar las ganancias y aumentando la demanda de posibles compradores.

Pronto recibió una sorprendente propuesta del Instituto Mandel de estudios judaicos. Situado dentro del complejo que la universidad hebraica de Jerusalem posee en el monte Scopus. En ella le señalaban la inconveniencia de adjudicar al mejor postor los textos que estaba ofertando en el mercado internacional y que aceptarían compensar de manera generosa las molestias sufridas con una gratificación adecuada a los esfuerzos llevados a cabo, hasta ese momento. Debido a que ese volumen seguramente sería parte del expolio sufrido por la comunidad judía de Bucara, en Irán, residente en ese país desde tiempos bíblicos y que utilizaba lengua parsi como medio de expresión. Cuándo tras la lectura de la respuesta, Esmeralda le hizo catar el sabor a fruta madura de su boca mientras cerraba el candado de sus brazos en torno a su cuello, Honorio supo que ese libro contenía también un designio del destino para él.

Transcurridos unos días, una llamada desde Londres a primera hora de la mañana, introducía en su ánimo una gruesa sombra de inquietud, desde la sede de la Royal Society, instalada en un elegante y antiguo edificio el distrito de St. James, le rogaban que tuviera la bondad de no someter la pieza en cuestión a ninguna forma de subasta, ya que entendían que el extraño libro formaba parte del legado cedido en testamento a esa sociedad por El Lord Mountbatten, Gobernador General de la India hasta que obtuvo la independencia de la corona británica y que se constataba perdido, desde que un atentado terrorista, llevado a cabo por activistas del IRA, envió el bote del primo de la reina Isabel volando por el aire. Como podría comprender, cualquier acción que emprendiera para vender una valiosa propiedad perteneciente a la casa real, sería considerada como un hecho delictivo. Añadían una frase final expresada entre una sarta de conveniencias untadas con flema inglesa. Que aceptarían abonar, por las molestias sufridas, una compensación adecuada a los esfuerzos realizados hasta ese momento. Ni supo ni quiso esperar un minuto para alertar a Esmeralda, ni tampoco pudo atemperar la imaginación cuando ella se ofreció para tomar un café y trazar juntos un plan efectivo en su piso de soltero. De nuevo surgía una insospechada perspectiva aunque ello le obligase a introducir cambios en su día a día, esa misma tarde tendría que adquirir un cubo y almacenar la ropa sucia en el cuarto de aseo.

Esmeralda apareció exultante, excitada, Dispuesta a explorar los límites entre los escarceos de brazos ajenos y supo provocar que Honorio alcanzara la cumbre del placer sin siquiera despojarse de la lencería.

Capítulo cuatro

Y durante la siguiente semana llegó una propuesta del museo de nueva Delhi, otra para llegar a un acuerdo de donación con el museo de Pérgamo de Berlín, una oferta de intercambio de la biblioteca nacional de París y una jugosa opción de compra llegada desde la Smithsonian Institution de Washington D.C.

Perdida casí la cuenta de las propuestas recibidas, Honorio barajaba la opción de desaparecer con Esmeralda durante una temporada, sobre todo desde que comprobo que en su domicilio se habían llevado a cabo algunos registros. El códice se encontraba a salvo oculto en el buzón de un apartado de correos. Obediente a los consejos de Esmeralda, unicamente remitía la copia de unas pocas páginas a modo de presentación. Entre juegos y caricias ella insistía, debía conocer a fondo el asunto que se traía entre manos, así que indagó sin éxito entre el circulo más cercano de eruditos en filología y arqueología, hasta que le sugirió buscar consejo en un viejo rabino sefardita. El religioso había residido durante años en Medio Oriente, sobre el camino de la seda, entre la histórica Alepo y Kabul, la capital de Afganistán. Era un reputado doctor en la historia antigua del pueblo judío y además un estudioso miembro de la empecinada comunidad judía Iraní.

Por fortuna se refugiaba a pocos kilómetros de la capital, el Toyota Prius de Esmeralda traqueteaba silencioso sobre las calles tapizadas con sonoros adoquines de un antiguo barrio provinciano, hasta que aparcaron frente a un edificio cuya portada aparentaba ser de transición entre visigótico y románico, las puertas dobles de oscuro roble estaba doblemente protegida con gruesos clavos. Aunque no figuraba ninguna prohibición sobre el dintel, Ella sabía que debería aguardar en el coche hasta que finalizase la entrevista y confiar en el buen funcionamiento del pequeño dispositivo grabador que introdujo en el bolsillo interior de su chaqueta.

NADA By Raquel Villanueva

Todo lo que cabe en un nada, en un nada que se erige protagonista tantas veces de respuesta a lo que estás, estamos pensando. Hay nadas inmensos, nadas diminutos, nadas superficiales, nadas profundos y nadas hasta abisales. La respuesta suele ser generalizada, al igual que la pregunta planteada ante una mirada perdida, ante una falta de atención palpable.

—¿Qué piensas?

—Nada

Y ciertamente es nada, es, entre otras cosas, pensar en lo que esa palabra significa según la propia RAE: sensación de vacío, estado de carencia. Así, contradictoriamente, pienso, pensamos en nada y por ende, en todo a la vez.

Mientras él responde que piensa en nada, evoca nuevamente la carretera, la música escuchada en el coche antes de llegar, los días, las semanas, los meses a veces de espera. Piensa en volver a encontrarse con ella, con la mirada de ella, encontrarse para poder perderse. Perderse de lo conocido, de lo rutinario, de lo cotidiano, perderse para encontrarse, con ella y con él mismo. Cuando conduce, le gustaría plegar en dos, en tres, y hasta en cuatro el espacio que de ella lo separa, le gustaría tener la potestad de detener el tiempo, la virtud del desdoblamiento para así poder vivir dos vidas. La vida que todos ven, que todos conocen, que muchos envidian, porque verdaderamente es una preciosa vida a la que nada parece faltarle: cariño correspondido, estabilidad profesional, solvencia económica. Vida de postal, de las que podrían dibujarse sobre un lienzo propagandístico del buen hacer, del buen hijo, del buen marido, del buen padre. Se imagina ahora arañando sobre su propia imagen en ese lienzo, buscando debajo del óleo. Si hubiera sido hace un tiempo, uno habría encontrado bajo su superficie un vacío corrosivo, una mancha fea, informe y disconforme ante tanto trazo definido y bien dado. Pero hoy, a poco que se arañara, aparecería un dibujo de trazos imprecisos pero de vibrantes colores, un dibujo en movimiento, como ese huracán de pensamientos que no para de girar en su mente cuando contesta que no piensa en nada, cuando ese nada es todo, y todo es ella, es todo deseo, todo anhelo y ganas de sentir.

Desliza su lengua por la comisura de los labios, sonríe pensando en esa otra lengua que tan pocas veces puede ocupar su boca, en esa boca que su lengua horada con la avidez acumulada ante tanto deseo meramente imaginado y pocas veces satisfecho. Vuelve a concentrarse en ese nada de su pensamiento, concentrándose en el delicioso temblor de su piel mientras él le retira la ropa, evocando la calidez de su respiración y la premura que tienen las manos de ella para desabrochar los botones de ese pantalón vaquero sin cremallera. Y nuevamente la boca de ella, ahora mucho más abajo, lamiendo, succionando, aspirando, absorbiendo su sexo, ese sexo que dejo de ser propio en el momento que la conoció. 

Se remueve en el sofá, tratando de dar la espalda a esa erección que pugna por asomar. La luz de la televisión imprime diferentes sombras en el salón, su mirada se pasea por las cuatro paredes tan conocidas, las figuras de sus hijas y su mujer se vuelven prácticamente transparentes, y las paredes se disuelven hasta formar otras cuatro, paredes lejanas, paredes apenas habitadas, paredes de hotel, impersonales y al mismo tiempo tan llenas de su verdadera intimidad. Se apodera de él una sensación de náufrago, habitante solitario de una isla que es el cuerpo de ella, donde su sexo, el de ella, es esa tierra cálida y húmeda donde todo puede florecer, es ese abismo en el que quiere no dejar de caer, en el que quiere seguir descendiendo. Ella, deslizándose por su espalda, bajando por su pecho, de frente, de lado, rindiéndose genuflexa para él.

Para él, que no es nada, que no piensa en nada, que no siente nada, pero que con ella lo es todo, con ella piensa en todo, con ella siente todo.

Exorcismo en Rivendel by Joiel O.

 Nacido con el nombre de Borja, pronto sus progenitores fueron reducidos a la más mínima expresión durante una deliciosa travesía en el Nilo. Fue un espectáculo sangriento del que no queda constancia gráfica y los cocodrilos culpables, descendientes directos de los que hicieron lo que hicieron en la isla de Ramree (19 de febrero de 1945), se jactarían de ello durante el resto de sus vidas.

 Exorcismo en Rivendel, así sería rebautizado días más tarde, fue adoptado por unos cocodrilos que en fechas recientes habían perdido a una de sus crías tras el ataque de un tiburón fluvial birmano. No fue, desde luego, una decisión fácil de tomar, pues sus congéneres argumentaron en contra aduciendo que lo mejor sería darle un bocado aquí y después otro allá al bebé, pero Cocodrilo Machote y Cocodrilo Damisela Sin Apuros se mantuvieron en sus trece y acabaron ganándose el derecho a adoptar un humano de tamaño reducido y ojos desorbitados.

 Al poco, decidieron emigrar hasta aguas más facundas, pues en el Nilo había cierta carestía de turistas, principal fuente de nutrientes de la pareja y sus pequeños. Así, llegaron hasta el Ganges, donde la comida abundaba y además poco había que batallar por ella gracias a las tradiciones funerarias de las buenas gentes del lugar. Papá y mamá, también los pequeños cocodrilitos, descubrieron que la carne especiada les gustaba más que la otra, tan falta de sabor. Fueron tiempos felices y el bebé humano aprendió a morder como el que más. Cuando se hacía con una presa le hincaba los dientes y se retorcía hasta rendirla. Papá y mamá le observaban con orgullo, qué devorador estaba hecho el pequeño Exorcismo.

 Un misionero cristiano a punto estuvo de recuperar al niño para la causa de la civilización, pero los cocodrilos no se lo tomaron a bien y en fin, a João Pérez le dedicaron unos minutos en la cadena Cope ensalzando su labor misionera por el mundo. El testimonio de la abuela Margarita emocionó a la presentadora.

 Cumplida la mayoría de edad a Exorcismo en Rivendel se le antojó ver mundo como en su día pasó con Frodo, así que se reunió con sus padres para exponerles su parecer.

 Cocodrilo Damisela Sin Apuros lloró como una María Magdalena Dolorosa Sin Pecado Concebida en plena noche de tormentos y quebrantos, pero tanto ella como su señor esposo acabaron por aceptar tras hacerle prometer que no pasaría demasiado tiempo sin que les hiciera una visita. Exorcismo en Rivendel juró enviarles mensajes embotellados todas las semanas y morcillas si pasaba por Burgos. Esa noche comieron comida india y de postre brazo de gitano.

 Exorcismo viajó por medio mundo. Aprendió el valor de hacerse selfies y aparentar que sabía tocar la guitarra para entablar relaciones de índole erótico-festivo con muchachas que a veces echaban humo por la boca y un cazatalentos se interesó por él.

 El hombre, un empresario de pompas fúnebres venido a venos, tras verle devorar cuatro pollos asados en menos de dos canciones pop, le hizo una propuesta económica para que actuase como manager de alguno de sus pupilos, pues había ideado un espectáculo deportivo con canguros ejerciendo como boxeadores.

 Aceptó Exorcismo, creyendo que aquello sería dinero fácil. Últimamente andaba escaso de recursos, tras dilapidar sus ahorros finales en un sombrero de ala ancha. Disponer de alojamiento, comida gratis y un sueldo durante algunos meses le permitiría regresar a casa para ver a los suyos.

 Durante una sesión de entrenamiento en el gimnasio conoció a Libertia Oximolona, la hija del empresario, que era guapa a rabiar. Enseguida la joven quedó rendida a los encantos del exótico muchacho, que le correspondió encantado. Cuando en mitad de un arrebato de pasión ella le pidió que se lo comiera, Exorcismo le contestó que eso siempre se le había dado bastante bien. No hubo quejas al respecto.

 No tardó mucho Exorcismo en descubrir que don Pacato Oximolón era en verdad un gran hijoueputa, pues dedicaba gritos y feas palabras a los canguros, llegando incluso a retirar el postre a las crías si se negaban a entrenar como los mayores.  La noche de la primera velada pugilística protagonizada por canguros llegó entre palomitas y nubes de algodón, y en el graderío de Matadero V se congregaron no menos de doscientas personas, la mayoría hombres ataviados con boinas, tirantes raídos, camisetas blancas virando al ám

ámbar, con remiendos en los pantalones y esparteñas que dejaban ver suciedad bajo las uñas. Bebían licores fuertes y esperaban ver algo memorable que les hiciera olvidar el sinvivir de sus existencias.

 Cocodrilo Dunder Mifflin y Houston Tenemos I Poema, los dos primeros púgiles en subirse al encordado, saludaron al público con sendos cortes de manga, y en cuanto un señor con bigote originario de la hermosa región de Murcia hizo sonar la campana que daba comienzo al espectáculo, un francotirador apostado junto al carrito de los helados disparó con maestría hacia los focos que proyectaban la luz causando un gran revuelo en el graderío. Don Pacato, sentado en primera fila junto a un concejal de aspecto porcino y su sobrinita, no tuvo tiempo de reaccionar; enseguida Exorcismo en Rivendel se le lanzó al cuello y con ferocidad, de una sola dentellada, le desgajó la nuez y parte de la columna vertebral hasta dejarla expuesta sobre la tercera cuerda.

 Sin darse un respiro se reunió con Libertia, quien aguardaba en los camerinos su momento de aparecer sobre el ring anunciando asaltos luciendo bikini de fantasía. Le dio un tierno beso en los labios y le propuso un juego de alto contenido sexual. Libertia no solo se dejó vendar los ojos, también ser atada de pies y manos. Exorcismo aprovechó para robarle un par de hermosos vestidos y escapar en compañía de todos los canguros liberados.

 Viajaron en motos con sidecar y aquello bien habría merecido un reportaje fotográfico que ocupase la portada de los principales periódicos de tirada nacional. Casi dos docenas de canguros con casco y gafas de piloto conduciéndose por la avenida principal excediendo en mucho los límites de velocidad. En un par de ocasiones tuvieron problemas con la Guardia Civil que les salió al paso, pero Exorcismo se empleó con gallardía y Esperpento de Sardinas se descubrió como un experto en el noble arte de asestar derechazos tras amagar a un lado.

 Llegaron al puerto marítimo, compraron pasajes de primera clase cuando ya retiraban la pasarela y durante varios días navegaron disfrutando de los lujos que se les ofrecían. Por suerte en aquel transatlántico abundaban los ancianos en viaje de placer, así los canguros conocieron una infinidad de anécdotas muy interesantes sobre costureras, mineros, estibadores…

 Bailaron igual que colibríes retozones durante la última noche en barco y comieron canapés como si les fuera la vida en ello. Dijeron adiós a los jubilados deseándoles largas y prósperas vidas, y tras alquilar un autobús amarillo conducido por una especie de títere sin hilos partieron hasta el río Ganges todavía sin saber qué les depararía aquella aventura, pues Exorcismo se había mostrado esquivo a la hora de expresar sus intenciones. Cuando los marsupiales boxeadores se vieron, de repente, rodeados de grandes reptiles asomando las miradas sobre aguas rebosantes de restos humanos entraron en pánico creyendo ser víctimas de una emboscada, pero pronto se relajaron al observar cómo dos de aquellos hermosos devoradores de hombres empleaban grandes muestras de afecto para con Exorcismo en Rivendel, visiblemente emocionado al reencontrarse con los suyos.

 Canguros y cocodrilos hicieron buenas amigas y tras las correspondientes presentaciones nadie se comió a nadie. Fue entonces cuando Exorcismo en Rivendel dio a conocer su plan: fundar una compañía teatral que representase los clásicos de la literatura española, comenzando por el Don Juan Tenorio de Zorrilla (rieron unos y otros al escuchar apellido tan singular), de ahí los poco discretos vestidos que acompañaban al hombre que los había liberado como en su día hiciera Espartaco con infinidad de esclavos. Esperpento de Sardinas tuvo que pagar a Chilipalchichi un puñado de maravedíes, pues había apostado que aquellas ropas de mujer se debían a un claro caso de travestismo recalcitrante y no a otra cosa.

 La compañía Cangudrilo actuó por vez primera un 24 de diciembre con gran éxito de crítica y público. Aunque los hindúes no entendían los diálogos al ser estos en español, el ver a cocodrilos y canguros disputándose los afectos de doncellas que saltaban alto merecía cada rupia de la entrada.

Flor en el epílogo  El regalo de Reyes para Exorcismo en Rivendel no fue la tarta hecha con diplomáticos franceses que su mamá le había preparado con tanto esmero, ni siquiera los cien calzoncillos que los canguros le habían dejado bajo el árbol envueltos en una tela primorosa, sino Libertia Oximolona, quien había viajado en barco hasta allí tras recibir una carta firmada por una imposible cantidad de nombres absurdos conminándola a ser buena. No buscaba una disculpa por parte de Exorcismo, más bien recuperar su afecto y verse reflejada en aquellos ojos saltones que tanto le habían hecho poner los suyos en blanco. Se besaron bajo un árbol preñado de flores de loto y cuando acabaron comprobaron con agrado que el mundo continuaba en pie pero mucho más luminoso. Recibieron el afectuoso aplauso de una infinidad de canguros y cocodrilos puestos en fila a ambos lados de un camino que conducía a un pantano iluminado por luciérnagas. Aquella noche todos los fuegos artificiales les pertenecieron.

La diosa de Vrindavan by Paula Emmerich

Fuente: Chronikhiles

Con una fe infinita, una joven le rogaba a la diosa Vrinda que la salvara. Su suerte la había condenado a casarse con un primo viejo y bruto. Rezó con perseverancia, acudiendo al templo de Vrindavan cada amanecer. El día de su boda, se excusó con sus padres para visitar a la diosa por última vez, pero no pudo completar su plegaria: el templo ardía. Entre llamas y lágrimas, comprendió la raíz de su fragilidad. Respiró profundo y, adquiriendo un nuevo vigor, partió al instante. Como la creyeron muerta en la tragedia, nadie fue en su búsqueda y fue libre.

Notas:

1. En todo el mundo, más de 650 millones de mujeres vivas hoy en día se casaron cuando eran niñas. En los países menos desarrollados, el 40% de las niñas se casan antes de los 18 años. El matrimonio infantil amenaza la vida y el futuro de las niñas y las mujeres, privándolas de su capacidad de decisión sobre sus vidas, interrumpiendo su educación, haciéndolas más vulnerables a la violencia, la discriminación y el abuso, e impidiendo su plena participación en la sociedad. El matrimonio forzado puede llevar a mujeres y niñas a huir de sus comunidades o a suicidarse para escapar del matrimonio. Fuente: Naciones Unidas Oficina de Derechos Humanos

2. Vrindavan es una localidad de peregrinaje en el norte de la India muy cerca de Mathurá, que se considera el lugar de nacimiento de Krishna, una de las deidades más importantes del hinduismo. El nombre sánscrito de la ciudad proviene del nombre de la diosa Vrinda y el topónimo ‘vana’, que significa ‘bosque’. Se cuenta que la diosa Vrinda servía a Krishna como guardiana de los bosques de Vindravan y que Krishna la bendijo para que tomara la forma de la planta de tulsí, también conocida como albahaca sagrada. Millones de hindús veneran esta planta.

Escribe tu micro solidario en Cincopalabras.com: FE – SUERTE – PERSEVERANCIA – VRINDAVAN – RAÍZ

Veritas by Javier Sanchez

Últimamente, tal vez será porque la edad avanza y me convierte en algo con sinceridad venenosa o porque la gente se va y no vuelve a mi vida, me he dado cuenta que todo el mundo quiere, imperativamente, mostrar la apariencia de que todo le va bien, de que todo está bien, hasta que por casualidad tienes, simplemente, una pequeña conversación con ellos.

Y es entonces cuando te das cuenta de que nadamos entre unas amplias generaciones inundadas de tristeza, de personas solas, que no solitarias, luchando por sobrevivir, viviendo entre frases hechas, caras sonrientes, de dibujos con corazones y besos y poses de fotos bonitas. Y una nula sinceridad, nula comunicación y/o empatía.

P.D.
También puedo estar equivocado.

(Blog de Javier)


Anclado a tu rostro by Marcos Castro

Llevo un rato con la mirada 
anclada en tu rostro, 
tus ojos cerrados, 
tu cuerpo relajado, 
sigues navegando 
por algún extraño océano
donde puedes ser
reina, sirena y pirata a la vez. 
Un leve pestañeo 
anuncia tu llegada a puerto. 
Me apresuro y preparo tu desembarco,
aroma a café recién hecho
combinado con el del pan caliente
tostado en la sartén. 
Retiro a medias la cortina, 
la claridad actúa de faro, 
el amanecer le hace un traje a tu cuerpo, 
tapas tu cara con las manos, 
inspiras y sonríes, 
de nuevo me encuentro
anclado a tu rostro. 

Cambio climático by Sergio Caneva

¿Qué puedo hacer yo contigo?

¿y qué voy hacer sin ti?

si yo mismo soy testigo

cuando te veo morir.

Sobrevives cada día

buscando un atardecer,

en que el humano cambie

para volver a nacer.

Porque sufres la apatía

de un mundo indiferente,

pocos se acuerdan de ti

y envenenan tus cimientes.

Destruyen lo que construyes,

saquean todas tus riquezas,

hurgan sin piedad tus venas,

    jauría de lenta gangrena.  

Viven como de prestado

pero se creen los dueños,

en un mundo que agitado

lentamente está muriendo.  

La realidad del mundo actual es: como los humanos somos verdaderamente quienes destruimos nuestro hábitat. En búsqueda de más riquezas, más bienestar, no nos importa contaminar el planeta. Ríos, mares, cielo, tierra, flora y fauna padecen el constante desinterés del hombre. Nadie es ajeno al cambio climático cada vez más acentuado. Sin embargo seguimos mirando hacia otro lado.

www.sercan455.wordpress.com

Deja un comentario





Una pizca de sal 2.0 by Fer Alvarado

Pedir sal es una gran forma de entablar conversación. Al principio comencé a hacerlo por sociabilizar. Acababa de mudarme a un barrio en las afueras de la ciudad y, como toda mi vida me había costado conocer gente nueva, lo acabé haciendo por costumbre. Cogía mi vasito de plástico y visitaba a cada uno de mis vecinos pidiéndoles una ración, una pizca, un puñado, una cucharadita, una miaja, un montoncito… Las formas de decirlo son infinitas. Y, para mantener una buena charla, es muy importante no repetirse. Incluso busqué en un diccionario de sinónimos para no ser redundante en mis demandas.

Lo que me sorprendió, fue lo agradecida que es la gente cuando se le escucha. La mayoría de mis vecinos comenzaron a abrirme sus puertas sin preguntarme qué quería. Me invitaban a pasar y a sentarme en sus sillones atiborrándome de galletas, cafés y chocolates para pasar pronto al siguiente nivel con cervezas, embutidos y patatas fritas. Pero eso era lo único que hacían, hablar, hablar y, aunque estuvieran masticando, seguían hablando. 

Había momentos en los que podía ver los trozos de comida bailando dentro de sus bocas. Sus dientes manchados, algunos con restos a los que habría que hacerle la prueba del carbono catorce para saber cuánto tiempo llevaban agarrados a sus molares. Otros, con caries incipientes que se escondían avergonzadas de su existencia tras el bolo alimenticio.  Y aun así, con ese ecosistema propio viviendo en sus paladares, no paraban de parlotear contándome una y otra vez las mismas historias.

 ¿Tanto tenían que decir? ¿Es que solo querían escucharse a sí mismos? Yo intentaba aprovechar los escasos instantes en los que el silencio se apoderaba de la sala pero, en seguida soltaban el típico “parece que ha pasado un ángel” y volvían a sus aburridos recuerdos. Llegué a pensar en hacerles un regalo a cada uno de ellos: un diccionario de sinónimos y antónimos como el mío. Tal vez así enriquecerían su lenguaje, limpiarían sus bocas de aperitivos a medio triturar y se dedicarían a construir charlas más interesantes. Aunque éstas fueran sobre gramática y sobre la riqueza lingüística del castellano. Cualquier cosa mejor que volver a escuchar otra historia sobre la mili, bodas en blanco y negro y viajes que nunca llegaron a realizarse.

Estaba claro que mi plan no era perfecto. Algo tenía que modificar. Sí, había conseguido que me diesen la merienda y que me invitaran a probar sus bizcochos experimentales pero yo, también quería hablar. Como todo ser humano, necesito expresarme y prefiero estar solo a tener mi oído colocado en el botón de escucha permanente.

Lo que no sabía era que pronto me iba a llegar esa oportunidad.

Hace unos días, por la tarde, mi estómago empezó a suplicar por comida y bajé a la cocina. Solo tenía sal. Había engordado en el último mes cuatro kilos y lo único que tenía era sal. Observé los vasitos colocados encima de la encimera. Los ordeno por portales, por la comida que suelen ofrecerme y por el tiempo que llevo sin acercarme a cada apartamento. Me fijé que el vaso asignado al sexto B estaba casi vacío. Así que lo cogí, salí de casa y me dirigí al ascensor. Le di al botón y mientras esperaba me toqué mi creciente barriga.

—Será mejor que suba por las escaleras —dije suspirando antes de acometer las cuatro plantas que me separaban de mi nueva remesa de sal.

Cuando iba por el quinto piso, escuché unos golpes descender por las escaleras. Cristales que se quebraban, puertas que se abrían con excesiva fuerza y un intercambio de reproches entre los que logré entender una única frase:  

—Suelta eso ahí mismo y salgamos corriendo de aquí.

El ascensor comenzó a ascender, me adelantó y se paró en la sexta planta. Me quedé quieto esperando algún movimiento. Era un bloque familiar, muy tranquilo y aquella situación era toda una novedad. Me sequé el sudor en el mismo momento que el ascensor comenzó a descender. Al ver que todo volvía a la normalidad respiré y continué con mi camino.

En el rellano había ropa, un encendedor, una cartera vacía y cristales rotos. Todo parecía provenir del apartamento al que me dirigía. Comencé a andar con lentitud, no había ningún ruido alrededor. Era como si todos los vecinos de aquella planta se hubieran marchado y solo estuviéramos aquellos objetos diseminados por el suelo y yo. Seguí avanzando, la puerta del sexto B estaba entreabierta. Decidí no pensarlo más, coloqué la mano sobre el pomo y empujé. Me encontré un mueble en la entrada con los cajones abiertos y vaciados. Miré al suelo. Los cristales, como si fueran migas de pan, formaban una hilera que me indicaba el camino a seguir. Di un paso. Pisé un vidrio que se había apartado de sus compañeros y el silencio se quebró. Alentada por aquel  sonido, una voz me llegó a borbotones desde el salón.

—A-yuuu-da.

Esquivé como pude aquel río vidrioso y seguí aquella súplica. Me topé con una puerta acristalada  que, agrietada en ángulos filosos, había conocido tiempos mejores. Se podía ver a través de ella. Me asomé apartándome de las aristas y fue entonces cuando lo vi. Manuel, el dueño del apartamento, reposaba sobre un charco de sangre con un profundo corte en el cuello.

—San-ti, avisa a la po-licía —balbuceó mientras señalaba con la mano el teléfono de casa.

Alcé el antebrazo y me acerqué al pomo de la puerta. Pero tenía el puño cerrado. Mi cuerpo parecía querer decirme algo que mi cabeza no llegaba a entender. “¿Tanto tienen que decir? ¿Es que solo quieren escucharse a sí mismos?” El pensamiento cruzó mi cerebro como una exhalación. Aquella sí sería una gran historia. Un asalto, un vecino en apuros y un héroe de la calle que lucha por salvar al desamparado. Se acabarían los relatos repetitivos. Yo sí iba a tener algo interesante que contar.

Durante mi vida había leído hasta el hartazgo novelas de suspense y sabía qué debía hacer a continuación. Toda buena historia necesita un cadáver. Así que, bajé el brazo y me quedé observando el tembloroso cuerpo de Manuel. En su mirada algo cambió. Se había dado cuenta de que no iba a mover ni un músculo por él. Pero, aún así, no despegaba los ojos de mí.  Sus ojos parecían dos diminutas bolas de billar que comenzaban a perder su color. Y en aquella mirada sentí frustración, rabia, ira y, al final, abandono.

Un último aliento salió de su cuerpo. Desde mi posición me cercioré de que no respiraba. Su pecho estaba inmóvil. Me di la vuelta para salir de allí lo más rápido posible pero, al pasar por la cocina, vi sobre la encimera varios granos de sal y un paquete abierto. Me acerqué y llené parte del vaso. Conseguir sal gratis se había convertido en costumbre y no podía dejar pasar una oportunidad como esa.

Llegué a casa y llamé a la policía para alertarles de lo ocurrido. Las sirenas cruzaron las calles escoltadas por curiosos que comenzaban a poblar los balcones. Me llevaron a comisaría y me interrogaron durante horas. Pero tenía todos los ingredientes de mi coartada preparados. Así que, me remangué, liberé mis muñecas para demostrar que no ocultaba nada y comencé a hablar:

—No lo toqué en ningún momento. Cuando llegué, ya estaba muerto. Lo único que yo quería era un poco más de sal.—Levanté el vaso a medio llenar para corroborar mi historia, tragué saliva y dejé una pausa antes de continuar—.  Manuel siempre daba lo poco que tenía. Seguro que si esos malnacidos hubieran ido de buenas él no se hubiera resistido. Era la mejor persona de todo el edificio. —Había condimentado con sensiblería mis palabras. Eso siempre funciona. Además, cocí a fuego lento un par de aspavientos de manos, le agregué unas lágrimas y lo mezclé todo con una mirada dirigida al infinito. La declaración me había quedado en su punto exacto.

Como ocurre en estos casos, lo más obvio se acaba escapando y me creyeron. Salí libre de toda sospecha y el alba me acompañó de vuelta a casa. En el portal, un destacamento de periodistas afilaban sus plumas para atacarme con sus preguntas. Mis vecinos estaban con ellos y apenas distinguía a unos de otros. Llevaba toda la noche sin dormir pero, aún así, me detuve a contestar sin dejarme ni un detalle. Y  todos me escuchaban. El silencio  me  rodeaba mientras mis palabras rociaban sus libretas y su imaginación. Ni una interrupción, ni un pero, ni siquiera un “perdona, no te escucho, ¿puedes hablar más alto?” Para ellos era un héroe, era el vecino ejemplar y, sobre todo, un pobre chico que sufría por haberse topado con tan traumática  situación. Y yo, disfrutaba como nunca.

Como colofón me inundaron de flashes. El calor de los focos provocó que el sudor floreciera en mi frente. Alcé el brazo y, en un gesto instintivo, lo sequé con el dorso de la mano. Aún sujetaba el vaso. Respiré hondo para regalar mi mejor pose, una pizca de sal se coló por mis fosas nasales y tosí. Lo hice con tanta fuerza que el contenido del vaso salió volando. De nuevo estallaron los flashes pero, ahora, no me los dedicaban a mí. La sal se había amontonado en la acera y un cristal manchado de sangre coronaba su cima. Había encontrado el arma homicida. Estaba escondida en el paquete de la cocina, después pasó a mi vaso y, en ese momento, me fotografiaban con ella. Comenzó a llover y aquel montón de salitre se diluyó igual de rápido que mi declaración.

Creo que fue entonces cuando las cámaras cesaron su baile, los halagos de los vecinos se silenciaron y las sirenas volvieron a hacer acto de presencia. Me quedé mirando los restos de aquel condimento que acababa de inculparme. Estaba tan feliz que no podía dejar de sonreír. Por fin, tenía una gran historia que contar.

Fer Alvarado

Deja un comentario





Mateus #Reload

El reloj del vestíbulo marcaba las siete cuando salimos del hotel. Hacía un frío espantoso, pero decidimos caminar hacia el centro con la intención de dar un agradable paseo. En pocos minutos, llegamos a la Plaza de Rossio, bulliciosa y alegre, y nos hicimos algunas fotos en la estatua de Don Pedro IV. Quedé fascinada con los mosaicos blancos y negros que cubrían el lugar, sus ondas me recordaron, inmediatamente, a las olas del mar y me trasladé, por unos instantes, a las playas de mi tierra.

            ─Vamos a acercarnos al Teatro Nacional ─dijo Daniel.

Era impresionante. Me llamó la atención el pórtico hexástilo con las columnas jónicas y el remate triangular. ¡Fascinante! Cuando nos aproximamos un poco más, mi vista se fijó en la cantidad de indigentes que se resguardaban en él. Unos dormían sobre cartones, otros permanecían de pie con sus botellas de vino en la mano. En un extremo, distinguí a un chaval joven con una gorrita gris y una sudadera negra. No pude ver su cara. Permanecía sentado con el rostro oculto entre las manos y su cabeza inclinada hacia adelante. Por un momento, pensé que dormía en aquella posición tan incómoda. A su lado, se encontraba un perro mestizo de color marrón con una manchita blanca en su hocico que descansaba plácidamente.

De pronto, comenzó una gran batalla. La algarabía del lugar se convertía rápidamente en sonidos estridentes y ruidosos.

─Vámonos de aquí ─dijo Daniel.

Algunas de las personas que se resguardaban en el pórtico, que habían permanecido de pie instantes antes, rodaban por las losetas revolviéndose violentamente. Otras comenzaron a lanzar objetos sobre los que permanecían descansando encima de los cartones y, en cuestión de minutos, una lluvia de botellas estallaba con brusquedad contra el suelo.

─¡Corre! ─repetía Daniel, nervioso.

─¡El chaval! ─grité─. Tenemos que sacarlo de aquí.

Daniel, sin pensarlo, tiró del brazo del joven y lo arrastró en volandas. El perrito corrió desesperado detrás del niño sin abandonarlo ni un solo segundo.

─¿Qué haces aquí? ¿Dónde están tus padres?

El muchacho nos miró estupefacto. No entendió qué ocurría y nos miraba atemorizado.

─Tranquilo, mi niño.

Le acaricie su cabello revuelto con mis manos e intenté calmarlo.

─Mateus, meu nome é Mateus ─pronunció el chaval asustado.

─¿Cómo se llama tu perro? ─preguntó Daniel.

─Bob.

El niño estaba helado y sus ojitos melancólicos nos miraban desconfiados. Entonces, lo cogimos de la mano, nos dirigimos hacia una de las cafeterías más cercanas, le ofrecimos unos deliciosos pastelitos de Belem y un chocolate caliente. Él los saboreó  encantado.

Horas más tarde, la Policía nos informó de que su madre estaba internada y Mateus se había escapado de un centro para menores en el otro extremo del país. No sabían cómo había llegado a Lisboa.

Las autoridades se hicieron cargo del niño, pero nosotros nunca perdimos el contacto. Hoy, varios años después, aquel chaval desamparado es un prometedor estudiante de veterinaria y la alegría de nuestra casa.

El año de los diez by Félix Molina

Fue en septiembre, en uno de los últimos días del verano de dos mil trece, espoleado por la profunda conmoción estética del cómic Las calles de arena, de Paco Roca. Aunque en abril ya había trasteado en WordPress, el invento del amigo Matt Mullenweg que nos ha evitado pesadas cenas o almuerzos indigestos para publicar nuestros escritos..

Leer más

UN TOQUE DE SANGRE Y HUMOR NEGRO by Fer Alvarado

Carlos fue colocando las velas una a una encima de la tarta. Al colocar la última, se dio cuenta de que comenzaban a ser demasiadas para la superficie de un único pastel. “Para la próxima, tal vez... Leer más

LECTURAS DE DOMINGO by Paula Castillo Monreal

Iba saliendo de aquel maldito caño –un tubo de cemento de no más de cincuenta centímetros de diámetro en el que había tenido el coraje de meterme para atravesar la carretera– cuando lo conocí. Leer más

MURO DE PIEDRAS by Maya Caravella Castillo

El sonido de la piedra se ahoga al caer sobre la palma de la mano. La mano la recibe, la abraza y la vuelve a lanzar al aire mientras las observa. Ojos de pupilas ponzoñosas, lagrimean pus inyectado en odio. La piedra flota en el aire y vuelve a caer. Leer más


LA MUJER DEL BIKINI NEGRO por Raquel Villanueva

El monte se dibujaba imponente allí mismo, ocupando la mayor parte de la superficie del horizonte visto. Si uno estirara sus manos, tendría la impresión de poder tocarlo, de poder acariciar suavemente aquellas laderas verdes... Leer más

SOBRE LA LÍNEA by Jorge Aldegunde

Quede claro: no era un jugador de fútbol brillante. Ni lo fui entonces, ni después. Con el tiempo aprendí algunos trucos para salir del paso y llegué a pelear cada balón como si fuera el último.. Leer más

DEVUELVAN EL HIELO AL HIELO por Joiel.O

Devuelvan el hielo al hielo, dijeron los ecologistas.  Devuelvan el hielo al hielo, se solidarizaron las feministas transinclusivas, los futbolistas de rodillas antes de los partidos.  Devuelvan el hielo al hielo, rogaron los actores... . Leer más

Deja un comentario