El torneo de dominó por Mirna E. Gennaro

Estimated read time 5 min read

Muchos se preguntarán qué tiene de emocionante un torneo de dominó. Yo también lo hacía, por lo menos, hasta que concurrí al torneo organizado por la Sociedad de Fomento del barrio al que me mudé un par de meses atrás.

Venían anunciándolo con pancartas y carteles pasacalles. En letras rojas sobre un fondo blanco se podía ver: “12do Torneo de dominó”. ¡Décimo segundo! ¿Se imaginan? Era la primera vez que veía una iniciativa tan exitosa entre vecinos. Y, decidí que quería integrarme.

Hablé con mi vecina Analía, una joven analista de sistemas, casada y con dos hijos, que vivía allí
desde hacía seis años. Ella me explicó que era un torneo muy famoso. Que casi todos los vecinos participan cada vez que pueden y no hacerlo era una especie de afrenta. Al parecer, mis vecinos son muy competitivos y yo no me había dado cuenta. Me sentí más obligada, entonces, no quería quedar excluida o sentirme como una forastera.

Entonces me propuse integrarme al gran juego. Comencé a practicar y armé torneos en casa
con mis hijos para ganar confianza y no pasar papelones. Cuando fui a inscribirme, solo quedaba un lugar para participar. ¡Me alegré tanto! Ese año jugaría partidas de dominó y experimentaría esa sensación de pertenencia que tanto ansiaba.  Pero ocurrió algo. El formulario para inscribirse tenía una cláusula: “El participante se obliga a realizar una donación equivalente al producto del precio de 1kg de café por la cantidad de partidos jugados, para mejorar los servicios de la Sociedad de Fomento”. Pregunté cuántos participantes estaban inscriptos. Cuarenta y dos, fue la respuesta. La primera ronda era todos contra todos, por lo que la cuenta, para empezar, indicaba que jugaría una partida contra cuarenta y un participantes. Era a todas luces una locura. ¿Cuarenta y un kilos de café?

Volví a mi casa con la cola entre las patas, como un perro apaleado por una realidad que no esperaba. ¿Cómo era posible que nadie se quejara? ¿Tanto entusiasmo despertaba el torneo que los participantes eran capaces de invertir una suma que superaba con creces al premio?  Porque el premio por ganar el torneo era una caja de marcadores indelebles. Ese revés me llevó a estar de malhumor toda la semana. Entonces fue que ocurrió el feliz accidente. Un gran camión de recolección de residuos rompió su caja justo enfrente de mi casa. Toneladas de bolsas de basura inundaron la calle y comenzaron a despedir los olores más nauseabundos. No piensen que estoy loca, no fue algo agradable de oler, sin embargo, el hecho fue que gran parte de la basura cayó sobre el auto de mi vecina Estella, la del otro lado, el mismo día del torneo de dominó. Claro, como no podía salir de su casa, la mujer decidió no asistir al juego. Me la encontré en la vereda, contemplando el desastre, parada justo al lado del cartelito que había puesto para vecinos con mascotas molestas: “Junte la caca de su perro”.

Con pesar me dijo: “¿No querés ir en mi lugar? Yo voy a tener que quedarme hasta que saquen
toda esta basura”. Y bueno, a veces la vida tiene vueltas inesperadas. El asunto es que tomé su lugar y logré llegar hasta los cuartos de final. No conseguí el premio de los marcadores, en lugar de eso me dieron un hueso. Sí, ¡un hueso! Pero no era cualquier hueso, era un hueso de dinosaurio. ¿A qué se
debía ese inusitado premio? Esa es otra historia. Para eso deberían conocer a los miembros del
jurado. El que dio el primer premio era el dueño de una agencia de publicidad. Él entregó los marcadores con los que Sancho, un famoso caricaturista, dibujó la propuesta inicial de la campaña del jabón Espuma. El segundo premio, una maceta, fue entregada por una señora que tiene un vivero y logró una variedad premiada de rosas. El tercero, un vaso, fue entregado por un policía y tenía las huellas digitales de un jefe narco al que atraparon. El cuarto, es decir el mío, fue provisto por un antropólogo que tiene una gran colección de fósiles, por ese motivo entregó una mandíbula de tiburón, técnicamente, un dinosaurio vivo.

Lo que pude saber luego fue que, alternativamente, los participantes que llegaban a los cuartos de final se convertían en jurados y como tales tenían que aportar algún premio relacionado con su trabajo. Y los jugadores se disputaban, además, quién lograría la colección más ecléctica. Ese era el verdadero incentivo para seguir jugando.

Ahora tengo una nueva preocupación. ¿Qué voy a entregar como premio en el próximo torneo? Claro, porque lo que no saben es que me dedico a hacer análisis de laboratorio. ¿A alguien le interesará tener una jeringa o un tubo de ensayo con sangre 0 negativo? ¿O tendré que hacer una apuesta más fuerte y conseguir una muestra de sangre de algún paciente famoso?

@Mirna E. Gennaro.

@Imagen Pinterest


Descubre más desde Masticadores

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

You May Also Like

+ There are no comments

Add yours