Sábado, 5 de julio
Hoy me he pasado el día leyendo el último libro de Simón. Bueno, intentando leerlo. Porque, a ver, sé que lo está petando, por algo lo entrevistan en Babelia, lo invitan a festivales con nombre de filósofo muerto y, por lo que he visto estos días, lo citan como si fuese un autor consagrado. Pero yo llevo 110 páginas de 407 y todavía no sé si estoy leyendo una novela, una tesis doctoral o el diario íntimo de Irene Vallejo.
La protagonista está en coma. Pero puede oír. Puede pensar. Puede recordar. Puede filosofar sobre la muerte, el tiempo, el cuerpo, el silencio, la puta condición humana… Y yo, que tengo la tensión en los tobillos y el coño encendido, no estoy ahora mismo para tanta profundidad. Cada vez que la comatosa se lanza a una de sus disertaciones existenciales, mi cabeza hace lo que puede… pero se me cuela Simón. Y no el escritor. No. El otro. El que me agarró la cintura por detrás y me hizo gemir con la boca apretada contra la almohada. Ese.
Así que no me concentro. Me sudan las manos y las páginas se me pegan a los dedos. Me vienen flashazos del otro día. Su lengua. Mis muslos. La forma en la que me miró justo antes de morderme el pezón izquierdo. Y claro, con tanto calentón espontáneo y tanto WhatsApp subidito de tono, no avanzo ni tres páginas seguidas.
Y lo peor es que cada vez que intento retomar la lectura, me acuerdo de Jean. El marido invisible. El tercero en discordia. El que, por lo visto, me va a gustar mucho… pero no tanto como yo voy a gustarle a él.
Resumiendo: hoy no he hecho nada productivo, pero he sudado como si hubiera salido a correr a las tres de la tarde. Aunque una cosa está clara: o empiezo a leer con las piernas cruzadas o no acabo esta novela a no ser que me la lea el propio Simón.
Caramba. Soy una genia.
¡Ya está!
Cojo el móvil, abro Audible y busco a Simón. Aquí está: El tiempo suspendido. Le doy al play. La voz del narrador no se parece nada a la de Simón, pero suena bonita. Me gusta. Acabo de recuperar la esperanza de terminar la novela antes de que regresen.
He hablado en plural.
Madre mía.
Miedo me da todo esto…
Domingo, 6 de julio
Lo prometido es deuda. Le había dicho a mi madre que iría a comer hoy con ella para celebrar su cumpleaños. En verano se instala en la casa de la sierra con su pareja de turno, y este año le ha tocado a Rafa. Rafa con a, por supuesto. Mi madre arrastra una querencia específica por la primera vocal. Se llama Ana. Mi padre, Abraham. Su segundo marido, Adam. Mis hermanas: Clara y Alma. Y yo, Lara.
A lo que íbamos. Con su segundo marido, mi madre apuntó alto. Adam es un empresario inglés que se enamoró perdidamente de ella. Tanto, que a los dos meses de conocerla le pidió matrimonio, y al tercero ya estábamos las dos viviendo en Sheffield. Sí, Sheffield. Un lugar encantador donde llueve en horizontal, la niebla es el pan nuestro de cada día y el sol se considera una leyenda urbana.
Menos mal que, durante el embarazo de mamá, Adam se lio con su secretaria. Y al poco de nacer las gemelas, nos vinimos las cuatro a España. La verdad: odiaba aquello. La casa. La lluvia. La sopa de guisantes. Todo.
Total, que esta mañana he cogido el autobús temprano para subir a comer con ellas. Y con Rafa, claro. Mis hermanas van a cumplir dieciséis. Les llevo catorce años. Están en ese momento en que todo es un drama, un pedido de Shein o un selfie. La comida, como siempre, ha girado en torno a mi madre. Bufff… La estampa era un cuadro. Mamá contando anécdotas con entonación teatral, Rafa asintiendo con devoción y las gemelas sin quitar la vista del móvil. Yo, mientras, pensando en Simón.
He comido demasiado. Todo estaba bueno, pero yo picaba sin hambre. Por llenar el hueco, supongo. A las seis he cogido el autobús de vuelta. Me he puesto los auriculares y he seguido con el audiolibro. Parece que así, al escucharlo, se me hace más llevadero. Hasta me ha gustado un poco. No sé si por la voz del narrador o por puro síndrome de Estocolmo.
El calor me tiene a punto de ebullición. Estoy un poco contrariada. Hoy no me ha escrito. Cero WhatsApps. Ayer tantos… y hoy, ninguno. Quiero pensar que no ha querido molestarme porque sabía que comía con mi madre.
No pienso cenar. He comido como si me estuviera preparando para ir a Supervivientes.
Bueno, vale. Un yogur. Solo cenaré un yogur.
Y justo cuando pensaba escribirle yo… notificación.
«Acabamos de llegar. Vente a cenar con nosotros.»
Le contesto: «¿Dónde?»
Él: «Aquí, en casa.»
Yo: «¿Cuándo?»
Él: «¿A las nueve?»
Vale.
Ha dicho “con nosotros”. Y yo ahora mismo tengo el corazón haciendo piruetas como si le hubieran puesto reguetón. Me voy a cambiar. Me pondré algo que diga: “estoy divina sin esfuerzo”. Y un detalle revelador de mi salud mental: llevaré puestas mis bragas de la suerte. Estoy perdiendo el juicio, lo sé.
Pero, eso sí… con una sonrisa idiota y un chute de adrenalina como si me hubiera tocado el Euromillón
Continuará…
@Emecé Condado
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