La gente habla de objetos peligrosos, pero ninguno ha visto lo que yo vi en mi casa: la zapatilla de franela a cuadros de mi madre. Aquello no era calzado, era un arma táctica. Tú la veías tirada en el pasillo, blandita, humilde, con olor a suavizante… y no sabías que estabas ante un depredador en reposo. Porque cuando mi madre la cogía, la zapatilla cambiaba de textura, de densidad y de personalidad. Se ponía seria. Se alineaban los cuadros como si fueran coordenadas militares. Y entonces sonaba ese *clac* que significaba: ¡Corre, insensata!.
La zapatilla tenía dos modos: «modo reposo» y «modo caza». En modo caza, era autónoma. No necesitaba a mi madre. Ella solo la levantaba y la zapatilla hacía el resto. Tenía GPS emocional: detectaba tu culpa antes de que tú supieras que habías hecho algo. Tú podías estar en el baño, en el patio o en otra dimensión, y la zapatilla te encontraba. Y cuando salía disparada, hacía un fiuuu seco, corto, profesional, como quien dice: “Voy a por ti y vuelvo en cinco”.
Lo peor era que no fallaba. Nunca. Tú podías agacharte, saltar, rodar por el suelo como si fueras Bruce Willis en Navidad, y daba igual: la zapatilla corregía trayectoria. Era como un dron vengativo. Te daba en el hombro, en la oreja, en la dignidad. Y no dolía, no. Te dejaba pensando en tus decisiones vitales. Te reseteaba el alma.
Pero el día más oscuro fue cuando descubrí que la zapatilla tenía «conciencia propia». Mi madre no decía “te voy a dar”. Decía: “¿Quieres que hable la zapatilla?”. Y la zapatilla, desde el suelo, vibraba. Como si dijera: “Llámame, que tengo ganas”. Yo he visto menos mala intención en un gato mirando un pájaro.
Y aun así, lo más humillante no era el golpe. Era que después de darte, la zapatilla caía al suelo con un plof suave, como si dijera: “Ya está, ya he hecho mi trabajo”. Y tú ahí, derrotado, aceptando que en la vida puedes esquivar problemas, puedes cerrar puertas, puedes esconderte… pero no puedes escapar de una madre con una zapatilla en la mano.
@Fabiola Rubio Gil.
@Dibujo.- José Ramón Outeda Caneda
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Qué divertido relato. Con mucho humor nos recuerda esas historias de infancia que casi todos conocemos, donde una simple zapatilla parecía tener vida propia. Al final, más que miedo, deja una sonrisa y el recuerdo cariñoso de aquellas travesuras y de la autoridad inconfundible de mamá.