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¿Volverías a Berlín? by Conchi Ruiz

Me fui. Soporté el tren hasta Francia, apretujada en un compartimento lleno a rebosar, también los retrasos debido a la nieve en las vías, la llegada con un paisaje que a medida que nos acercábamos más al destino fijado, se volvía cada vez más líquido. Extensiones inundadas, sin demarcación entre el cielo y la tierra, los campos transformados en gigantescos lagos. Al borde de las vías del tren y pese a las alambradas, se amontonaban vagabundos y familias, algunas arrastrando animales, cabras o bueyes, con la expresión despavorida de quienes lo han perdido todo, y a quienes ya no les importa rozar la muerte en los raíles. Y por fin la llegada bajo la tormenta, la ciudad gris donde brota la tristeza en la que solo le daba un toque de vida alegre, las aves migratorias.

La Segunda Guerra Mundial había llegado a su fin, pero las secuelas eran posiblemente más profundas en las personas y sobre todo en los pueblos donde la gente sencilla lo había perdido todo y se dejaban llevar por la vida sin resistencia. Era un pequeño pueblo costero de pescadores sin nombre, no sé si alguna vez lo tuvo, los bosques que habrían protegido sus tierras desaparecieron de raíz, la guerra, las lluvias torrenciales, las borrascas de arena y barro, dejaban a los hombres vacíos, agotados por aquella naturaleza contrariada. Caminando por la calle se veía el mar a través de aquellas viviendas sin paredes, una inmersión íntima en la vida de los hogares que vivían en esa corriente permanentemente, durmiendo, comiendo, ante las miradas de los pescadores, los transeúntes y las gaviotas.

La señora Judith me esperaba y enseguida congeniamos, éramos compatibles, no iguales, pero mi vigor complementaba su fatiga, mi alegría su melancolía y a su lado, muy pronto encontré mi lugar. A sus apenas cincuenta años ya no podía atender a sus hijos, ni los trabajos de la casa, ni siquiera limpiar el pescado que era el plato diario con algunas hierbas o arroz. Como no tenía otra cosa que ofrecerme, me regalaba sus recuerdos, su juventud, su infancia. Yo no le contaba las tragedias de mi vida ¿para qué?, pero ella miraba mis ojos tristes sin melancolía, lo que dejé atrás no quería recordarlo.

  • Yo te entiendo— decía con un suspiro— resulta difícil alejarse del lugar en que has nacido. El corazón se te desquebraja.

Yo callaba y solo pensaba en lo que hizo que mis padres me echaran de la casa donde nací, por enamorarme de David porque era judío.

  • Judith ¿volverías a Berlín? —le pregunté un día.
  • No, todavía es pronto, la guerra ha terminado, el odio no. Mira el ejemplo de tus padres
  • Tienes razón, pero yo si iré, tengo que encontrar a David
  • No creo que sea el momento Miriam, te repito que seguimos estando en peligro. No sabemos nada de mi hermana Sofía, cada noche rezo para poder tener una señal que me indique que vive. Se la llevaron con su niño.

 

………

Alemania. Campo de concentración.

Todo había terminado. ¿Todo?, no. Las huellas sobrecogedoras, terribles de lo que allí había ocurrido, estaban a la vista en medio de una desolación indescriptible, el humo de las chimeneas asesinas no pintaban el cielo noche y día, pero un olor a muerte revoloteaba por el aire donde ni los pájaros osaban pasar en su vuelo. La tierra húmeda conservaba aún algunas pisadas o cuerpos derrumbados, el sol había endurecido esas huellas y parecían pequeñas tumbas de recuerdos. Varias ametralladoras abandonadas a lo largo de las alambradas, recordaban la historia que allí se había escrito y que la Humanidad no olvidaría jamás. Quise pensar que alguna de esas huellas fuera de David, camino de una fosa o un barracón de exterminio. Mi corazón latía acompasadondo mis sienes, mi cerebro quería estallar y me sujeté la cabeza con fuerza. Una mano se posó en mi hombro, una mano y unos ojos nublados y tristes que me obligaba a caminar hacia las alambradas abiertas.

  • No intente buscar vida aquí, todo ha sido aniquilado, márchese sin mirar atrás. No busque tumbas, solo contemple el cielo o el horizonte lejano y siga mi consejo, váyase lejos.

Su voz era pausada y queda, como si temiese despertar a los muertos de su sueño eterno.

 

 

………

No me marché, algo me retenía en Berlín, mi vida ya era parte de tan horrible historia, no volvería a ver a ese amor único de mi vida, David, pero recorro a menudo aquellos campos de muerte donde aún hayan quedado almas atrapadas y me recreo en la derrota de aquellos que la escribieron con millones de asesinatos crueles, mi esperanza era saber que todos pagarían con sus vidas. Ese paradigma era lo único que apaciguaba mi dolor y mi rabia: “no odies, reza”, —me decía Judith, “tenemos que seguir viviendo para honrar su recuerdo”, pero yo no sabía cómo hacerlo. Y vivo, pero no puedo rezar.

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