No entendía muy bien qué pasaba. Un sombrero de paja cubría su rostro y no le dejaba ver con claridad. Se sintió húmedo y descubrió que la hierba caía desde su cabeza ocultando su cuerpo en un gran faldón.
Entre penumbras logró ver cómo un grupo de hombres lo rodeaban, con afilados tridentes en la mano lo acusaban y gritaban. No sabía muy bien cómo llegó allí, pero estaba claro que esa gente no eran sus amigos.
Carlos jugaba en el bosque, cuando se perdió irremediablemente. Por más que intentó volver, fue imposible y la noche cayó a gran velocidad como en todo atardecer invernal. El frío taladraba sus huesos y los zapatos llenos de barro no le dejaban caminar. Desde las entrañas de las muchas hectáreas que tenía ese pantanal, surgió un ser deforme y maligno. Cubierto de pajas tapaba su cuerpo putrefacto y maloliente.
—Sabes qué les ocurre a los jóvenes que se pierden en los maizales. —Se acercó con una rapidez no humana y sintiendo su gélido aliento le susurró—: Absorben la maldición del hombre de paja.
—Solo quiero irme a casa, déjeme en paz. —No entendía qué estaba pasando, pero el miedo recorría cada parte de su cuerpo.
—Cuando eres el hombre de paja, solo tienes una manera de sobrevivir y es matando a los niños, hasta que logres encontrar el alma que pueda ocupar tu lugar.
—¿Qué está diciendo?, yo no sé de qué habla. —Carlos quería pedir ayuda, pero estaba solo.
—Ten cuidado, que los niños suelen estar protegidos y sus padres no te lo perdonaran.
Carlos se giró varias veces observando a los hombres furiosos y se preguntó por última vez, donde se encontraba mientras recordaba la charla con el hombre de paja, pero ya era demasiado tarde, porque los padres lo habían encontrado.
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