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LOS HOMBRES TAMBIÉN LLORAN by Genoveva Rodea

De Pronto, un sobresalto: el teléfono fijo. Corro, sé, siento, deseo que sea para mí.

Sigue sonando. No, ya no es un timbre, son tonos insistentes que parecen llamarme por mi nombre para que lo descuelgue y, fingiendo tranquilidad, pronuncie esas dos palabras típicas, hechas, interrogantes: ¿Si?, ¿dígame?

Llego por fin, cómo un autómata, conteniendo la respiración mientras me aferro a ese ridículo aparato. Espero. Tras unos pocos eternos segundos: una voz familiar, una cita, una disculpa, un nuevo “pedir perdón” por el último desaire. Acepto la hora, comprendo la excusa o perdono el pequeño pecado… y soy feliz. Cuelgo el receptor con una sonrisa boba prendida en los labios y acaricio su dorso, suave, lenta, así pudiera retener y mimar aquellas palabras. Luego, presurosa, ansiosa, corro al espejo queriendo ser bella para él, inventando un detalle con el que sorprenderlo una vez más, imaginándome como Sherezzade –la reina de las mil y una noches– embelesando a su rey con una nuevo cuento cada madrugada, hasta llegar a enamorarlo.

Empieza la carrera contra el tiempo. El autobús se escapa robándome siete minutos más. Decido caminar hasta la siguiente parada y, al fin, acaba el trayecto. Tras un poco de marcha ligera llego a la cita. Como siempre, puntual. Como siempre, envuelta en una extraña mezcla de ilusión y recelo. Entonces aparece el cuerpo, frío, altivo, omitiendo ese beso deseado, olvidando esa caricia inventada, sordo ante la llamada de esas manos que le gritan que las tome.

¿Dónde está el cuerpo del que brotó aquella voz apenas hacía una hora? ¿Dónde se esconde la mano que, –unas semanas atrás–, plasmó su deseo de volver a verme y pasar más horas juntos, en una sencilla tarjeta de Navidad? ¿Por qué esconderlos? ¿Por qué envolver los sentimientos en un gélido velo de indiferencia, de autosuficiencia exasperante? No, no es delito tener debilidades. No es nocivo sentir, emocionarse o arrepentirse. Por qué abandonarse al encanto de una canción, dejando hablar durante cinco intensos minutos al corazón, ¿le parece algo letal?

Me gustaría que no doliera entregarse a él un tiempo, a título de cobaya, como producto a analizar, para que viera lo sencilla que soy. Para que dejara de entender a la pareja como algo ante lo que mantenerse cauto o incluso, atacar  por conservar el gobierno de una lucha inventada. Quisiera acumular todo el cariño del mundo para que pudiese apreciar la dulce sensación que produce llorar de ternura, abrazarse a una esperanza, inventar una fantasía. ¿Es que nunca fue feliz llorando? ¿Mirando un retrato querido? ¿Evocando algún recuerdo? ¿Es que nunca estuvo tan colmado de amor que tuviera la sensación de no poder soportarlo?

Me sentiría tan satisfecha si algún día reconociera que una mirada pudo ruborizarlo, que el simple contacto de unos dedos al ofrecer tabaco o fuego pudieron ser capaces de estremecer su cuerpo, dejando un escalofrío recorrer su espalda, obligándole a desear una caricia… Sería tan feliz si lograra que la voz que me reclama citas y la mano que me deseo ser feliz, vencieran la altivez de ese cuerpo que me aguarda en el pasillo, en la biblioteca o en el bar. Si esos ojos que me miran, en algunas ocasiones con distancia, en otras con deseo, incluso también con cierta ternura –mientras sus labios procurar negarlo–, dejaran fluir una lágrima tonta de emoción. Sin miedo, sin vergüenza. Una lágrima que me demostrara que basta la ternura para cesar una guerra.
Si ocurriera, besaría esa lágrima de niño, la guardaría.  Ella lo habría convertido en un hombre ante mí.

Y lloró. Lo lloró todo. Lo lloró cuando ya no me importó que lo hiciera. Me lloró a mí cuando ya fue tarde, cuando lo había borrado de mi vida sin mirar atrás. Hoy, treinta años más tarde, al reencontrarme por casualidad con ésta vieja reflexión, no puedo evitar bendecir la madurez. Pues, de haber ocurrido ahora, en éste texto solo habría una frase: «por mí te puedes ir a cuerno con tus chaladuras». 

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