En la prepa le decían el Chilaquiles y siempre andaba desvelado y ojeroso; aunque sabíamos que no le gustaban las fiestas ni beber alcohol, solo fumaba para, según él, apaciguar los nervios. Era normal verlo vagar por los pasillos con las manos metidas en los bolsillos y bostezando. Parecía un zombi. Se le veía intranquilo. No convivía con los demás y no era apreciado por los maestros. Faltaba demasiado a la escuela. Le iba mal en los exámenes. No hacía tareas y los días que asistía llegaba tarde y no participaba en clases. De seguro los profesores lo pasarían para no seguir viéndole la cara. Así ocurría en la mayoría de las escuelas: pásalos para que ya no den guerra. En resumidas cuentas, el Chilaquiles, era un verdadero desastre. Sin embargo, todos sabíamos que, por las noches, era voluntario de La Cruz Roja. Y por ese motivo sentíamos algún respeto por él.
—El Chilaquiles debe ser un vato chingón —dijo un amigo mientras lanzaba la pelota a la canasta de baloncesto—. Se desvela para ayudar a la raza. En lugar de dormir se pasa las noches en una ambulancia, atendiendo a la gente que se accidenta en las calles.
—¿Será? —pregunté.
—Míralo, allá está —dijo otro mientras lo señalaba con el dedo—. Vamos a molestarlo un ratito.
El Chilaquiles se encontraba en las gradas del campo de futbol, solo y con la mirada perdida en los matorrales que estaban del otro lado del cerco. Nos sentamos a un lado de él.
—¿Qué onda, Chilaquiles? ¿Andas amanecido?
Sus codos descansaban en sus rodillas y uno de sus pies no paraba de bailotear.
—Sí —respondió. Esa mañana todavía portaba el uniforme de la Cruz Roja y las botas—. Tengo un chingo de sueño.
—¡Debe ser una putiza!
El Chilaquiles sonrió y dijo que sí era pesado vivir así, pero que le agradaba y que saliendo de la preparatoria quería estudiar para enfermero o paramédico.
—Ah, okey —dije yo—. Entonces sí te debe gustar ayudar a la gente o algo así. Naciste para… Eso.
Al menos eso creí esa ocasión al escucharlo hablar. ¿Quién se desvelaría sin recibir pago y quién en su sano juicio sufriría al atender a heridos de gravedad? Pero él sonrió con satisfacción, inspeccionó a su alrededor para verificar que no anduviera por ahí el prefecto, enseguida tomó un cigarrillo de su oreja y se lo metió en la boca.
—No, güey. En realidad, no me agrada. ¿A quién chingados le va a gustar esa madre?
Prendió el cigarrillo con un encendedor.
—¿Entonces?
Volvió a sonreír, achinó los ojos, negó con la cabeza y se sinceró.
—Me fascina ver la sangre correr por las cortadas, las heridas abiertas como canales, las fracturas expuestas. Escuchen esto, cabrones: Una vez vi un hombre que había chocado su carro contra un camión. Fuimos a atenderlo, me asomé por la ventana del carro y miré al tipo con el cerebro de fuera y con los sesos embarrados en un vidrio… Imaginé que me lo comía ese cerebro y que bebí la sangre. Se veía jugoso. No sé, güey, se me antojó. Me gusta ver esa clase de cosas.
—Pinche Chilaquiles mamón.
Nadie le creímos, pero su historia nos pareció perturbadora. Yo me quedé con la duda, pero al día siguiente me lo encontré recargado en la pared de un salón, bostezando como era su costumbre y con los ojos clavados en un gato desnutrido que jugaba entre las plantas.
—¿Qué traes, Chilaquiles? —le pregunté al mirarlo ensimismado con aquel pequeño animal.
—¿Nunca pateaste la cabeza de un gato? —preguntó con su indescifrable sonrisa.
—No —le dije—, claro que no.
Frotó sus manos como si disfrutara algo.
—Uf, si escucharas cómo truenan las cabezas de los gatitos…
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