narrativa

La niebla

By Rosa Boschetti

Intento cerrar los ojos con fuerza. No sé si parpadeo. Si los tengo abiertos o cerrados. En cualquier caso deseo que sean un interruptor que apaguen el ruido monótono de aquellas palabras que ya resultan perturbadoras. Las escucho día y noche. No me dan descanso. Me agotan sus murmullos cerca de mi rostro “te quiero mucho, por favor, no te vayas».

Ya no recuerdo cuántas horas llevo así, no distingo si es de día o de noche. El tiempo se ha vuelto indeterminado, lo único constante son los murmullos. Mis oídos prestan atención, se esfuerzan en precisar de dónde vienen, quiénes son, pero no perciben ningún otro sonido, tan solo ellas están presentes. Deseo descansar. Vuelvo a cerrar los ojos con fuerza. Quiero sentir el silencio. Internarme en mis espejismos, abandonarme en ellos. Lo intento. Pronto vuelve el miedo, la angustia. La niebla aparece de nuevo y yo, otra vez, me refugio en las voces. Estoy entre el tormento y la angustia, es agotador.

Me despierto con escalofrío. Enciendo el televisor para enterarme de las nuevas noticias. No hay cambios. Salgo a caminar para olvidar la neblina que me atormenta apenas cierro mis ojos en el intento de silenciar las voces, llenas de culpa y remordimientos. En esta oportunidad el ímpetu de la niebla es mayor, debe saber que he tomado una decisión, que ya no me asusta. Aun así noto cómo su densidad cambia, se hace espesa, compacta, hasta anular el paisaje. Avanzo, aunque no consigo atravesarla.

Encuentro las calles iguales entre sí, iguales a todas las calles que he recorrido, los mismos lugares, las mismas personas que hablan sobre los mismos temas. A un personaje se le escapa: «te quiero mucho» y me sobresalto. Apresuro mis pasos, alguien susurra: «no te vayas». Corro hasta llegar a un lugar solitario y advierto que la niebla se hace presente. El pánico se apodera de mí, ella solo surge en mis sueños y no duermo. Estoy en la calle que reconozco, la he caminado miles de veces. Me dirijo con rapidez a mi casa. Abro la puerta, pero la niebla me alcanza, me envuelve. Antes de cubrirme por completo me permite observar la escena: lloran junto a mi cuerpo. Las palabras «te quiero mucho, no te vayas» cobran sentido. La niebla me cubre por completo, me dejo llevar. Agudizo los sentidos pues advierto una presencia. Ya no tengo miedo, ahora siento curiosidad, estoy expectante. Al fin podré conocer el rostro de la muerte.


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