La luz parpadeante de las pantallas proyectaba sombras danzantes sobre el rostro de Elara mientras se inclinaba sobre el panel de control. La Odisea, una nave solitaria en la inmensidad del vacío, era su hogar, su prisión y su única compañía. Hacía tres años que había dejado la Tierra, una esfera azul que ahora solo existía en sus recuerdos difuminados.
Su misión: la más importante en la historia de la humanidad.
Debía encontrar el sector 7G, un área del espacio profundo donde, según las últimas lecturas de los telescopios de la Tierra, se había detectado una anomalía energética de proporciones cósmicas. Algunos teorizaban que era un agujero negro primordial, otros, una nueva forma de vida.
Elara, la única, la mejor, había sido elegida para descubrirlo.
La soledad era una carga pesada. Su único interlocutor era la voz monótona de la IA de la nave, un cerebro electrónico llamado Orión, y los informes diarios de progreso que enviaba a la Tierra. Informes que, sospechaba, nadie leía ya.
La distancia era inmensa, y la comunicación, una señal sólo de ida.
Un día, mientras ella revisaba los sistemas, un sonido chirriante y agudo rompió el silencio de la cabina. Era una alarma.
Sus ojos se fijaron en la pantalla principal. La señal, clara y constante, proveniente del sector 7G.
Su corazón se aceleró. ¡Lo había encontrado!
Ajustó los sensores y magnificó la imagen. Un punto brillante, tan pequeño como una cabeza de alfiler, flotaba en la oscuridad. A medida que la Odisea se acercaba, el punto se expandió, revelando su estructura.
No era un planeta, ni una estrella, ni un agujero negro. Era una nave.
Una nave de proporciones colosales, con un diseño que desafiaba toda lógica conocida. No tenía ángulos, ni juntas visibles; era una superficie lisa y oscura, reflejando la luz de las estrellas como un espejo pulido.
Elara nunca había visto algo así. Las lecturas de energía eran incomprensibles, fluctuando en patrones que sus instrumentos no podían descifrar.
—Orión, escanea esa cosa —ordenó la mujer, con su voz que era apenas un susurro.
—Escaneando, Elara. Lecturas inconsistentes —respondió la IA.
A medida que la Odisea se aproximaba, una sección de la nave alienígena se abrió lentamente, revelando una bahía de atraque. Una invitación.
Elara dudó. ¿Podría ser una trampa? ¿Un engaño?
Pero la curiosidad la superó. No había llegado tan lejos para retroceder. Con un último suspiro, maniobró hacia la abertura.
La nave alienígena engulló la suya con un suave click, y la oscuridad la envolvió.
La bahía de atraque era vasta y silenciosa. Elara activó su traje espacial y se aventuró fuera de su vehículo.
La gravedad artificial la mantuvo anclada al suelo. El aire, según sus instrumentos, era cálido, y para su sorpresa, similar al de la Tierra.
Se sacó el casco con precaución. Comprobó que podía respirar normalmente.
A lo lejos, una abertura se iluminó, invitándola a avanzar.
Caminó por pasillos interminables, cuyas paredes parecían pulsantes con una luz tenue y orgánica. No había señales de vida, ningún sonido, solo el eco de sus propios pasos.
Finalmente, llegó a una cámara central. Era una esfera gigantesca, llena de consolas y paneles de control que Elara no podía comprender. En el centro de la sala, flotando ingrávidamente, había una figura.
Era humanoide, pero con una piel brillante y translúcida, como si estuviera hecha de luz solidificada. Su forma era grácil y andrógina, sin rasgos faciales discernibles, solo una tenue luminosidad donde deberían estar los ojos.
Elara sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. Se acercó con cautela.
De repente, una voz resonó en su mente, no en sus oídos, sino directamente en su conciencia. Era cálida y serena, pero con un matiz de tristeza infinita.
—Te estábamos esperando, Elara.
Elara retrocedió, asustada.
—¿Quién eres? ¿Qué es este lugar?
La figura levitante se movió ligeramente, como si asintiera.
—Somos los Antiguos. Este lugar es un arca. Y tú, Elara, eres la clave.
—¿La clave para qué? —preguntó Elara, su corazón latiendo con fuerza.
—Para lo que queda. El Universo se está contrayendo. El tiempo se agota. Hemos estado observando, esperando. Esperando a que una civilización alcanzara el nivel de comprensión necesario para esta tarea final.
Elara frunció el ceño.
—¿Qué tarea?
La figura translúcida se acercó, su brillo aumentó aún más.
—La Tierra, Elara, ya no existe. Fue consumida hace eones. Tú no eres de tu tiempo, ni de tu espacio. Eres una simulación. Una simulación perfecta de la última conciencia terrestre, creada por nosotros para que llevaras a cabo esta misión.
Un rayo de pánico recorrió a Elara.
—¡Eso no es posible! ¡Yo recuerdo la Tierra! ¡Recuerdo mi vida!
—Tus recuerdos son parte de la simulación. La anomalía que detectaste, el sector 7G, es en realidad un punto de convergencia temporal. Es el lugar donde nuestra tecnología puede recrear una simulación lo suficientemente vívida como para que una mente como la tuya pueda funcionar.
La Odisea no es una nave espacial, es un generador de sueños. Y la misión que te dimos, era simplemente traerte aquí.
La mujer se tambaleó. Su mundo entero se desmoronaba. Era una mentira. Su vida, sus recuerdos, su propósito… todo era una ilusión.
—Necesitábamos una conciencia para el último salto, —continuó la voz—. Alguien que pudiera comprender la inmensidad, el final. Y dejar documentada una civilización perdida hace milenios. Ahora que estás aquí, podemos comenzar.
La figura extendió su luz llenando la cámara. Elara sintió una fuerza invisible que la elevaba, sus moléculas temblaban.
—No te preocupes, Elara— dijo la voz, su tono ahora teñido de una tristeza profunda pero inquebrantable—. Al menos, sabrás que no estás sola. Tus recuerdos, aunque simulados, son ahora reales. Y la última verdad que conocerás será ésta: el Universo muere para renacer. Y tú, la última chispa de una especie extinta, eres la sembradora del próximo amanecer cósmico.
La luz se hizo cegadora. Elara sintió una fusión, una disolución de su propio ser. Y en ese instante final, justo antes de que su conciencia se desvaneciera por completo en la inmensidad de la energía, no hubo miedo. Solo la aterradora e innegable verdad: que había sido creada, manipulada y, al final, sacrificada, por una raza que nunca había existido en su realidad, para un propósito que estaba más allá de su comprensión, un eco de una vida que nunca fue.
Ahora formaba parte de la gigantesca biblioteca cósmica.
………………………………………………………
LUIS NELSON RODRÍGUEZ CUSTODIO
https://facebook.com/luisnelson.rodriguezcustodio3
Descubre más desde Masticadores
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
+ There are no comments
Add yours