Ella tenía el cabello rubio y sus ojos eran verdes como un bosque virgen; de piel canela y un cuerpo perfecto que parecía esculpido por el mismísimo Apolo. Recuerdo cuando nos cruzamos la primera vez por aquel camino. Ella me había sonreído y sus dientes blancos eran como un espíritu noble que, me hechizaron al instante.
—¡Espera! —la detuve.
—¿Si?, ¿qué sucede?
Le estreché mi mano para saludarle y sentí que algo recorría entre mis venas cuando palpé su piel. Sus ojos me miraban fijo y me sonrojé al instante. Lo sé, porque me hervía el rostro.
Hablamos del paisaje y de las aves, también del fortuito destino y sus posibilidades. Hasta que, en un momento dado, me dijiste que debías marcharte. Lo entendí y me habías dado un beso en la mejilla.
—Nos vemos pronto —me guiñó un ojo.
—Espero que sea así —manifesté con esa solemne inocencia que me caracteriza.
Regresé a casa impregnado de esa beldad y sonreía en mi soledad porque parecía que al fin había encontrado el amor. A continuación, me serví un poco de agua de la nevera y visualicé de nuevo tu rostro, ¡qué hermosa eras!, ¡guau!, fuiste el despertar de mi síndrome de Stendhal.
Cada día regresaba por ese camino para poder encontrarte y deambulaba como un ido solo para volver a verte. ¿Dónde estabas?, ¿quién eres?, ¿por qué me habías sonreído y me dejaste imaginándote por las noches si apenas hablamos?, supongo que solo prolongas nuestro encuentro para que se torne un poco más eclíptico.
Conforme pasaba el tiempo, ese hatajo de gente me observaba como si me temieran y yo, solo quería volver a verte cruzar por allí; recostado por la pared de la tienda de relojes o sentado en la vereda de la panadería, incluso me había hecho amigo de un perro que merodeaba por allí y me acompañaba por las tardes.
Cuando te encuentre, tal vez esta vez pregunte cómo te llamas, a dónde vives o si tienes novio o… si eres real.
Hoy de nuevo me has fallado o tal vez fui yo quien erré las horas. Regresé con el peso del olvido metido en una mochila y recogí flores marchitas de aquella calle olvidadiza.
Esa noche salí con Ramiro para despejar el pensamiento.
—Amigo, me preocupas —me había dicho Ramiro en el bar mientras bebíamos cerveza.
—Disculpa, solo me distraje un poco —aseguré y hablamos de fútbol a continuación. Nuestro club, Olimpia, estaba en la punta del campeonato.
Sin embargo, hablar de otra cosa solo enmascaraba ese deseo de volver a verte, porque sé que no estoy loco y también sé que existes, no solo en mi pensamiento.
No dejaré que esto me venza.
Aún me ven en ese mismo lugar por las tardes, con esa ilusión que no desaparece, como Hachiko esperando a su dueño y todo… para poder encontrarte.
©2025 Marcos B. Tanis.
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