Armándose un Belén por Maripau González Bodeguero

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Eva supo que era un error. Sin ganas de volver a levantarse, pensó que ya armaría el Belén por la mañana. La caja de personajes había quedado abierta, con parte de su contenido esparcido en el suelo, ante la mesa. Esa sí despejada y a punto para el Nacimiento.

La Virgen María se puso a dar órdenes así que algunos pastores se empeñaron en poner el río y un puente, recién comprado, y que ya instalado se estuvo quejando toda la noche. Los Reyes Magos buscaban sus camellos, que estaban en el fondo de la caja. No hacían más que molestar, “¿has visto mi camello?” preguntaban a cada personaje que encontraban. Unas ovejas de patas de alambre andaban buscando su lugar por la mesa, pero los dos pastores estaban discutiendo con la señora que tendía ropa, así que se pusieron en el agua del río, para mojarse las patas, dijeron. San José se dirigía
a ellas y las convencía de salir, y ponerse cerca de un pozo que ya estaba instalado. La Virgen no daba abasto. Cargando con el Niño Jesús iba de un lado para otro, intentando poner orden.

El corcho para hacer montañas y el musgo habían quedado en la cocina, en una caja de madera de frutas. Cuando el musgo intuyó lo que pasaba, se puso a reptar por el pasillo, para llegar al comedor y a la mesa del Nacimiento. Iba dejando un rastro húmedo, que la lavandera intentó secar, muy enfadada porque tendría otro trapo que lavar en el río, donde un patito solitario, ya sin ovejas, llamaba a su mamá pata.

El molino con motorcito estaba en la caja todavía, pesaba demasiado para subir escalando o saltando hasta la mesa, y andaba refunfuñando “es que me dejáis solo, hostia”, decía. El Ángel estaba ya en la mesa, con alas es más fácil, y se quejaba de que, si no se colocaba el establo, a ver dónde se iba a
poner.

El establo, y los dos animales del mismo seguían en la caja, en el fondo, y se negaron a salir, que fuera Noelia la niña quien los colocara, y reivindicaban colocarse los primeros, pues eran el centro de atención y el suelo para el Ángel. los camellos también se quejaron. Los habían puesto en el fondo de la caja porque abultaban con su altura, pero que eran importantes, mucho más que esos pastores que habían organizado el festival de armar un belén.

La Virgen, despeinada, con voz ronca de tanto gritar, acabó organizando el Nacimiento. Hizo que todos se pusieran en una esquina de la mesa y el musgo y los trozos de corcho formaron la base del Nacimiento. El río se colocó luego, y sobre él un puente nuevo, ya convencido de que, sin él, el pescador quedaba fuera de lugar. Sobre el río se colocó el patito, y un hermanito que estaba
escondido. La mamá pata no apareció. Se habría perdido, ─ acabaron por decir todos.

El pozo, el molino, las ovejas, los pastores y el largo etcétera se fueron colocando de manera normal.
Casi amanecía, la Virgen, San José y el niño ayudaban a colocar a ese ángel que, a pesar de sus alas, no sabía volar y quien había escaldado hasta la mesa con sus pies. La estrella del Oriente quedó en el suelo, sin chincheta no podía sujetarse en la pared, pero el Nacimiento estaba montado.

Había clase aún, así que Noelia madrugó, y vio el Nacimiento montado.

─Mamá, mira, la Virgen está dormida, parece agotada, y San José se ha estirado con la cabeza en el lomo de la mula ─decía la nena.

La madre creyó que la propia niña había montado ella solita ese bonito Nacimiento. Cuando la pequeña lo negó, Eva se quedó pensando: “¿A ver si existe eso que llaman la Magia de la Navidad?”
La madre preparaba a Noelia para el colegio. Hacía frío, y al enfundar el gorro de invierno en la cabecita de la pequeña, ya saliendo del portal, la cría se giró hacia Eva.

─ Mamá, ¿y el caganer? No le he visto

─ Pues yo tampoco le he visto, pero seguro que estará escondido tras alguna mata o tras el pozo, ya sabes que le avergüenza un poco.

─ Pero me gusta verle, con su gorro rojo

─ Es la barretina, ya sabes, roja y medio caída, no lo llames gorro, cielo.

─ Pero es un gorro ─discutía Noelia.

Así fueron caminando hasta la puerta del cole, donde Eva respiró. Esa cría era muy curiosa, y ella se agotaba cada mañana. Entró en la cafetería cercana al centro escolar, donde otras madres también respiraban de sus cachorros. Mientras, en casa de Eva, un caganer estaba ubicado tras una oveja con patas de alambre. La Virgen María le había colocado allí, pero el personaje estaba dispuesto a cambiar a un lugar más destacado. El tipo acuclillado quería estar en primera fila y adelantar a todos. Al pasar por el río los patitos se quejaron porque ensuciaba el agua. Un pastorcillo requería ayuda, pero al ver la postura del catalán, desistió de pedírsela.

La Virgen seguía durmiendo, y el Niño Jesús vio cómo un tipo de barretina se instalaba al lado de su cuna. Melchor, cercano, tomó su cetro real y sin desmontar del camello le atizó en la cocorota roja, provocando el llanto y quejido del tipo cagón, y con ello despertando a San José, en primera instancia, y a la Virgen, pobrecita, en segunda. El Niño Jesús, aun recién nacido, era muy listo. Se estaba divirtiendo, y suplicó a su madre que dejara que el catalán se quedase cerca de su cuna.

Eva llegó a casa y buscó al personaje catalán, quien estaba entre la cuna y las pezuñas del camello del Rey Melchor, y por supuesto, lo trasladó tras una tomatera de la huerta, otra adquisición de ese año. La señora que tendía ropa arrugó la nariz, pero Eva no podía ver esos movimientos, ni escuchar al Niño que iba pidiendo por favor que no alejaran al monigote divertido.

Eva no creía en la magia de la Navidad así, así que cuando la nena se puso a reír, se sorprendió al ver al personajillo de nuevo entre la cuna y el Rey.

─ ¿Ves mamá?, quiere estar cerca del Niño Jesús. ¿ves cómo a Él sí le gusta?

No le escondas.

Sabiendo que nadie estuvo en su casa, al final la madre dudó. A ver si la niña dejó al personajillo cerquita del niño, para divertirle.

O tal vez magia navideña estaba empeñada en hacerse sentir.

@Maripau González Bodeguero

@Imagen Pinterest


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