El señor Tomás adoraba la Navidad, a pesar de todo.
A pesar de que sus padres ,que fueron agricultores y ganaderos en un pequeño pueblo asturiano, vivían al margen de las tradiciones, solo tenían tiempo de ocuparse de las tierras y los animales. A pesar que ahora ya anciano, estaba viviendo en la residencia “Los Tilos”. Rodeado de personas maravillosas ,pero que muchas de ellas ya no reconocían ni siquiera que día de la semana era.
Hubo un tiempo en que el señor Tomás aprendió a amar la Navidad, hubo en una época en que conoció lo que era la felicidad, al menos lo era para él. El señor Tomás conoció a Julia en el pueblo, ella estudiaba enfermería en Oviedo, pero volvía los fines de semana a ver a sus padres. Se enamoraron perdidamente. Cuando Julia terminó los estudios y encontró trabajo en la capital, él tardo poco en tomar la decisión de dejarlo todo y marchar con ella. Se despidió de sus padres , todavía jóvenes y fuertes, cogió todas sus herramientas de trabajo y se fue de allí, en pos del
amor.
Tomás, con unos ahorros que se trajo del pueblo y algo más que le dejaron sus padres ,montó su propio taller de carpintería y ebanistería, y como tenia unas manos prodigiosas el taller dio buenos frutos y muy pronto Julia y él pudieron casarse. Tuvieron dos hijos Mateo y Marta que los colmaron de dicha.
Su hogar era un hogar alegre y cuando llegaba la Navidad todo se llenaba de luz, a pesar de los
convencionalismos sociales a pesar del consumismo, a pesar de que el auténtico espíritu de la Navidad se había perdido, Julia hacia que este renaciera en cada rincón de su casa, en cada gesto de su día a día.
Julia era cariñosa con sus pacientes y amable con sus compañeros y en casa era un cascabel alegre que no permitía que la tristeza se adueñara de sus vidas.
En fechas tan señaladas involucraba a todos en la decoración de la casa , los pequeños escogían de que color se vestiría el árbol ese año y después a sus pies montaban un pequeño nacimiento heredado de su abuelo.
A su mesa se sentaban familia y amigos, aquellos que por circunstancias se veían obligados a pasarla
solos y nunca faltaron ni la risa, ni la música. Respetaba por los niños las tradiciones españolas y
arrinconando a Papa Noel eran los reyes magos los que repartían regalos en su casa, para regocijo de
todos . Pero cuando la pequeña Marta cumplió doce años todo aquello acabó. Una leucemia sin solución se la llevo de su lado y el cascabel de Julia quedo en silencio.
Ni Tomás , ni Mateo consiguieron sacarla de su sopor, durante seis meses dejo de ir a trabajar y en casa hacia las cosas como una autómata, pero procurando que a ninguno de los dos les faltara nada.
Hasta que una mañana todo eso cambio , les dijo que había hablado con Marta en sueños y que le había dicho que era feliz y que por favor volviera a sonreír y a ser la de siempre. Así que por ensalmo la casa se volvió a llenar de risas y músicas y volvieron la Navidad con su árbol, sus bolas de colores , el nacimiento, la familia y los amigos.
Seis años más sonó el cascabel de Marta , seis años más de luz y compañía hasta que su corazón herido se rompió. El médico les dijo que de tristeza, los corazones también se rompen. Tomás y Mateo -convertido ya en universitario-, aprendieron a vivir con estas ausencias. El taller continuaba funcionando bien y los dos se hicieron mutua compañía. Era lo único que necesitaban.
Cuando Mateo se licencio en Físicas con la mejor nota de su promoción, las empresas se lo rifaban.
Primero se fue a Madrid y dos años mas tarde se despidió con emoción contenida de su padre, en el
aeropuerto ,camino de Islandia.
Allí él también formo una familia y echo raíces. Tómás dejo pasar el tiempo entre su trabajo y los amigos, hasta que felizmente le toco el turno de jubilarse. Odiaba vivir solo ahora que no tenia ocupación, los días se la hacían eternos. Se acordaban de los que ya se habían ido y en su honor y para él mismo, vestía la casa de Navidad cada año. Hasta que una mañana de Enero cerró la puerta y marcho a vivir a una residencia. Quería que el ruido de otras voces amigas ayudara a llenar el silencio que tanto le dolía.
Se llevo pocas casas con él, su ropa, su neceser , el árbol, los adornos y el belén…Eran imprescindibles no se los podía dejar atrás, en aquellos objetos vivían Julia y sus hijos, no los podía abandonar.
Cuando llegaba esas fechas, él y otros internos se afanaban en adornar el árbol de Navidad, que
colocaban después en el centro de un gran salón comunal y llegado el momento hasta cantaban villancicos con voces desafinadas. Desde luego no era lo mismo, pero el señor Tomás notaba que de alguna manera esta tradición le acercaba a los ausentes, su querida Julia, su pequeña Marta y hasta a su hijo, que ya hacia cinco años que vivía en la otra punta del mundo, y aunque hablaban mucho por teléfono le hubiese gustado que volviera a casa por Navidad “como el turrón”, pero desde luego no se atrevía a pedírselo, el trabajo y su familia eran lo primero.
Marga, era la enfermera de su planta; rubia, regordeta , simpática, soltera y a punto de jubilarse había hecho muy buenas migas con el bueno de Tomás. Al fin y al cabo de todos sus pacientes era el que menos la necesitaba, pues sólo tomaba la pastilla de la tensión y su cabeza era como un vergel siempre llena de buenas ideas y ganas de aprender. Por eso Marga se había arrimado con cariño a su vera. Los dos estaban solos y los dos se hacían falta. Leían juntos, veían documentales, comentaban la actualidad e incluso salían a pasear los festivos fuera del recinto de “Los Tilos”.
Ella conocía su historia; los días alegres, el dolor pasado, la soledad presente. Conocía a Mateo como si fuera su hijo, pues a veces Tomás le leía las cartas que le enviaba y por ellas sabia que pronto tendría una nieta.
También Tomás sabia de su vida, le había contado que después de fallecer sus padres y emigrar su
hermano a Argentina, ella se entrego en cuerpo y alma a su profesión y que no había tenido tiempo para amoríos , ni para formar una familia.
Pero ahora, que le quedaba poco para cerrar su etapa laboral, era feliz con la sencillez de salir a pasear con él, tomados de la mano y fantasear como dos adolescentes, que tal vez en breve podrían iniciar una vida juntos, quemando así con alegría los últimos años de su vida.
Lo que Tomás no sabia era que ella se había aprendido la dirección que figuraba en el remite de las
cartas de Mateo y que era muy buena buceando en internet. Tomás, no se podía imaginar la sorpresa que le esperaba esa noche de Nochebuena.
Cenaron juntos en la mesa ,con el resto de internos que no habían salido a pasar las fiestas con sus
familia, eran pocos. Y encima, escuchar los villancicos en bucle por el hilo musical , más que animar
entontencian el propio ánimo.
El señor Tomás no ceno mucho, brindo con Marga y con el resto con una copa de cava, se mojo los
labios y después de besar la frente a su enfermera favorita se levantó, decidido a retirarse a su dormitorio
―Tomás, quédate un poco más ,es muy pronto. En la cocina van a asar castañas para todos.
―Que ricas, pero sabes hoy me cuesta disimular que estoy triste y no quiero contagiar a nadie mi pesar, y menos a ti
―Me parece estupendo, espera que saquen las castañas, pruebas una y yo misma te acompañare al
dormitorio y te arropare como un niño pequeño-dicho esto Marga se puso a reír-
―Pareces un cascabel
Tomás calló. Era otro cascabel , otra risa contagiosa , otra alegría. Marga era una buena mujer, por ella, por hacerla feliz, volvió a sentarse a esperar esas castañas calentitas que debían de salir de un momento a otro de la cocina. Después se iría a dormir y mañana, día de Navidad, prometía estar mucho más contento.
Sonó el timbre de la puerta, Marga se ofreció a abrir ella misma. En la residencia solo quedaban dos
enfermeras y la cocinera.
Marga tardaba más de lo habitual y a Tomás cansando de esperar, empezaban a cerrarsele los ojos por el sueño, cuando una manos cubrieron los mismos.
―¿Marga, has adelgazado, que manos más finas?
―¿Que pasa papá, no te gustan las mías?
El señor Tomás, de lo normal tan comedido, soltó un grito que hizo que las cabezas de algunos residentes se volvieran hacia él, pero le importó bien poco.
―Hijo, Mateo, pero que sorpresa. ¿Qué haces… bueno, que hacéis vosotros aquí?
Mateo iba muy bien acompañado de Ingrid su esposa y de una abultada tripita que guardaba a la futura nieta de nuestro protagonista.
―Bueno papá es Navidad, te echábamos de menos, Ingrid quería volver a verte y sobre todo queríamos que conocieras a tu futura nieta ,Julia , que mejor nombre que el de mamá.
Ingrid tomó con ternura la mano del anciano y la poso sobre su abultado vientre de ocho meses y el futuro abuelo pudo notar con asombro como la pequeña respondía a su tacto con una sesión de pataditas.
El señor Tomás no pudo más, se sentó y empezó a llorar sonoramente. Mateo le abrazo con ternura y le secó las lagrimas con un pañuelo de papel, dejando que se calmara
―Esto es maravilloso. Mateo ,Ingrid, no podéis imaginar lo que supone para mí.
―¿Pero papá, por qué no nos dijiste que nos echabas tanto de menos, que querías vernos, que nos
necesitabas?
―Veras Mateo, ya sabes que no me gusta hacerme notar, ni molestar, vuestros trabajos son importantes y yo…
―Tú eres mi padre, eres mi familia y te quiero, los dos te queremos. Tengo otro sorpresa para ti
―Dímela, si es tan buena como esta… ya seré feliz
―Volvemos a España
―Pero eso no es posible, ¿De verdad? , ¿Y vuestros trabajos?
―Mira papá, hace tiempo que nos lo estábamos planteando, hemos estado buscando y hemos recibido varias ofertas y al final sólo nos hizo falta un empujoncito más. Mateo desvió la mirada hacia Marga, parte interesada y activa en la toma de esta decisión. Marga bajo la cabeza ruborizada.
―Nos quedamos y en cuanto estemos instalados vendremos a por ti. Vamos a necesitar un buen canguro o mejor dicho, un buen par de canguros cuando nazca la pequeña Julia.
Mateo se acerco a Marga y le tomo la mano, susurrándole un gracias al oído
―Y ahora, dejémonos de lloriqueos y vamos a lo importante.
Acto seguido Mateo e Ingrid sacaron una gran bolsa de su maleta llena de bolas de mil colores y se
acercaron al árbol de Navidad
―Este árbol necesita nuestro toque personal, esta tan tristón y pobre ¿Qué pensaría mamá? Acercaos, papá, Marga, echadnos una mano.
Y mientras la familia colgaba juntos los nuevos y coloridos adornos en el árbol, dos humeantes y olorosas bandejas de castañas asadas salieron de la cocina, llenándolo todo de un inconfundible aroma a Navidad.
@Inmaculada Campos Lara
@Imagen Pinterest
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