Recuerdo aquellas risas de nuestro otoño rebelde: inconformistas y solitarios, habitantes de un mundo extraño sito en la Avenida de los Pinos —nuestro diminuto territorio de ensueños y complicidades, al margen de todo.
Risas de humo en sábados de hierba y cubitos de iceberg, con Bob Marley sonando en el Marantz:
—No, woman, no cry.
Reía hasta doblarme, aferrada a tu hechura de oso. Añoraba tu pelo alborotado, que nunca acaricié, aunque sí tu barba poblada, refugio de una cercanía incompleta.
Inventábamos teorías imposibles, muy serios y engafados, solo para estallar después en carcajadas: el placer secreto de lo absurdo.
Shhh, susurrábamos por un miedo fingido al vecino estirado, pared con pared, de fino olfato. Un miedo innecesario, como casi todos.
Apenas anochecía y aquel era nuestro reducto independiente. Ahora me asalta el recuerdo de la ciudad libre de Christiania, en Copenhague —no sé por qué— y sonrío.
Abríamos el ventanal y la lluvia se unía a nuestra fiesta que ya declinaba.
Y los lunes transmutábamos a serios y responsables y correteábamos sin aliento por la línea del tiempo hasta la meta del próximo sábado de risas.
Hasta que cesaron al llegar al invierno.
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