Descendre à Versailles – Château – Rive– Gauche
7 arrêts, dice la pantalla de mi teléfono silenciado, mudo, inaccesible porque la señal de internet no existe en los espacios públicos. He memorizado las paradas con el fin de llegar al Palacio de Versalles, sola, usando el marcher jusqu’à la destination con calma, pues pareciera un camino largo, desde las estaciones de metro, un bus y un tren. Descendre à Pount du Garigliano no debería ser complicado, como lo dice la pantalla, solo unos pasos más y tomaría mis próximas rutas: Gare d’Issy-Val de Seine, Gare d’Issy, Meudon-Val-Fleury, Chaville-Vélizy, Viroflay-Rive-Gauche, Porchefontaine, Versailles – Château – Rive– Gauche. Parecía fácil, pues era un simple acto de lectura y memoria en medio de la carente crisis turística de quienes viajamos mochileros, por valiosas razones de trabajo, pero sin presupuesto adicional para ciertas movilidades de escape. No obstante, una antigua residencia del rey LUIS XIV, situada a 19 kilómetros al oeste de París, se había convertido en una de mis tentaciones más profundas, no sólo por el parque y los jardines, sino también por la simbología histórica, política y cultural que allí se encuentra. Lo que nunca pensé fue que otro de mis anhelos viciosos, otra de mis pertenencias a un universo colectivo, se detendría en los escalones de este viaje. Sí, porque, sin razón alguna, nos hicieron bajar del tren en una estación cuyo nombre no recuerdo. Sí, porque a muchos les parecía correcto y tangible bajarse y buscar una nueva ruta sin pedir explicación alguna. Sí, porque había olvidado las alertas climáticas por las altas temperaturas y, más allá de ello, los múltiples traslados de los cuerpos, vestidos de azul, jóvenes, rigurosos y musculares como las estatuas que vería después; los de ellos, los de aquellos, los de los fanáticos del Paris Saint-Germain, quienes ya habían comenzado a transitar mis rutas colectivas. Al salir de la primera estación sin nombre en mi memoria, tuve la valentía de acercarme a dos señoras mayores que tomaban el té frente a las puertas de un clásico bar.
Después de un breve saludo en francés —ese idioma sonoro y musical que nunca he logrado aprender—, me mudé a otro que figura en uno de mis pasaportes y ellas se animaron a entenderme. Dos ancianas, elegantes, de cabello blanco recogido, bien vestidas, sacaron sus teléfonos celulares para comenzar a navegar, como amigas infantiles, en el nuevo juego de las paradas. Un mesonero se acercó y sugirió traer una silla adicional para mí, la mochilera extraviada que pedía consejos sin atreverse a interrumpir en un lugar ajeno. No obstante, ellas, las que tomaban el sol sin derretirse, no habitaban Les Parapluies de Cherbourg, ni eran como Catherine Deneuve o Anne Vernon, pero parecían recrear mi La La Land, dándome los pasos de baile para tomar una exacta y verdadera ruta.
Intenté hacerlo correctamente, mientras en mi mente cambiaban los nombres y se multiplicaban las estaciones de los buses, no las del clima, que ya pasaba de un verano encantador a un calentamiento global inestable. Al mismo tiempo, los fanáticos del equipo francés manejaban cada uno de los argumentos futbolísticos necesarios para cambiar su rumbo y, como los jugadores que transcienden con el paso de los años o como el arte, erigían sus cuerpos sin pérdida alguna. Tres estaciones de bus. Un acto de bajarme en ellas, totalmente equívoco. Un retorno necesario. Otras nuevas preguntas, esta vez en mi segundo idioma, a un hombre que amablemente me reiteró que la realidad es que los parisinos son más equipo, me permitieron llegar a la estación de trenes. Sudada —como sería la final compleja del PSG ante el Arsenal, antes de que esto sucediera—, todo se movilizaba a mi alrededor cuando logré montarme en el primer tren enorme y conocer, esta vez, a una familia portuguesa que se animó a ayudarme. ¿Puedo seguirlos? Sim, você pode. Ellos tenían teléfonos con conexión y así pude llegar al museo. Debo decir al palacio. Al castillo repleto de colores y paredes de tela, donde los rostros se mudan de las esculturas a los cuadros, en el que los laterales se proyectan constantemente al ataque, generando superioridades numéricas y obligando al rival a replegarse en su propio campo. Esta posesión no es pasiva; es un mecanismo para desgastar y desarmar el esquema defensivo contrario, pues, como en el PSG, tiene una historia de dominio táctico, intensidad ofensiva y resiliencia.
Sigo caminando por cada una de las habitaciones del castillo y logro ver cómo las luces se ocultan en las esquinas, lugares donde las cortinas ya han sido rasgadas y vueltas a coser. Un testimonio de la Revolución Francesa se moviliza en esta cancha, inmortalizado en el fresco de Jacques-Louis David, Le Serment du Jeu de paume, que, tristemente, no fue terminado y permanece en la colección del Palacio de Versalles desde 1921. Pienso en el tenis y en la movilidad de estas figuras que no cerraron el juego, pero que están ahí. Un juramento, un Tennis Court Oath at Versailles, y yo vuelvo a dudar de cómo será tomar mis rutas de retorno, a la ciudad donde me hospedo, al tren, al metro, mientras el otro juego artístico decide ser el mejor equipo del mundo por una temporada más. Derretida, me aíslo del arte e inicio mi vuelta al otro lado de la cancha, a mi segundo tiempo. De nuevo, cuatro trenes detenidos, salgo de uno y entro en otro, como si fuesen espacios colectivos del juego, con tiempos extra para llegar a la final. Hago una nueva amiga, esta vez una enfermera estadounidense, madre de un pequeño que se derrite en nuestro nuevo acto de espera vertical, de pie, dentro de los vagones, quien me confiesa que no le gusta el sabor del agua francesa. ¿Por qué se detiene todo de nuevo? Nadie lo sabe. Sólo que hay que seguir las rutas colectivas, entrar y salir de los carruajes, escuchar las alarmas, seguir adelante, sin monarquía alguna. Agotados, sudados, como los que llegan a la final del juego logre volver a mi última noche en París. Así se llegará a los penales del día siguiente, aunque aún no lo sabemos. Veremos a Safonov otra vez brillante, iluminado. El PSG iniciará un bicampeonato histórico y quizás los trenes detenidos eran su señal.
Sí, nunca vi el juego; solo estuve en el Palacio de Versalles, pero al regresar, extenuada y premonitoria, pude encajarme con lo que vendría después. Dejé París al día siguiente, agotada y feliz. En ese momento final, esperé mi vuelo de British Airways (donde compartí asiento con los perdedores) mientras las calles ya estaban repletas. El cierre de mi viaje culminó con un colorido museo, con una rebeldía política, con un acto de celebración de la Revolución Francesa en mi memoria como la ironía gráfica que he usado siempre en mi cuenta de Twitter (que ahora es X), con más de doscientos detenidos en las calles por celebrar el triunfo del Paris Saint-Germain, con las hermosas fotografías de Lena Yau, con mi dominio de las pérdidas transitorias, con la amistad de dos señoras francesas que me invitaron a sentarme a su lado, con una familia portuguesa de la que pude seguir sus pasos, con una madre estadounidense quien ya es mi amiga en las redes, con más de cientos de transeúntes perdidos, desviados, que supieron llegar finalmente a la ruta, a la final, a ese mundo donde el peligro desde la pelota parada, como el de los trenes detenidos, es otra arma que París sabe manejar como nadie.
Descubre más desde Masticadores
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
+ There are no comments
Add yours