Sin categoría

Isaías by Melba Goméz

El mayoral de la finca llevaba a Isaías amarrado con cadenas de pies y manos, apurándolo con el machete, empujándolo. Apenas podía mantenerse de pie luego de haber sido azotado sin compasión por el capataz. Sus ropas rasgadas y ensangrentadas dejaban entrever su piel mutilada.  El amo seguía a los dos hombres, pues quería presenciar hasta el último suspiro de aquel infeliz. También lo seguía la mulata Clementina, madre del muchacho, que no se cansaba de pedir misericordia para su hijo, arrodillándose por el camino a los pies de su dueño, quien la apartaba con severidad. Los demás esclavos ya estaban reunidos, en absoluto silencio, alrededor del árbol donde ya estaba dispuesta la soga en la que sería colgado por su afrenta. Algunos guardaban silencio por miedo, otros por respeto, la mayoría por rabia. Isaías se acercaba a su final, con el rostro destrozado por los golpes, pero con la cabeza en alto, feliz. Valió la pena su transgresión y ahora sería libre para siempre.

###

 

El joven de poco más de diecisiete años, esclavo de la Hacienda Cambalache, había escapado hacia los montes buscando la protección de los cimarrones después que la hija del hacendado lo acusara de intentar violarla, aunque las cosas no fueron así. ¿Pero quién habría de creer a un miserable negro esclavo? Por lo menos los blancos no.

###

 

Rosana, la niña más bella que Isaías había conocido, se había acercado a él con un vaso de limonada fresca, una mañana en la que estaba trabajando arreglando la cerca del frente de la casona. Hacía un sol que le quemaba la piel y sentía los chorros de sudor bajándole por la frente y la espalda cuando ella le ofreció la bebida. Su gesto provocó lo que sabía estaba vedado para él, mirar con otros ojos a la joven. Ella esperó a que él apurara el contenido del vaso y se fue regalándole una sonrisa. Isaías la vio marchar, siguió sus pasos con los ojos hasta que desapareció por la puerta. Continuó su trabajo pensando en ella y ya no pudo quitarla de sus ilusiones.En los días subsiguientes se repitió la escena, una y otra vez. El trabajo se atrasaba porque Isaías no quería terminarlo. En su triste vida, era el único aliento que tenía. Una tarde, la negra Dolores, que había estado observándolos, se le acercó.

—No juegues con fuego, Isaías —dijo—. Estás mirando muy alto. Puedes terminar la cerca hoy. La niña no volverá a salir. Ya he hablado con ella.

—Pero, ¿por qué, Dolores? No hago nada malo con mirarla.

—Aquí «solo mirarla» te puede costar cien latigazos. Ella ahora que lo sabe, no volverá a ponerte en peligro.

—Eso quiere decir que le importo, Dolores —dijo el negrito con ilusión.

—No, eso quiere decir que ella es muy joven y no quiere tener tu sangre en su conciencia.

Isaías no le creyó a Dolores, quiso creer que la muchacha lo amaba. Esa noche, cuando todos dormían, salió de su choza escondiéndose en la oscuridad. Había dejado a propósito una parte de la cerca suelta por la que entró sigiloso. No sabía dónde estaba la habitación de Rosana, pero las ventanas estaban abiertas de par en par por el calor de la noche de verano. Vio la luz de un quinqué, se asomó cauteloso. Allí estaba su niña, peinando su sedosa cabellera rubia. Por un rato se quedó mirándola alelado, su piel alba, su figura breve. Luego la vio tomar un libro. Se acercó a la ventana para acomodar la cortina. Del susto echó un grito que despertó a todos en la casa, quienes pronto corrieron a su cuarto.

Isaías se sintió perdido y comenzó a correr. Solo tenía unas horas para llegar al monte y pedir protección de los cimarrones. El mayoral fue enseguida a la choza de los esclavos para saber quién faltaba. El muchacho era el único que no estaba.

Comenzó la cacería de los hombres a caballo y los perros. Isaías no tenía mucha ventaja, pues por más que corriera era presa fácil. Ni siquiera pudo llegar al río, desde donde hubiera podido nadar y perder el rastro. Lo encontraron en la madrugada, cuando empezaron a salir los rayos del sol. Lo amarraron con cadenas de pies y manos, arrastrado por el mayoral desde el caballo regresó a la hacienda.

###

 

Ahora era él quien estaba sobre el caballo con la soga amarrada al cuello, mirando al cielo y a su libertad. Nunca sabría que Rosana no lo había acusado y que sus motivos para ser buena con él eran otros. Escuchando a sus padres discutir se había enterado que Isaías era su hermano.

1 reply »

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s