Soy el borracho que libó con Li Po el manjar líquido que escondían las flores del litchi, el vino de las uvas más dulces. He trasegado con él montañas y valles, hemos dormitado a las orillas de ríos donde nuestros sueños eran barcazas sin rumbo.
Atravesamos las casas de ropa tendida al sol, vagamos con las doncellas de Chang´an mientras acarician el horizonte sus torres más erguidas, vivimos con la paz tranquila y verdadera de los perros, con la bella curiosidad de los gatos. Somos siervos únicamente del viento y de la luz.
Solo en la noche pasada Li Po se separó de mí. Le interrogué con la brevedad y la sorpresa de las oropéndolas, pero me entregó una nube plomiza de palabras, que se acomodaron en mis oídos sin entrar en mi corazón. Le dejé caminar.
Pero como habíamos sido compañeros de la memoria y del viaje, no pude abandonarlo. Siguió río arriba, enamorado de las briznas que hunden su tallo en las aguas de color esmeralda. Detrás de una roca, en medio de la noche, le vi desprender de su alforja el último frasco del licor.
Y entonces se entregó para siempre a su vieja amada, a la Luna. Allá quedó dibujado, en la entraña negra del agua —brillo de ella sobre brillo de él— el amor que se tenían.
Li Po (o Li Bai, 701-762) es el poeta clásico chino más conocido, y acaso también quien mayor simpatía nos despierta. Amante, como en la troquelación, de la vida y de la literatura, se le conoce la amistad con Du Fu, otro de los poetas de la época Tang, sobre el que baso mi ensoñación. Porque, ante todo, eso es lo que provoca la lectura de sus breves poemas contemplativos, el sueño de la vida visto por la poesía, como en el poema que parece anticipar la leyenda de su muerte, ebrio y ahogado, su famoso Bebiendo solo a la luz de la luna: “Entre las flores, un tazón de vino / bebo solo, ningún amigo está cerca. / Levanto mi copa, invito a la luna / y a mi sombra, y ahora somos tres…”

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