LOS QUE NO HABLAN (XII) Fernando González

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A veces, cuidar también es preguntar

Desde lo ocurrido con su hermano, Ana prestaba atención a detalles que antes habría ignorado. Distinguía cuándo su madre fregaba los platos para no entrar en una habitación y cuándo su padre subía el volumen del televisor para evitar una conversación. También había aprendido a desconfiar de algunas respuestas. «Estoy cansado» podía significar exactamente eso o esconder una noche entera sin dormir. Conocer aquellas señales no le permitía interpretarlas, pero le resultaba imposible dejar de buscarlas.

A Rubén lo encontró distinto al llegar a la parada, aunque habían caminado juntos desde el instituto. Durante el trayecto había protestado por el examen de Lengua y se había reído cuando Martín perdió medio estuche por llevar la mochila abierta. Ahora estrujaba el billete entre los dedos y consultaba el panel informativo cada pocos segundos.

—Faltan cuatro minutos —dijo Ana.

—Eso ponía antes.

—Vendrá.

—Tienes mucha fe en el transporte público.

La avenida estaba llena de motocicletas, cláxones y gente que hablaba demasiado alto. Cuando apareció el autobús, varios pasajeros permanecían de pie junto a la puerta.

—Podemos esperar al siguiente.

—Este está bien.

Subieron. En la primera parada entraron seis personas más. Una mochila golpeó a Ana, alguien protestó porque no podía avanzar y el conductor cerró las puertas mientras una mujer le pedía que esperase a su marido. Rubén quedó entre dos pasajeros, sin espacio para apartarse. Al principio intentó seguir la conversación, pero pronto dejó de responder. Se abrió el cuello de la sudadera y buscó la puerta.

—Me bajo.

—Todavía faltan dos paradas.

—Ya lo sé.

Ana pidió paso y descendió detrás de él. Habían llegado a una zona que ninguno frecuentaba, frente a una tienda de muebles cerrada. Rubén caminó hasta el escaparate y trató de recuperar el aire. Mantenía las manos rígidas y evitaba mirar a Ana. Ella recordó las órdenes que había escuchado después de lo de su hermano: tranquilízate, respira, deja de pensar. Todas pretendían acabar cuanto antes con un dolor que incomodaba a quienes lo presenciaban.

—¿Quieres que me quede?

Rubén asintió.

—¿Qué necesitas?

—Habla de cualquier cosa. Y no me preguntes todo el rato si estoy mejor.

Ana le contó que el profesor de Historia llevaba toda la semana con la cremallera de la mochila rota. El lunes había perdido dos bolígrafos; el martes, las llaves del departamento; aquella mañana, Sara tuvo que correr detrás de él para devolverle un paquete de pañuelos. No era una gran historia, pero Rubén la escuchó completa.

—¿Eso era todo?

—Me has pedido que hablara, no que fuera interesante.

Rubén sonrió y se sentó en el banco de la parada. Ana ocupó el otro extremo. Su respiración aún era cautelosa, aunque ya no buscaba aire con la misma urgencia.

—Siento haberte hecho bajar.

—He bajado porque he querido.

—Podrías haber seguido.

—Y tú podrías dejar de disculparte.

Rubén observó el billete arrugado que seguía entre sus dedos.

—Me jode que me vean así.

—¿Así cómo?

—Sin poder controlar ni mi propio cuerpo.

—Estabas agobiado. Ya está.

—No era solo agobio.

—Ya lo sé.

—Entonces no digas «ya está».

Ana aceptó el reproche. Había intentado restarle importancia y había terminado reduciendo lo que él sentía.

—Vale. No sé cómo llamarlo.

—Ataque de ansiedad.

—Pues eso. Has tenido un ataque de ansiedad y yo estaba contigo.

Rubén la miró por primera vez desde que bajaron.

—¿Y no te ha dado miedo?

—Un poco.

—Gracias por la sinceridad.

—De nada.

El siguiente autobús pasó sin que ninguno se levantara. Cuando Rubén se encontró capaz de continuar, decidieron caminar. Llegar hasta la calle de Ana les llevaría unos veinte minutos y a él le obligaría a desviarse bastante.

—No hace falta que me acompañes.

—No me apetece subir ahora a otro autobús.

—Puedes reconocer que quieres venir conmigo.

—No te vengas arriba.

Rubén sacó los auriculares y le ofreció uno.

—¿Música?

—Depende de lo que pongas.

—Vas a criticarlo de todas formas.

—Entonces ya sabes la respuesta.

Ana reconoció la canción que habían compartido durante la salida al bosque. Le seguía pareciendo triste, aunque esta vez no lo dijo. Caminaron al mismo ritmo para no tirar del cable y discutieron únicamente cuando Rubén aseguró que el cantante era un genio. Antes de llegar al portal, él le pidió que no contara lo ocurrido.

—Ni al grupo ni a Clara.

—No lo contaré.

—¿Así de fácil?

—Es tuyo. Tú decides.

Rubén guardó los auriculares.

—Gracias por haberte quedado.

—No vuelvas a darme las gracias.

Esa tarde le escribió para comprobar que había llegado bien. Después le envió una canción que, según él, demostraba que también escuchaba música alegre. Ana respondió que aquello no era alegre, sino ruidoso. Hablaron del examen al día siguiente y de un vídeo compartido por Luna. En menos de una semana, sus mensajes dejaron de necesitar una excusa.

Ana comenzó a comprobar si Rubén estaba conectado antes de acostarse. Lo hacía sin pensarlo demasiado, del mismo modo que en casa prestaba atención a la puerta de su hermano y a sus pasos durante la madrugada. Dos años después del intento de suicidio, su familia continuaba vigilándose sin reconocerlo. Su madre escuchaba desde el pasillo antes de irse a la cama y su padre siempre encontraba algún motivo para preguntar si había cenado.

El jueves por la noche, Ana estudió hasta tarde. Cerró el libro poco antes de la una, apagó la lámpara y dejó el teléfono sobre la mesilla. La pantalla se iluminó casi de inmediato.

Rubén: ¿Estás despierta?

Estaba cansada y tenía un examen a primera hora. Rubén no había dicho que se encontrara mal ni le había pedido ayuda. Podía esperar a la mañana siguiente, pero Ana recordó demasiadas noches en las que habría querido que su hermano llamara a alguien antes de encerrarse.

Ana: Sí. Dime.

Cuidar empieza muchas veces con una pregunta. Preguntar reconoce que el dolor pertenece a quien lo siente y evita que la ayuda se convierta en una manera de decidir por el otro. No siempre hacen falta consejos, respuestas o palabras capaces de arreglar nada. A veces basta con averiguar si debemos acercarnos, guardar distancia o permanecer allí.

También quien acompaña necesita preguntarse cuánto puede ofrecer. Vivir pendiente de una señal y creer que cualquier ausencia propia puede provocar una caída termina convirtiendo el afecto en vigilancia. Sostener a alguien durante un momento puede aliviar su cansancio. Pensar que nunca podremos retirar las manos acaba dejando a dos personas sin fuerzas.


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