UN CULO UN POCO DEMASIADO GRANDE, por Antonio Méndez Baiges

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A veces nos parece que un cuento no es del género negro hasta no toparnos con la sangre o la muerte violenta. En este cuento, que no tiene nada de ambas cosas, sí en cambio podemos situarnos en un entorno de peligro donde se apunta la violencia, pero no se culmina. El cuento de Antonio Méndez muy bien podría ser el escenario de una novela negra. Feliciano F.González

Un culo demasiado grande, por Antonio Méndez Baiges

Tenía aspecto de ser muy joven, llevaba el pelo recogido en una trenza, era de facciones regulares, con una deliciosa nariz respingona, labios finos bien dibujados, ojos grandes. Desde que tiempo atrás se ganara aquella batalla legal acerca de los derechos del personal femenino de servicio a bordo de los trenes de pasajeros, como muchas otras usaba pantalones de uniforme en lugar de falda. Gastaba un continente serio, circunspecto, profesional, lo que no le impedía exhibir algún que otro gesto de familiaridad, como el de acariciarle el cabello a un niño retrepado en la barra del vagón-cafetería y llamarle peque, mostrando por unos instantes su sonrisa, que era encantadora.

Le había pedido a su compañero que le abriera la puerta de acceso al interior de la barra, que estaba cerrada con llave, a lo que éste le había respondido que no podía ser, que estaba seguro de haberla dejado abierta.

El pasajero solitario que deglutía su café de un vaso de papel se la quedó mirando un buen rato. La espiaba a hurtadillas, evitando celosamente que sus miradas se encontraran, no queriendo incomodarla con su escrutinio. Se apoyaba en la estrecha barra que recorría el lateral del vagón, bajo las ventanillas, recuperando de tanto en tanto el equilibrio cada vez que la apresurada marcha del tren de alta velocidad le hacía vacilar sobre sus piernas.

Algunos pasajeros desperdigados aquí y allá a lo largo del vagón leían por encima los periódicos a disposición del pasaje, pasando apresuradamente las páginas. El niño sentado en la barra, dirigido por su padre, examinaba las fotografías de los productos incluidos en la carta de la cafetería, sin duda destinadas a orientar a quienes, como él, no podían leer los nombres, ya se tratase de extranjeros desconocedores del idioma, de algún posible analfabeto de los pocos que deben quedar por ahí o, como en su caso, de niños pequeños todavía pendientes de alfabetizar.

Mientras hacía tiempo aguardando a que su compañero le abriera la puerta de acceso al interior de la barra, la camarera daba vueltas sobre sí misma hacia adelante y hacia detrás, ofreciéndole la oportunidad de contemplarla a sus anchas. Se dijo a sí mismo que aquella chica, tal como a él le gustaba, tenía el culo un poco, sólo un poco, demasiado grande. Si pudiera, si se atreviera a mirarle directamente a los ojos y observar su reacción… Sería un caso flagrante de lo que el cantautor Joaquín Sabina llama “coleccionar miradas en el desván del deseo”.

En aquel momento un grupo de pasajeros bastante achispados, todos ellos varones sin excepción, hicieron su entrada en el vagón. Se dirigieron a la barra con paso decidido y aspecto de estar dispuestos a arramblar con cuantas bebidas alcohólicas pudieran encontrar en su camino.

-¡Eh, tíos, mirad lo que tenemos aquí! -gritó uno de ellos señalando ostentosamente a la camarera-. No os lo perdáis, un bombón, un auténtico bombón. Está de dulce la pava.

El camarero levantó la cabeza de la apertura superior de la nevera en la que trajinaba detrás de la barra y contempló a los recién llegados con cara de pocos amigos. La camarera, intimidada, retrocedió algunos pasos.

Y entonces le miró a él, precisamente a él, con una mirada con la que le pareció que suplicaba su auxilio.

Por un momento, a él se le pasó por la cabeza, como un relámpago, la idea de que bien podría haber sido un karateka de negro cinturón que, impregnado de serena filosofía oriental, se dirigía al grupo de alborotadores con un tono firme aunque conciliador demandándoles compostura, sin conseguir otra cosa que enervar más aún al que llevaba la voz cantante, al que finalmente se veía obligado a tranquilizar con una contundente, indolora y precisa patada en la cara que le obligaba a retirarse mohíno, seguido de sus camaradas, mientras que a él ella le obsequiaba con la mejor de aquellas sonrisas que un rato antes habían llamado su atención.

Entonces acertaron a pasar por el vagón-cafetería dos fornidos guardias de seguridad provistos de sendas porras de goma en sus cintos que, en parte por rutina, en parte advertidos de la situación por su inveterada experiencia, se dirigieron al camarero y la camarera preguntándoles si todo andaba bien por allí. Su presencia surtió un efecto balsámico entre los alborotadores, que, invitados por la severa mirada de los guardias, iniciaron una expedita y muy ordenada retirada.

Los característicos pitiditos que tan bien conocía le advirtieron de que un mensaje de WhatsApp le entraba en el teléfono móvil. Era su mujer, que le escribía diciéndole que, conforme al horario de trenes, ya no podía quedarle mucho viaje, y que, en cuanto llegara a la estación, hiciera el favor de no entretenerse, de tomar un taxi y de aparecer por casa cuanto antes.

“Sí, querida. Como tú digas, querida. No me retrasaré, querida”, se apresuró a contestar el proyecto de cinturón negro de kárate trufado de galán sin rival.

 

fotografía de Feliciano F. González
ww.felicianogonzalez.com

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