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Il cocomero by Esteban Suarez

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Llevábamos medio día caminando,  todavía no habíamos comido nada y no había previsión de hacerlo; como el resto de mis  compañeros había perdido mucho peso, tanto  que parecía un cadáver. Quien lo hubiese imaginado que la camisa verde me quedaría tan holgada; aun recordaba aquel día tan lejano cuando me la probé por primera vez, me quedaba tan ceñida que Marianna había sugerido que metiera barriga a la hora de la revista.  No me importaba porque sabía que ella estaba orgullosa de mí.

Aquella mañana habíamos atravesado dos  pequeños poblados y unas cuantas granjas y como era costumbre en los últimos días, las habíamos rodeado para no ser vistos. Michelle había sugerido:

—           Aún me queda algo de dinero, creo que unas mil liras, puedo ir al poblado y comprar algo de pan, si me preguntan les diré que vamos hacia al norte.

Todos lo miramos descontentos, Michelle bufó, pero no insistió; en el fondo sabía que era una idea estúpida, el hambre a veces le nublaba  la razón.

Desde hacía un par de días el paisaje había cambiado, las montañas escarpadas se mezclaban con el mar y  el cielo en un azul brillante. Aquellos cerros que me vieron crecer no habían desaparecido, habían vuelto de repente, una sensación familiar me sobrecogió.

—¡No hay nada más bonito que mi Calabria natal, tierra de buen vino y hermosas mujeres!

Yo ya había estado allí, con mi padre, cuando aún era un niño con pantalones cortos y tirantes, hace mucho tiempo pero aun lo recordaba: dos mulas; si, aquel día  habíamos comprado dos mulas en aquella finca.

—Que hermosa época pensé.  No había preocupaciones, ni hambre ni frio y  menos aún miedo, yo era un niño y la guerra era un mal sueño.

—¡Marano  mira! —me gritó el gordo Ciccio, le decían el gordo pero ya no lo era, ahora  era recuerdo de otra época, de una época en la que comía y no poco. Todos nos detuvimos a contemplar, allí estaba, un campo verde repleto de hermosas sandias. Por fin el de arriba nos había sonreído

Empezaba a decaer el sol, los rayos ya no golpeaban con tanta saña, llevábamos más de dos horas comiendo bajo un centenario  Roble y aun no estábamos saciados. Solo alguna rápida excursión para mear.

—¡Dos! grito el gordo con una sonrisa, -me he comido dos yo solito. Se sentía orgulloso, quizás le recordaba  cuando comer no suponía un problema, más bien, era el problema.

La última vez que habíamos comido tanto había sido cuando matamos aquel novillo cerca de Chieti,  dos semanas después de haber huido, en aquel momento nos convertimos también en ladrones.

¿Cómo estará Mariana?  Hacía tiempo que no pensaba en ella, y ¿la pequeña Tona? Debe estar enorme, seguro que debe tener un poquito de celos de la beba que está por nacer.  Desde que me habían destinado a Udine no las había vuelvo a ver, alguna carta, pero nada más. Ahora era un desertor que se había cruzado toda Italia solo  para poder abrazarlas nuevamente.

— ¡Soldados, vienen soldados! —grito Michelle señalando  el cerro. Media docena de jinetes de la policía militar, con sus uniformes grises flamantes  y sus cascos blancos, pocos metros detrás un viejo camión militar con más soldados. Como un rayo nos escondimos entre las hojas de sandías, eran tantas y tan frondosas que apenas se nos veía

— ¡No os mováis! susurro Michelle. —Deben estar buscando desertores y bandoleros, ambas cosas abunda en estas montañas.

Desde que habíamos partido hacia casi un mes, nunca  los habíamos visto, y nos habíamos relajado. Este ya no era un camino seguro, tendríamos que volver a las montañas, volver a la ruta más dura.

—¿Qué haces? me grito Ciccio, viéndome cargar una enorme sandia

—A Mariana y a la niña les encanta, vete a saber tú cuánto hace que no ven una; cuando me fui estaban con las cartillas de racionamiento, vete a saber cómo están ahora. Yo había estado varios meses a cargo del horno popular y sabía la penuria que era, poca harina y mucho esfuerzo para alimentar a todo un pueblo.  Aún recuerdo las caras de las mujeres suplicando de madrugada un poco de pan para alimentar a sus hijos.

Desde que había comenzado la guerra hace tres años, todo había sido muerte y dolor, había visto morir mucha gente, gente que realmente quería.

—Sabes Michelle, cuando termine la guerra me iré a Argentina, mi hermano vive allí, me ha escrito que el trabajo abunda qué está tan lejos que ni se enteran de la guerra, y que la comida sobra en cualquier campo.

—¿Te imaginas tanta comida? Nadie dijo nada, cada uno pensó en su familia, se agacharon y cargaron  una sandía. Las horas siguientes fueron las más duras, escalar un camino de pastores con una sandía atada a la espalda llevando un día sin comer fue duro

—Debemos buscar un lugar donde dormir —dijo el gordo, tengo los pies que ya no los siento. Se sentó  pesadamente y comenzó a quitarse las botas para aliviarse.

Bajo una gran roca a los pies de una montaña, encendimos una hoguera no muy grande para no atraer la atención, lo suficiente para cocer una cría de conejo que Ciccio aplastó al sentarse. Nunca supimos si ya estaba muerta,  pero poco nos importó.

—¿Sabes que Ciccio?

El gordo que estaba recostado sobre su sandia me miro por el rabillo del ojo

—¡Se llamará Domenica! Como la hermana de Marianna. A Ciccio le pareció una gran idea porque su madre se llamaba igual.

Hermoso nombre para la cría dijo, espero que no se parezca al padre. Los tres reímos durante un rato. Aquella noche brindamos por la pequeña, nos bebimos la última botella que nos quedaba y recordamos antiguas batallitas de cuando éramos pequeños, al fin y al cabo los tres habíamos nacido en Spilinga.

Caminamos sin descanso otros tres días, el último de ellos llovió en abundancia, aquella tarde a Michelle se le cayó la sandía intentando escalar una loma empinada, recogimos los restos como pudimos y los comimos apenas tuvimos un descanso. Yo era el único que aun la llevaba sobre mi espalda, más de ochenta kilómetros, no recordaba tanto esfuerzo en mi vida.

—¡Ya estamos en Pizzo!, —grito Michelle,  mañana a estas horas estaremos durmiendo en nuestra cama con nuestras esposas, bueno menos Ciccio que tendrá que compartir cama con el amante de  la suya. Todos reímos.

Aquella noche apenas descansé, recuerdo que cuando empezó a salir el sol sobre el mar  ya estaba despierto. Me acerqué a un arroyo cercano, me quité la ropa y me lavé, estaba rota y apestaba, quería que la primera impresión fuese buena, pero en el fondo sabía que no iba a ser así, sucio y lleno de piojos, extremadamente delgado y con los labios y la  piel agrietados. Realmente daba pena; Bastante distante de aquella imagen de guerrero con su uniforme reluciente que se marchaba al norte a defender la patria.

La entrada al pueblo no fue la mejor, me encamine por el camino de la Virgen de la Fontana para agradecerle del viaje, resbalé en la escalinata y rodé  varios escalones, impacté bruscamente con el suelo, la sandía me salvó de partirme la cabeza, pero acabó hecha añicos. Intenté recogerla como pude en un acto desesperado.

—¡Ochenta kilómetros! —grité, ochenta kilómetros cargándola, no podía tener tanta mala suerte. Allí estaba tumbado boca arriba a los pies de la virgen, acongojado, llorando como un niño. ¿Qué más me podía pasar?,

¡Eres un afortunado Marano!, grito alguien a la distancia, la Virgen te cuida como siempre, te trajo vivo con nosotros, té salvo de la guerra y del largo viaje, te dio de comer, te protegió de los militares y los ladrones y a cambio solo te pidió cargar 80 kilómetros con una sandía.

Al final quizás no fue todo tan malo.

 

Nota.

En memoria de mi Nonno Giuseppe “Marano” Miceli, que esta líneas honren tu memoria.

 

 

 

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