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Zona cero: el castigo a las mujeres por contar la verdad

Nos escandaliza ver cómo mujeres más jóvenes que nosotras viven con el miedo constante a ser descubiertas en lo que no es un cuento romántico sino más bien de terror

Artículo aparecido en El Confidencial by Noor Ammar Lamarty

«Lo quiero, pero es imposible. Es cristiano, y yo musulmana, jamás lo aceptarían». Es la frase que más se repite en los emails, mensajes y testimonios de mujeres que llegan a mí. Los cojo con la misma angustia que sentiría si le ocurriese a una amiga cercana y me invade un sentimiento agridulce. Por un lado, la profunda rabia de ver a mujeres de mi contexto de origen sentirse culpables por algo por lo que nadie debería jamás avergonzarse, por querer, por escoger a quién amar, con quién compartir, y también me corta el cuerpo una tristeza desteñida de miedos que hace tiempo que abandoné, porque mi vida no sería igual sin mi familia, sin el abrazo, el apoyo y el hombro que supone estar vinculada a mi raíz, a mi origen, a las mujeres y los hombres que me vieron nacer y crecer hoy dando guerra. Me doy cuenta de que da igual las vidas que pudiesen caber en una; no hay experiencia, ni formación suficiente para aconsejarle a una mujer qué hacer cuando vive entre la espada y la pared del amor, el de la pareja, y el familiar. Ambos tiran de ella hacia dos lados opuestos. Y tiraron tanto, que se rompió. Hoy rota, rotas, muchas mujeres no se reconocen, no saben quiénes son, hacia dónde caminan ni por qué tuvieron que renunciar a sí mismas para poder avanzar. Porque extirparte el poder de decisión es arrebatarte la posibilidad de construirte desde la verdad.

El islam lo prohíbe, nos prohíbe escoger a hombres que no profesan nuestra religión de nacimiento, si es que podemos escoger. Solo una conversión es admitida. Por si fuese poco, te coloca en la posición de imponer a la persona con la que estás un cambio de religión, que aunque a menudo se hace de forma simbólica en muchos entornos solo se admite si es real y práctico en todos sus afectos. Eso sí, solo nosotras vivimos esta desagradable situación, por nacer y ser mujeres estamos supeditadas a esta condición en lo que a la elección de nuestra pareja concierne. Los hombres no. La imposición que sufren los hombres sobre desposar a una mujer musulmana es más un requerimiento comunitario y familiar que religioso. Por eso me sorprende que siga siendo un tema oculto a ojos del debate público en la Europa de la diversidad cultural y religiosa. Pero sé que esos dos términos solo se ponen encima de la mesa cuando incluyen o influyen directamente sobre hombres.

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