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VIAJE A NINGUNA PARTE by Estrella R.

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Estaba sentada en un rincón de la cafetería, esperando a mi amiga Marga, cuando le vi entrar.

Caminó hacia la barra con paso inseguro y acodándose en ella pidió un gin-tonic. Sentí su mirada, pero creo que no me reconoció. Si no supiera los años que tenía, le hubiera echado quince años más. Su aspecto dejaba mucho que desear, desaliñado, con el vientre hinchado, grandes bolsas bajo los ojos y una mirada vidriosa que hablaba de una vida de vicio y desorden. ¡Quién lo hubiera dicho hacía diez años!

Pude recordar que tenía dieciséis años cuando le conocí. Era unos años mayor que yo, buena planta, siempre a la última, simpático. Todas las amigas estábamos medio enamoradas de él. Pero él, un buen día, se fijó en mí, empezamos a hablar y no lo pude evitar, caí rendida a sus pies. En aquel pueblo todos nos conocíamos y no era un secreto para nadie su fama de Don Juan. Mi madre, cuando se enteró de nuestra relación, puso el grito en el cielo y me prohibió verle. Yo me escapaba para encontrarme con él, creo que eso le excitaba más y le hacía que yo fuera una presa apetecible, o quizá se enamoró de mí, no sé.

Habían pasado unos meses, cuando me convenció para que me fuera con él, decía que nunca iban a consentir lo nuestro, que era mejor poner tierra por medio. Pidió el traslado a una ciudad cercana y un buen día, con cuatro cosas en la mochila, me monté en un tren con un destino incierto, con el tiempo comprendería que era un tren con destino a ninguna parte.

Fue un escándalo en el pueblo, mi madre puso el grito en el cielo, me buscó la Guardia Civil y cuando me encontraron les dije que no quería volver a casa, que si me obligaban me volvería a escapar. Mi madre, ante mi firmeza, cedió. A los dos meses nos casamos y sin haber cumplido dieciocho años me quedé embarazada.

Durante este tiempo, Pablo había sido atento, cariñoso, parecía solo vivir para mí y yo me enamoré como una tonta. Pero cuando empecé a engordar por el embarazo, dejó de mirarme, es como si se avergonzase de ir con una jovencita embarazada, no era un plan para un conquistador como él. Pero eso lo supe más tarde.

Tuve a mi hija, recuperé mi figura, me hice más mujer y de nuevo se acercó a mí. Al año me quedé de nuevo embarazada. Ahora ya no disimulaba, me miraba con rabia, como si solo fuera yo la culpable. Ese segundo hijo terminó de separarnos, aunque yo no me quería dar cuenta. Intentaba complacerle en todo, me desvivía por hacerle sentir bien, procuraba mantenerme en forma, estar guapa para él,  pero no funcionó. Mi vida se reducía al trabajo y a los niños. Pablo cada vez salía más. Siempre impecable, gimnasio, ropa cara. Me daba una asignación al mes para los gastos, bastante exigua por cierto  y todo lo demás, que era bastante por lo que supe después, se lo quedaba o se lo gastaba.

Salidas a destiempo, llamadas a escondidas, disculpas, empecé  a sospechar que me engañaba. Un día, ante las evidencias, se lo dije, él lo negó y de una bofetada me tiró al suelo y con toda la rabia gritó:

-¡No se te ocurra volver a dudar de mí o lo pagarás caro!

-Y tú no vuelvas a ponerme la mano encima o no volverás a vernos ni a mí ni a los niños- le contesté.

-Eso lo veremos- y salió dando un portazo.

Cuando volvió, lo hizo como si nunca hubiera ocurrido aquel episodio, intentó darme un beso que rechacé, pensó que estaba enfadada, que ya se me pasaría. Pero siguió con la misma actitud. Sabía cuándo me engañaba pues pasaba dos o tres meses sin tocarme, supongo que lo que le duraba su última conquista, hasta que de repente, cuando rompía con ella,  se acordaba de mí, de que existía, yo me abría de piernas y le dejaba hacer, como si fuera una piedra sin sentimientos. Aguantaba mejor eso a que me besara… Enseguida encontraba a otra y en el fondo, me alegraba, así no tendría que aguantar su cercanía.

En mi trabajo salió una plaza de encargada de departamento, estudié, me preparé a fondo y la conseguí. Los niños iban creciendo y yo planeaba ya una vida lejos de Pablo, era inevitable, la situación era insostenible. Tenía miedo a su reacción pero no era cobarde y estaba decidida.

Hacía unos días que estaba contento, llegaba a casa y hablaba con nosotros con animación, incluso bromeaba. Enseguida supe que tenía una nueva conquista y me decidí a poner en práctica el plan que venía preparando desde hacía un tiempo. Disimuladamente empecé a seguirle. Averigüé que estaba saliendo con una compañera que había empezado a trabajar hacía poco en su oficina. Una mujer joven, guapa, con una planta espectacular, sí, de las que a él le gustaban… Tenían su nidito de amor en un hotel a las afueras de la ciudad. Allí iban cada tarde desde hacía más de dos meses.

Aquel día llamé a mi amiga,

-Marga, ¿me dejas el coche esta tarde? Ya te contaré…

-Por supuesto, pasa a buscarlo, no lo necesito hoy.

Pablo y su amiga no tomaban muchas precauciones, a la salida del despacho comían todos los días en el mismo restaurante y luego se iban al hotel, así que no tenía mucha complicación localizarles. A pesar de ello, preferí ir con el coche de Marga. Llegué al hotel bastante antes de la hora en la que solían salir, me senté en el vestíbulo con un libro en las manos, dispuesta a esperar. La mesa que ocupé estaba en una situación estratégica para que tuvieran que pasar al lado al salir.

Habían pasado casi dos horas, cuando la puerta del ascensor se abrió, me dio tiempo a ver, cuando se abrió la puerta, que se estaban besando y reían despreocupadamente. Simulé leer, les vi acercarse a recepción a dejar la tarjeta y decir adiós a la recepcionista. Encaminaron sus pasos hacia la salida, para lo cual tenían que pasar al lado de mi mesa. En el momento que pasaban tiré la copa de cerveza y cayó encima de uno de los elegantes zapatos de Pablo. Éste sacudió la pierna y me miró, yo simplemente dije:

-Disculpe ¡qué torpe soy!- y sonreí mientras él se quedaba blanco.

Salieron y a los cinco minutos lo hice yo. Pasé por una ferretería y compré un cerrojo. Una vez en casa cogí dos maletas del altillo del armario y empecé a sacar su ropa. Lo fui metiendo todo bien ordenado, que viera que le trataba bien hasta el final y una vez llenas, las saqué al vestíbulo justo delante de la puerta de entrada. Después monté el cerrojo en la puerta del dormitorio y me limité a esperar.

Era avanzada la noche cuando oí la cerradura y luego varios improperios al tropezar con las maletas.

-¿Qué significa esto?- tuvo la indecencia de preguntar.

-Se acabó, quiero que te vayas- entré en el dormitorio y corrí el cerrojo.

Durante un rato intentó que abriera la puerta, me pedía que le dejara explicarme, que solo era una aventura, en fin lo de siempre. Una aventura como la de Susana, María, Begoña y tantas otras sin nombre. Más tarde supe que ya me fue infiel durante mi primer embarazo, ¡y pretendía explicarme lo inexplicable!

Al día siguiente hablé con un abogado y pedí el divorcio. Supe que su nueva amiga le convenció para que pidiera un traslado a una ciudad costera y se fueron. Al poco tiempo ella le dejó y anduvo dando tumbos, de conquista en conquista, hasta que hacía unos días había vuelto a la ciudad.

Le tenía delante, ya no era el mismo. Pero no me dio pena, él mismo había cavado su propia tumba. Levanté la vista, encontré su mirada, y ahora sí, ahora me pareció ver en sus apagados ojos que me había reconocido.

Me levanté en el momento que Marga entraba en el local, fui hacia ella y le dije:

-Nos vamos, no me gusta el ambiente que hay hoy aquí.

Y nos fuimos, sabiendo que había unos ojos que no se despegarían de nosotras hasta que se cerrara la puerta.

 

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