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El Nacimiento de un Imperio próximo libro de Esteban Suárez Miceli en E. Fleming

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Adelantamos un capítulo del libro de Esteban Suarez que publicaremos en Octubr- en Fleming Editorial

Se recogió la falda con sumo cuidado,  comenzó a trepar el roble más grande de la aldea, su hermano la miraba desde abajo preocupado.

—Date prisa Alana o nos meteremos en problema. La joven sonrió, se detuvo un instante para recogerse el cabello y continuo escalando como si nada. Era sumamente ágil.

— ¡No seas cobarde! Ya casi llego. — No soy cobarde, respondió enfadado si no fueses mi hermana te tumbaría de un pedrada.

—Alana Sonrió, sabía que nunca lo haría.

El pequeño Breogan estaba nervioso si alguien los descubría mancillando el Roble sagrado, tendrían problemas, no estaban cerca del poblado pero era la ruta más rápida al rio y no era difícil encontrarse con alguien. Breogan hecho un rápido vistazo alrededor.

La joven se estiro, apenas pudo rozar el nido; —debo trepar un poco más pensó. Se acomodó nuevamente la falda, dio dos pequeños saltos y se apoyó en una rama más grande.

La brisa zarandeaba las ramas en una danza hechizante, cortejada por el ruido de las hojas en una magnífica sinfonía. Breogan se acomodó la capa, el viento gélido le cuarteaba los labios, el invierno estaba llegando a su fin pero el frio aun no quería marcharse.

—¡Ya lo tengo! —dijo la joven haciendo equilibrio entre dos delgadas ramas. Metió la mano en el nido y cogió cuatro pequeños huevos de seis que habían. — ¡Píllalos! Breogan le grito, el pequeño estiro la capa y los fue atrapando uno a uno con mucho cuidado.

—Ves hermanito hoy desayunaremos con los reyes; grito con una sonrisa, Breogan permaneció mirándola mientras descendía con saltos certeros, Alana era de una belleza diferente largos cabellos colorados como el fuego, ojos verdes como esmeraldas, y el rostro poblado de pecas como estrellas en una noche sin luna. !Que hermosa! —Pensó, Las piernas largas, sus pechos como manzanas le daban una apariencia mayor.

—Venga volvamos a casa, con un poco de suerte padre no habrá notado nuestra ausencia dijo Alana. Breogan el abrazo con dulzura, desde que había fallecido su madre dos inviernos atrás ella era todo en su vida.

La vuelta a casa fue rápida, vadearon el rio que aún estaba en mínimos y se introdujeron en el bosque de los druidas, alejándose lo máximo posible de las chozas de los sacerdotes, no por miedo, sino porque estaba mal visto que niños anduvieran solos por aquel paraje. Alana se detuvo un instante a coger setas y un poco de savia que proliferaba en aquella época del año.

La aldea se encontraba en un enorme valle rodeado de montañas escarpadas, donde en la cima, la nieve abundaba casi todo el año: al norte un caudaloso rio de deshielo y al sur el gran bosque de frondosas. La aldea tenía una gran protección natural, solo accesible través de la espesura. Bigoles no era de las aldeas más ricas ni más pobladas, su importancia residía el su ubicación cercana al Limes con la Galia Narbonensis ya romanizada, donde el comercio florecía y se podía vigilar los movimientos de las legiones a través de una red de informantes distribuidos por todo la zona.

Alana miro el firmamento, el sol estaba llegando a su cenit, llevaban casi toda la mañana fuera del poblado y aún no había realizado los quehaceres del día, era hora de volver.

La aldea contaba con varios centenares de cabañas, distribuidas en líneas que cruzaban el valle de norte a sur, formando un gran rectángulo. En el exterior las cabañas más precarias, en su mayoría agricultores y ganaderos seguidos de los artesanos y en el centro junto a los guerreros, nobles y comerciantes, Alana diviso su casa a la distancia, una gran chimenea humeante la delataba, se encontraba en el centro del poblado acentuando el estatus de gran guerrero y líder de su padre.

Corrió el cortinaje lentamente, con la esperanza de que no se notase su ausencia, pero no fue así  — ¿Dónde estabas Alana le pregunto su padre disgustado?;  —En el bosque, susurro la joven tras un breve silencio. El padre frunció el ceño, no le gustaba nada que anduviera sola ahí y aún menos con Breogan—. Escucha Alana dijo de manera indulgente, ya no eres una niña, el verano que viene florecerás y tendré que buscarte un marido, podrás formar tu propia familia, pero, no puedes pasarte todo el día cazando o jugando a ser guerrera. Alana no decía nada, lo miraba cabizbaja, —Sé que no es de tu agrado pequeña pero es parte de la vida. Alana asintió a desgano, La idea de desposarse con cualquiera de los idiotas de la aldea le removía las entrañas, ella no era un objeto al que entregar por un puñado de cabras, Alana lo miro apesadumbrada con cada palabra de su padre, parte de su juventud desvanecía.

—Si padre contesto.

—!Ven pequeña!, y la abrazo.

El ruido de caballos al galope, le llamo la atención.

—!Señor! Grito una voz ruda asomándose por la puerta, — Tenemos visitas

— ¡Quedaros aquí! Dijo su padre. —Luego continuaremos esta conversación, cogió la espada, se colocó la capa y se marchó.

Los jinetes se detuvieron frente a los soldados que custodiaban la entrada a la aldea, el más alto un hombre entrado en la edad madura con el rostro demacrado por el cansancio y el frio, desmonto con un movimiento ágil y le entrego las riendas a su compañero.

—Os saludo valientes guerreros dijo con voz ronca, que Lug os proteja; —Soy Vercasivelauno de los Avernos.  Tengo un mensaje importante para Aviorix, señor de Bigoles. Los soldados ni se inmutaron

—Yo soy Aviorix dijo el padre de Alana abriéndose paso entre sus soldados, el Averno lo miro sorprendido, él era alto y fuerte pero Aviorix le sacaba una cabeza y su espalda era mucho más  ancha y musculosa;  llevaba el pelo largo hasta los hombros, barba descuidada y bigotes largos y poblados. Aviorix, le devolvió la mirada sin quitar la mano de la empuñadura,  lo examino con cuidado y tras un breve silencio lo invito a seguirlo.

Se adentraron por unas callejuelas entre la barraca de los mercaderes y los artesanos, el olor a madera quemada, el golpeteo del metal fraguado y el olor a pieles secas le recordó su aldea,  el Averno se relajó. Breogan curioso los acompañaba ocultándose entre las tiendas

Las nubes grises dejaron paso a al sol que inundo la aldea de una brisa cálida. El jinete respiro hondo. Continuaron caminando hasta desembocar en la plaza principal junto a la taberna; Aviorix encabezaba la marcha, le seguían de cerca  dos  guerreros y pocos pasos atrás Vercasivelauno y los demás jinetes.  — Acomodaros dijo Aviorix apartando la cortina

La cabaña en forma ovalada era la más grande de la aldea, más del doble de cualquier otra, tenía dos grandes entradas y dos fogones junto a las mismas, el techo era tan alto que ni dos hombres juntos podrían tocarlo, en el medio dos grandes mesas de roble tallada, donde cada luna nueva los señores se reunían para designar el destino del poblado.  Aviorix se sentó en la cabecera de la mesa como mandaba la tradición, y ofreció al jefe de los jinetes que se sentase junto a él.

—Tus guerreros deben estar exhaustos y hambrientos —dijo Aviorix, permíteme que mis hombres les inviten unas copas y algo de comer en la cantina. Vercasivelauno asintió, estaban entre aliados no había nada de qué preocuparse. Acompañad a estos hombres a la cantina, que beban y coman a voluntad, son mis huéspedes, tratarlos como tal. Y traer un poco de vino para nosotros.

Aviorix sabía que eran noticias importantes y quería la menor cantidad de testigos. Te escucho Vercasivelauno, —dijo de forma directa, tenía el presentimiento que los jinetes no le traerían buenas nuevas. El Averno asintió, cogió una pequeña bolsa de cuero que llevaba en el cinturón y el arrojo sobre la mesa. Aviorix la abrió lentamente, depósito el contenido en la mesa, se acomodó contra el respaldo de la silla y enumero cada uno de los objetos: un anillo de plata tallada con un gran pedrusco turquesa, varios sestercios romanos y un pungio decorado con piedras de colores en la empuñadura y la imagen de un águila en la funda.  El crujir de la leña en la hoguera amenizaba el son de las palabras.

—¡Qué es esto! Pregunto Aviorix irritado. —Pertenencias romanas dijo el Averno orgulloso.

— ¡Eso ya lo sé! Grito, la voz le temblaba. Vercasivelauno no supo que contestar, dudo un instante y agrego. —Las patrullas romanas se adentran cada vez más en nuestro territorio, asaltan nuestras aldeas y se llevan el ganado, estos objetos pertenecían a una patrulla que cayó en desgracia, es un obsequio de nuestro rey como símbolo de amistad hacia ti y tu pueblo. Aviorix lo miraba distante acariciándose el bigote, tuvo el reflejo de cog—r su espada pero se tranquilizó
—Te has equivocado soldado —dijo el rey remarcando la diferencia de estatus entre ambos, estos obsequios solo traerán problemas, si los romanos se percatan que somos participes de asaltar una patrulla, vendrán con sus legiones, arrasaran la aldea, mataran nuestros guerreros y se llevaran como esclavos nuestras mujeres e hijos.

—¡Por eso estoy aquí! —dijo el averno dando un puñetazo sobre la mesa, Vercingétorix está formando una alianza de tribus para enfrentarse a las Roma y destruirla, necesitamos a todos los guerreros. La cortina se abrió y una hermosa joven entro portando una jarra de vino y dos viejas copas, las deposito sobre la mesa y se marchó sin decir nada.

—Escúchame escoria, —dijo Aviorix desenfundando la daga y apuntándole a la nariz, puedo cortarte el cuello a ti y a tus hombres ahora mismo y entregárselo a los romanos, me congraciare con ellos, quizás hasta reciba una buena suma de dinero. El Averno empalideció. Llevamos década conviviendo en paz con los romanos, ellos no cruzan las montañas y nosotros no nos acercamos a sus ciudades, y ahora vienes tú y pones en peligro mi pueblo por el delirio de grandeza de tu rey.

—Atino a decir el jinete: Marcharos de aquí ahora mismo y llevaros estas cosas si no queréis terminar colgado de un palo.

Vercasivelauno se puso de pie de un salto, tenía los ojos inyectados en sangre, la mano le temblaba, intento desenfundar, pero Aviorix ya lo había hecho y le apuntaba a la cara.

— Sabes que volveremos—grito el Averno, nadie me amenaza de muerte y vive para contarlo. Aviorix esbozo una sonrisa

El Averno salió de la tienda dando largas zancadas, tenía el rostro desencajado, sus cuatro escoltas se encontraban arrodillados y maniatados junto a la tienda, cada uno tenía una daga en el cuello listo para ser degollado a la mínima señal. El averno se giró y le hecho una mirada fulminante a Aviorix.

—¡Marcharos ahora mismo!

Los jinetes montaron rápidamente, azuzaron las bestias y se marcharon al galope sin  girarse.

—¡Señor! ¿Cree que ha sido una buena idea? —dijo su segundo, viendo el rostro preocupado.

—No lo sé, he tenido que decidir entre dos males, y elegí el menos peligroso. Sea como sea, preparaos porque correrá mucha sangre. Crixo asintió.

 

El sol comenzaba a ocultarse tras las grandes montañas, pintando la nieve de un rojo cobrizo, los últimos rayos anaranjados atravesaban el humo de las chimeneas dibujando sombras coloreadas. ¡Qué bonito! —pensó Alana. El bullicio de la aldea decrecía cuanto más descendía el sol, era su momento especial, se sentaba bajo el cobertizo junto a la hoguera a contemplar como los aldeanos, disponían todo para la mañana siguiente, en poco oscurecería y solo los centinelas permanecerán despiertos. Alana suspiro, cada día era lo mismo, podía repetir esa misma escena día tras día y poca cosa cambiaria, a ella le gustaba quizás por que demostraba que todo iba bien, lo que no sabía es que las cosas cambiarían en breve. Cogió una pequeña piel de oveja y se tapó la espalda, comenzaba a refrescar, la brisa cálida de la tarde se había transformado en un viento gélido, tomo un par de ramas secas y las arrojo a la hoguera,  cerró los ojos y aparto la vista para no ser alcanzadas por las chispas. ¿Y Breogan? —pensó, hacía rato que no lo veía, había estado tan entretenida, desollando un par de liebres para la fiesta de primavera que no se había percatado de la ausencia de su hermano. Se acomodó la piel cogió una antorcha que colgada junto a la puerta y se encamino al centro de la aldea.

—¡Breogan! —Grito preocupada, era extraño que el pequeño este tanto tiempo sin incordiar —pensó y el estómago se le encogió. — ¡Breogan! Continúo caminando hacia el centro de la aldea durante un tiempo, preguntando a cualquiera que pasaba junto a ella. Nadie sabía nada. —Quizás este en el bosque, —pensó. Se acomodó las viejas sandalias y comenzó a correr hacia el arboleda, está muy oscuro, se tanteo el puñal que siempre llevaba bajo el faldón y continuo corriendo.

Aviorix  estaba reunido con los guerreros y nobles más influyente de la aldea, debatiendo sobre cuál sería la mejor reacción a los hechos acontecidos esta misma mañana, el ambiente se había caldeado, normal la división entre guerreros y nobles estaba más acentuada, había mucho en juego, unos partidarios de negociar con las Tribus y otros de hacerlo con los romanos.  Aviorix estaba sentado en la punta de la mesa, rodeado de sus hombres más leales, tenía la mirada fija en la hoguera, absorto del griterío de la sala.

— ¡Debemos preparar mañana mismo las defensas!, —grito Aviorix dando un fuerte puñetazo sobre la mesa   ¡Y a partir de esta noche se doblaran las guardias!, se colocaran soldados en el bosque y se patrullara el rio. Nadie osó a contradecirle, el silencio se apodero de la sala, Aviorix sabía que en lo único que estaban de acuerdo era en que sea cual sea la decisión, habría que afilar las espadas.  ¡Crixo!, envía mañana media docena de jinetes a las montañas y verifica si hay movimientos de legiones y otra docena al desfiladero a controlar los jinetes Avernos, dividiros en dos grupos, preguntar a mercaderes, campesinos o aldeanos, es vital saber dónde se encuentran los soldados, si es necesario usar el dinero, si no la espada.  —Su lugarteniente asintió.

Aviorix estaba irascible, la situación era critica, si aceptaban incorporarse a la coalición de tribus, la próxima primavera las legiones cruzaran las montañas y Bigoles será la primera aldea en ser destruida,  tendrían que abandonarla y refugiarse en las montañas, Aliarse con Roma, sería un condena a muerte, las demás tribus nunca se lo perdonaría y en invierno cuando las legiones vuelvan a los cuarteles, caerán sobre nosotros como lobos hambrientos.

La cortina de la cabaña se abrió de repente, Alana apareció corriendo envuelta en llanto, tenía los ojos hinchados, un gran corte en la mejilla y las rodillas magulladas, Aviorix se alzó de un salto dejando caer la silla con un fuerte estruendo.

—¡Alana! —grito. Sentía el corazón reventar bajo su pecho.

—¡Padre! —grito la pequeña, acongojada, estaba sumamente agitada, un hilo de sangre le corría por la mejilla amorotonada. ¡Se lo han llevado! ¡Padre! ¡Se lo han llevado!  Nadie decía nada, la cara de terror de todos se contagió.

—¡ Los Avernos! —grito Crixo, comprendiendo la situación ¡Fueron los Avernos! —todos empalidecieron.

—¡Se han llevado a Breogan!, —padre ¡Se lo han llevado como castigo! A Aviorix se le transformo el rostro, arrojo la mesa contra la pared furibundo, desenfundo la espada y comenzó a correr detrás de Alana, que ya se dirigía hacia el bosque. Todos los siguieron, en poco tiempo, toda la aldea estaba convulsionada.

Aviorix estaba agitado, abrazo a Alana que continuaba llorando, allí estaba el roble sagrado, firme en la espesura, la capa de Breogan se encontraban clavada en el árbol, con la daga romana, era un mensaje muy claro, tendría que negociar o combatir.

—¡Traer los caballos! Con un poco de suerte los interceptaremos antes del amanecer.

Glosario:

 

Sella curulis: Era la silla sobre el cual los magistrados veteranos que poseían imperium tenían derecho a sentarse, derecho que incluía al dictadormagister equitumcónsulpretor

Lorica: La loriga’, palabra proveniente del Latín lorica (cuero),1​ era una armadura de la antigua Roma.

Eliseo: Campos Elíseos: Morada o lugar delicioso paraíso de los griegos y romanos, adonde iban a parar las almas de los que recibían este premio.

Gladius: Espada Romana

Centurión: Oficiales con un mando táctico y administrativo, siendo escogidos por sus cualidades de resistencia, templanza y mando

Tribunos: Un tribuno militar es tanto un oficial de una legión romana como un cargo oficial del estado romano.

Cohortes: Una legión romana constaba de 10 cohortes numeradas del I al X. Una cohorte (en latín: Cohors) estaba compuesta de 3 manípulos; cada manípulo estaba formado por 2 centurias. En cambio, la cohorte I estaba compuesta de 5 centurias dobles.

Turma: Una turma fue un escuadrón de caballería del ejército romano

Scutum: Escudo Romano

Optio: Suboficial, segundo al mando del Centurión

Cornicer: Soldado romano que daba órdenes a través de un instrumento musical, parecido a un cuerno

Pilum: Lanza muy característica Romana

Caligae: Sandalia de cuero usada por los legionarios

Scutum: Escudo curvo romano

Decurión: Oficial que comanda un contingente de treinta caballeros

Legua: Unidad de medida romana correspondiente a 2200mts

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