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Y tal vez -by Carla de la Garza

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Carla es nueva colaboradora en MasticadoresdeLetras y es una escritora que vive en Mexico ¡Bienvenida Carla! –j re crivello –editor. Blog

 

La vida cambia en un abrir y cerrar de ojos. Me fui sin saber que había sido “ese último día”, “nuestra última noche”, esos dos fatídicos momentos de los que tanto huimos muchos. Ese momento en que sabes que reparar no puede ser opción.

Hoy, tres días después, el sol salió como todos los días pero diferente. En cuanto abrí los ojos y vi la luz, supe que te estaba dejando ir y no me pude despedir. Y es que cuando las cosas suceden así, no puede ser de otra forma. Es difícil describir lo triste que me siento. Para ti, no quiero poner un parámetro de medición, no puedo ni quiero compararte, pero me dueles de una forma desconocida, no peor. Diferente.

Unas 12 horas después de que aquello caía en coma, me armé de valor y sin pensarlo, en nombre de ambos respiré el último aliento, ese que nunca sabemos cómo será porque no queremos presenciarlo ni vivirlo, pero que cuando tiene lugar, sólo lo sabes. Te dije:

Ayer fue un día difícil. He estado pensando y lo más honesto que puedo hacer es decirte que tienes razón. Quise prolongar… Discúlpame por lo de anoche.

Le he dado vueltas tantas veces a todo lo que dije antes y después…

Por momentos, pienso en lo estúpida que fui, en otros creo que no hay nada malo en ello; reflexiono sobre lo mal consejero que es el alcohol; ¿cómo pudo acabar así si tan sólo unos minutos antes me pediste que “todavía no me fuera” mientras nos abrazábamos en la cama?, y también, concluyo que todo eso lo sé, lo siento. Me cuesta trabajo expresarlo porque hasta hoy, había tenido miedo.

Hablo demasiado, lo que no significa que entre tantos sustantivos, verbos y adjetivos haya una comunicación real (también lo hablamos ese día ¿Te acuerdas?… ¿que somos espejos?). Tuve miedo de decirte lo que llevo dentro, lo que espero y quiero de ti, de mí (malditas expectativas), todo lo que te admiro, lo inteligente, guapo, sexy e interesante que me pareces. Que amo tus cuarentas, tus tatuajes y el misticismo a tu alrededor.

Hace un tiempo leí que uno de mis autores favoritos, atinadamente plantea que:

Rodeados de objetos “muertos” (casa, coche, calles, comida, utensilios y demás cosas inertes) somos parte de una temporalidad, de lo perecedero pero con la aparente oportunidad de trascender en esta experiencia de vida, con la chance de brillar como estrellas, pirotecnia, de brincotear como un pedazo de chorizo en una sartén con aceite herviente…  ¿para qué esperar si venimos de paso? Rodeados de lo que ya pereció, recordadores de que somos perecederos latientes, nos asustamos pues nos recuerdan diario <<pá ónde vamos>>, y buscamos certezas, seguridades en grados académicos, cuentas de banco, seguro de vida, seguro de todo, vacunas, cascos, actas de matrimonio, rodilleras, contratos y perdemos la oportunidad de ser simplemente: auténticos.

En esa pérdida de la autenticidad, no decimos, ¡eres la más sexy, guapa, listo, astuto, hermosa, capaz y apretadito!, ¡la mejor madre, el mejor padre, el más rifado amigo, el más justo jefe! porque comparamos con los parámetros que nos dan los demás perecederos miedosos.

Apología al amor.

Seguro este texto te es familiar, porque además, ya lo había pirateado para ti antes ¿te acuerdas?

Me convertí en una perecedera miedosa. Ya había pecado en el extremo contrario, en atribuir virtudes y aptitudes, para luego gritarlos a los cuatro vientos y demostrarle justificarle al mundo porque la historia previa transcurrió de tal o cual manera. No es que no haya caído en el mismo error contigo, sólo que ahora pequé por darle al mundo en demasía, algo que apenas compartí contigo. Ambos merecían el experimento contrario; al revés al derecho, diría yo.

A eso debo sumar que cuando intenté decírtelo tal cual era (según cada intento), el miedo me hizo decirle Juan a Pedro para terminar pronunciando Luis. Tenía tanto miedo de perder algo que nunca tuve…

Como te lo expresé ya, tienes razón en el reclamo que hiciste. Y es que hay que ser muy valiente para sostener el peso de aquellas verdades que nos ponen en riesgo, sobre todo a esa versión de nosotros que hemos mostrado al mundo y nos da “piso firme” para descansar la guardia de nuestras inseguridades, estar lo “menos a la defensiva posible”, porque estamos en nuestro lugar seguro. Aunque en realidad es todo lo contrario, es vivir a la defensiva cada minuto que permanecemos en esta vida.

Me sentía fuera de peligro y merecedora, siendo segura y fuerte frente a ti, libre de cursilerías, demostraciones afectivas y actitudes gruppies que, lejos de mostrarme mesurada, madura y controlada (como intenté),  develaran todo lo que imaginaba contigo, el temblor de mi cuerpo al verte, las ganas de tenerte cerca y embobarme cada que me explicas cosas.

El autor al que hice alusión anteriormente, retoma una cita de Milan Kundera que me parece pertinente al respecto:

Es posible que no seamos capaces de amar precisamente porque deseamos ser amados, porque queremos que el otro nos dé algo (amor)*, en lugar de aproximarnos a él sin exigencias y querer sólo su mera presencia.

La insoportable levedad del ser.

*Personalmente añadiría: seguridad, confort, validación, cuidados, reafirmación, entre otros.

¡Qué razón! ¡Qué ganas de no esperar nada de ti! ¡Qué ganas de decirte sin miedos lo que sé de nosotros! ¡Qué ganas de no haberte responsabilizado de mi cuidado! ¡Qué ganas de regresar el tiempo y enmendar! ¡Qué ganas de no arrepentirse! No mentir. Que más que por engañar, es por escondernos, ocultar lo vulnerables que somos ante la vorágine de sentimientos, descubrimientos, sensaciones, realidades alternas que una persona que ayer no era nadie para ti puede traer a tu hoy. Tú trajiste una cara de la realidad coloreada con la sonrisa más hermosa y provocadora que pueda existir, que me hizo replantear el mundo como lo conocía, que me llevó a recuperar del baúl del los recuerdos el interés por saber, por aprender, por esforzarme, por seguirte los pasos, los sueños y los logros.

Quisiera darte una idea de todo lo que he aprendido en este tiempo. De ti, del lado del mundo donde las tardes son grises, donde la soledad es la virtud de abrazar la añoranza del otro, de volver al café, al vino, a las noches de películas, a la lectura hardcore, a permitirme la labor de siempre interesarte, que me intereses, a convertir en el pan de cada día: resolverte, descifrar los problemas adecuados, esos que apasionan y que se vuelven conquistas diarias, a maravillarme con las sorpresas de ti y en ti.

El escritor al que ya hemos hecho referencia, atina en cerrar su monólogo con las líneas que motivaron aquel último aliento de lo que no fue, aquel del que hablé al principio:

Quizá, volver a atrevernos y entender que los parámetros que nos han dado, no sirven más que para juzgarnos, lastimarnos, alejarnos en lugar de acercarnos y dándole el valor a cada persona con amor y compasión, es que mandemos la señal al Universo, Dios y la Vórtex de que no necesitamos nada, pues tenemos a la mejor familia, la madre más fregona, el padre más chido, los hermanos más chingones, los amigos más rifados, los pacientes más interesantes, la novia más hermosa, inteligente, guapa, sexy, trabajadora, interesante, veloz, bella, feliz, femenina, audaz, sagaz, asertiva, compasiva, tierna y mmm… ahí, ahí en ese momento es que al ver que no necesitamos nada, apreciemos mejor todo lo que tenemos, fluyan más rápido las otras necesidades no básicas, las preferencias.

En un mundo en que si bien, somos parte de la temporalidad de las cosas, aspiremos a la *inolvidabilidad, al menos en la mente de los que nos acompañan en este viaje. Y… ¿por qué no? quizá llevemos esa “competitividad” al momento preciso de recibir un “Te amo” y reviremos con un: “yo más”.

Acá hay teamos, tequieros y teadoros. Y si no me quieres no importa porque yo te amo y si me amas me encanta, pero yo te adoro. Te diré que yo más, tú dirás: ¡yo más!

Y si me explicas te entiendo y si me hablas te escucho y si me sientes ¿qué sientes, con tu mano acá en mi pecho?

Al final, “si no eres lo máximo en todo para tu compañero de vida, siempre habrá un roto para un descocido, siempre habrá un seis pá un ocho”… y el primero que necesita amarse, sintiéndose el mejor sin que se lo digan, es uno.

Apología al amor.

Descubrí que tienes razón en todo, mi amor. No me queda más que ser honesta conmigo misma, amarme, cuidarme, abrazarme primero antes de entregarte todo, aún a cuenta gotas: todo para ti y yo detrás. No más, cariño. No lo mereces tú… mucho menos yo. Espero paciente la llegada de ese roto o descocido. Creí que tú eras el 6, el 11, o un 9, chance un 1. Me siento lista para esperar lo necesario por ese 8.

Gracias. Perdón. Lo siento. Te amo.

Te dejo ir.

Porque si hay algo que se queda (literalmente) grabado en mí, es que el final y el principio son ese espacio único que nos rehabilita y nos reinventa. Finciprio. Yo te pedí así, pedí esto, pedí amor honesto… libre. Lo tengo porque ahora lo comprendo, y es hasta ahora que puedo marcharme con lo más hermoso que me diste: la posibilidad.

Sí, es la segunda vez que pirateo estas (tus) palabras para ti, en esta ocasión con una intención opuesta. Hoy, un año después, el sol salió como todos los días pero diferente. Hoy, nos amo. Te amo, te quiero bonito más que ayer.

 

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