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Diario desde Buenos Aires by Fabiana Laffitte

Nuestra compañera la escritora Fabiana Laffitte continua con su Diario cada tres días desde el confinamiento en el Sur del continente -j re crivello editor

02- El don de vivir

Ante las restricciones derivadas de la amenaza expansiva de la pandemia del Covid-19, recordé una experiencia vivida por mi amigo Carlos con un maestro de yoga.

A principios de la década del ’70, Carlos solía visitar Plaza Francia en busca de pulmones de aire con suficiente oxígeno como para sobrellevar los límites a las libertades civiles que comenzaba a inquietar a muchos. En esa plaza del barrio de La Recoleta, frente a las viejas paredes de un asilo, se instalaron artesanos dando origen a una feria en la que tanto las expresiones artísticas como las artesanías que se exponían en mantas sobre el piso, daban cuenta de ideas y formas de vida vinculadas a la libertad, la subjetividad y la transgresión.

Fue allí donde encontró, en un diario impreso de distribución gratuita, un reportaje a un Yogi que afirmaba poder llevar a cualquier profano a desenvolver sus latentes facultades para ser capaz de aprovechar el auténtico don de vivir. Decía haber residido en Nashik, donde fue instruido en milenarias ciencias orientales que le permitieron acceder a dichos saberes.

Tentadora propuesta para mi joven amigo y su deseo de experiencias vitales quien, con el recorte del periódico en el bolsillo de su viejo gamulán, indagó durante varios días hasta dar con el lugar en el que el Yogi se reunía para difundir sus prácticas.

Al llegar, sus expectativas entraron en duda al no observar nada diferente a su universo conocido. Había almohadones y colchonetas distribuidas en un salón, una mujer pelirroja recibía instrucciones del Yogi que le entregaba unos papeles, algunas personas estaban sentadas en el suelo, nada extraordinario se vislumbraba en derredor. Carlos buscó un espacio lo más adelante que pudo y allí se ubicó. Las luces se atenuaron y el Yogi fue guiando al grupo, indicando posturas corporales y formas de respirar rítmicamente. Luego de 30 minutos de estas cuestiones, se fue iluminando la sala otra vez, y él se sintió bien pero aún más escéptico de que esas actividades le aportarían algo a las inquietudes que motivaron su visita. Se puso de pie y notó que el Yogi mirándolo a los ojos, le decía:

¿Usted sabe que tenemos la aptitud infinita de sufrir al igual que la de disfrutar?

Sí, claro que lo sé –respondió Carlos con rapidez. Pero en un contexto que me ha quitado la mayoría de mis posibilidades… Ese conocimiento es un pobre consuelo.

El Yogi bajó su cabeza en respetuosa reverencia. Carlos imitó el gesto a modo de saludo. La pelirroja, sonriente, le entregó uno de los papeles que tenía y que mi amigo guardó en algún bolsillo sin brindarle más atención, ya que solo pensaba qué lejos estaba el hecho de poder disfrutar de algo ante los problemas reales que le estaban restringiendo la vida en esos momentos.

Una semana después recordó lo sucedido y buscó el papel:

Usted sabe que tenemos la aptitud infinita de sufrir al igual que la de disfrutar.

Lo que parece desconocer es que no podemos ejercerlas juntas.

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