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EL INCREIBLE MUNDO DE YUPI by Rosa Marina González-Quevedo

imagen sacada de Pinterest

(Fragmento del libro inédito  Descabelladas narraciones de cronistas míticos)

Tengo un amigo intersexual que tuvo la intrepidez de nacer con un testículo y un ovario. Su madre quiso llamarle Hermafrodito; su padre, sin embargo ─previendo mofas evitables─ decidió ponerle el nombre de Júpiter, apelativo soberano que los más allegados hemos reducido cariñosamente al mote de «Yupi».

Para honra de la literatura popular, el susodicho es un tipo que tiende a narrar cuentos increíbles. Personalmente, pienso que quizás la capacidad de ser un prolífico narrador la deba más a sus experiencias inéditas que a la vanidad de considerarse ─mitológicamente hablando─ un semidiós. Porque, entre nosotros, ¿qué no habrá visto Yupi siendo cantinero de un bar de barrio?… No sé, pero a mi entender, no hacen falta excusas para incluirlo en estas Descabelladas narraciones de cronistas míticos cuya celebridad, algún día, será inmortalizada.

Refiero a continuación uno de sus relatos más recientes. Yo había bebido algo más de la cuenta, no lo niego. No obstante, pude anotar los pormenores de la historia en su totalidad:

Era una noche de jueves cuando aquella mujer entró y se sentó en la barra y pidió un tequila doble. Receloso, le pregunté que de dónde era. Y ella me empezó a contar un rollo de esos difíciles… Pero no le creí. Tomó tres tequilas. Y al cuarto, siendo ya las tres en punto de la mañana, apagué las luces. Entonces, entró en la cocina; obvió el innecesario preámbulo pasando, de inmediato, al juego duro: se quitó todo lo que llevaba puesto y se acostó boca abajo sobre la encimera. Tenía un tatuaje desde la nuca hasta la rabadilla. Me pidió que le acariciara el culo; empecé a darle masajes circulares en las nalgas (que eran duras y firmes) dejando escurrir, poco a poco, mi mano entre sus piernas… Y la gran sorpresa fue cuando se volvió y vi que ella era tan rara como yo. Me juró que, de pequeña, su madre la había dejado en un monte llamado Frigia y que, siendo mozuela, había sido seducida por un centauro, el cual, apiadándose de su belleza, en vez de donarle literalmente su mitad animal, le dio solo el pene del caballo… Afuera llovía y hacía un frío atroz y yo me limité a abrazarla (si acaso un abrazo tiene límites)… Pero tío, la verdad es que, de no haber visto con mis ojos lo que vi, habría seguido creyendo que no existe más de una versión para la misma historia…

─Sí, Yupi ─interrumpí─, en tu mundo (y en el de todos) las historias son como un camino por el que transitamos con pies diversos ─Tragué de un golpe el chupito de whisky.

─Eso que dices lo doy por cierto y verdad ─aseveró─. He visto de todo en este bar y puedo contar cosas que igual harían reír que llorar. Por ejemplo, ¿ves a ese hombre que lee en aquel rincón?… Es ciego desde hace tres años; perdió totalmente la visión en un accidente. Sin embargo, viene cada día a leer: agarra el periódico, lo abre y se lo pone por delante. Dice que igual da, que para él no ha cambiado ni el bar, ni mucho menos  las chorradas que  publican los diarios. Un sabio lector, tío.

Anoté también en mi cuaderno lo que acababa de contarme sobre el tal… Por cierto, ¿cómo se llamará el nuevo espécimen? A lo mejor lo incluyo entre los cronistas supervivientes a grandes epopeyas, esos que hablan del silencio que leen y describen el sabor de la incertidumbre que beben.

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