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Finalista I Premio MasticadoresdeLetras: LA CULPA DE LOS INOCENTES. by Ana de Lacalle

La buhardilla, en la que vivían, estaba abandonada y desperdiciada por los vecinos del inmueble. Sus reducidas dimensiones hacían de ella un espacio inservible como trastero para la comunidad y, por eso, decidieron ignorarla. Su única utilidad se limitaba a parapetar a los que habitaban en el ático del duro sol del verano y de los rigores del invierno.

Por eso, Jan, habiéndose apercibido de esa circunstancia, solicitó al portero que lo consultara con los vecinos y estos, en un alarde de piedad, dejaran que se alojara con su hermano pequeño. Jan contaba con doce años y Raúl con cinco. Obtener el beneplácito, les obligó a tener que justificar tal situación con el certificado de defunción de sus padres y, pactar que, si alguien los localizaba, pensando en los servicios sociales -sobre todo- ellos negarían haberles concedido permiso y los acusarían de haber ocupado el desván.

A Jan le pareció un gesto de generosidad y se aferró a él como a una dádiva divina, ya que no tenía otra alternativa que el cemento al aire libre de las calles o los recovecos rebuscados entre portales y centros comerciales. Esa posibilidad, y su perpetuación, le producía una arritmia que le dificultaba la respiración, y miedo. Mucho miedo. Un desamparo absoluto que los dejaba a merced de cualquier bravucón desalmado. Así es que, contento como si hubiera llegado la salvación definitiva, agradeció, incluso con reverencias, la noticia al presidente de la comunidad de vecinos y se pasó tres largos días adecentando y limpiando la mugre, que habitaba como única inquilina el espacio. Conforme iban limpiando, iban gritando al unísono: “¡Fuera porquería, ahora estamos nosotros!”. Incluso Raúl llegó a ponerle una cierta melodía machacona a la frase, que a Jan le pareció desternillante.

Pero, aunque al principio se sintieron en una especie de estado de algarabía continua, lo cierto es que las cosas no hacían más que empezar. Tenía que buscar una forma de ganarse la vida, para poder subsistir ambos. Con doce años, la búsqueda de un trabajo no era algo sencillo, más aún pensando que nunca había trabajado y que tendría que buscar algo que pudieran enseñarle con prontitud.

Al cuarto día de haberse instalado, bajó a hablar con el portero.

  • Hola, señor Benat ¿no necesitará por casualidad alguien que le eche una mano limpiando, sacando basuras o haciendo encargos de los vecinos?
  • Pues, sinceramente, no me iría mal. Pero eso depende de la comunidad y no creo que tengan previsto aumentar los gastos de portería.
  • Ah -dijo quedándose mohíno-
  • ¿Buscas trabajo, chaval?
  • Sí. La verdad es que algunos vecinos nos han dado muy amablemente algo de comida, pero tengo que poder sufragar nuestros propios gastos. Ya han hecho bastante con cedernos la buhardilla.
  • Lo siento, hijo; no puedo hacer nada, porque aún pensarán que no soy capaz de sacar adelante mi trabajo y pondré mi empleo en riesgo.
  • ¡No! Ni pensarlo; usted ha sido muy bueno con nosotros. Ya me espabilaré. Gracias, por todo.

El portero se quedó, mientras pasaba la mopa, algo afectado. No acababa de ver claro que esos niños tuvieran que estar solos y pudiesen salir adelante. Sabía que ellos tenían pavor a que los llevaran a un centro y los separaran, pero no veía alternativa razonable, ni creía que Jan fuese capaz de encontrar un trabajo ¿Quién iba a ocupar a un chico de doce años?

Pero, sorprendentemente, al cabo de unos días se cruzó nuevamente con el chico en la portería, que iba acompañado del peque. Le llamó la atención la pulcritud de la vestimenta que llevaban y que Jan le dijera que estaba buscando colegio para ambos el curso que viene, este ya lo daba por perdido. La reacción del señor Benat no se hizo esperar:

  • ¿Has encontrado trabajo?
  • Ah, sí. Me olvidé de comentárselo. El señor Narváez me ha ocupado limpiando su colección de objetos de plata, ordenando y limpiando los libros de su biblioteca que no quiere que toque la sirvienta y trabajitos que van saliendo.
  • ¿El presidente?
  • Sí. Además, me ha dicho que puedo ir al colegio porque las tareas puedo realizarlas al salir, o más tarde cuando me vaya mejor.
  • Pero… ¿Eso te da para vivir?
  • ¡Oh! Sí. Me paga quinientos euros a la semana y ya me ha dicho que habrá épocas en las que tendré más trabajo y otras menos. Incluso, ahorrando con el tiempo nos podemos plantear buscar un pisito. Vamos a ahorrar.
  • ¡Caramba! Qué generosidad la del señor. De hecho, yo no llego a ganar tanto como tú. Cierto es que cobro en especies los gastos de la vivienda y los suministros, pero bueno casi igual que vosotros. Aunque ¡no estoy comparando vuestra buhardilla con mi casa, eh!
  • Lo sé. No se preocupe. Nos vamos que tengo que subir a casa del señor Narváez.
  • Sí. Disculpa, hasta otro rato

El portero se quedó pensativo y extrañado ¿cómo podía ser que por los trabajos que había mencionado tuviera garantizada esa renta? No es que considerara al señor Narváez especialmente tacaño, pero tampoco ligeramente desprendido, como parecía comportarse con los chavales. Se le ocurrió que acaso le había anegado la pena por esos dos huérfanos desamparados, o incluso que a cierta edad necesitaba redimir sus pecados; sí, aquellos que seguramente le habían llevado al estatus social que ocupaba. Era su obra de caridad final, para compensar. A pesar de las justificaciones que buscaba para entender la conducta del presidente de la comunidad, algo restó como un ronroneo interior que le dificultaba desconectar de un asunto que tampoco era de su incumbencia.

Por su parte, Jan dejó a su hermano en la buhardilla entretenido con un álbum de cromos que le había comprado y bajó hasta el octavo piso que era donde vivía su mentor. El trayecto hasta la puerta del vecino se convertía para él en una especie de noria vertiginosa en la que sentía desde mareo hasta unas ganas de vomitar indescriptibles. Era, tal vez, el momento más difícil porque se arremolinaban en su mente muchas dudas sobre lo que estaba haciendo. Sabía que necesitaba el dinero, pero no podía con doce años discernir hasta qué punto uno puede vender su cuerpo al diablo, porque tras la carne que no es más que carne, se deterioraba progresivamente su interior, menoscabando la confianza en sí mismo y culpabilizándose del recurso fácil al que se había aferrado. Estas elucubraciones eran una trampa de su propia inmadurez mental, porque fácil no era lo que se había sentido obligado a hacer. Le estaba minando como persona, a un nivel que ni él mismo podía llegar a imaginar. Pero ¿Qué opciones tenía? Había comprobado que, de momento con su edad y sin haber acabado ni la educación obligatoria, su aspiración de hallar un trabajo era nítidamente ninguna. Le angustiaba el hecho de no ser capaz de aguantar esos años de margen que precisaba para poder resituarse laboralmente y largarse de aquel lugar indeseable con su hermano. Le ayudaba a resistir ver a su hermano tranquilo y feliz, porque evidentemente era ajeno a cuanto ocurría realmente.

Llegó al piso y tocó el timbre. Salió a abrir la criada que le anunció que el señor le aguardaba en la biblioteca. Jan de dirigió hacia allí, haciendo, ahora sí, un esfuerzo supino de mantenerse impertérrito sucediera lo que sucediera. Solo tenía que aguantar, inhibiéndose, saliendo mentalmente de su cuerpo y viajando con su imaginación, porque sabía que el viernes tendría esa recompensa que tanto necesitaba.

Al llegar saludó al señor y este le indicó que quería que se subiera a la escalera y limpiara, con un pequeño aspirador de mano el polvo, hoja por hoja, de los libros de historia situados en la estantería más alta. Jan, se dispuso a ello, cogiendo los utensilios y cuando estaba concentrado en su tarea notó como el señor Narváez iniciaba el recorrido por su cuerpo, que era de hecho por lo que le pagaba, aunque Jan, a su corta edad, pensara que eso era un añadido por el que tenía que pasar. Limpiaba e imaginaba qué vida querría llevar de mayor, intentando hacer caso omiso de lo que allí sucedía. El tiempo esculpió un escudo de indiferencia que, aparentemente, le hizo resistir impasible.

                            *************************

Pasaron los años, seis en concreto. Jan era un chico de dieciocho años casi sin rostro, con cara, pero sin expresividad alguna. Delgado, alto y de piel muy blanca que decidió alquilar, ahora que ya podía legalmente, un apartamento para él y su hermano, el cual ya contaba con diez años. Raúl no entendía muy bien el porqué tenían que abandonar esa buhardilla que habían acomodado a sus necesidades y en la que, al menos él, creía que eran felices. Pero, se había ido acostumbrando al trato seco y arisco de su hermano y a que no aceptara ninguna objeción a sus decisiones. Así es que, dócilmente contribuyó a preparar la mudanza una vez que encontraron una alternativa de alojamiento que sin estar tan próximo al centro escolar donde el pequeño cursaba la primaria, sí le permitía, al menos pensaba él, desplazarse andando durante media hora y no verse obligado a cambiar también de escuela. Cosa que, sin explicitarlo y como siempre Jan había tenido en cuenta para el bien de Raúl.

Ese traslado, pensaba Jan, le iba a permitir buscar un trabajo alternativo e intentar combinarlo con los estudios de algún módulo profesional. Aunque su obsesión era, sin duda encontrar una alternativa laboral. El señor Narváez no le abordaba sexualmente con tanta asiduidad. Los seis años no habían pasado en balde para él. Pero había cosificado e instrumentalizado al chaval de tal forma que lo consideraba algo más de su patrimonio y, nunca imaginó que Jan pudiera intentar abandonarlo. Estaba convencido de que, en el fondo, al chico también le gustaba y por tanto aquella práctica era una satisfacción mutua.

Pero el abuso y el sometimiento, aparte de generar dependencia en la víctima, va acumulando un odio y una ira que braman por desbordarse, y Jan lo tenía todo previsto. No era él quien iba a dejar al señor Narváez, sino este, el que dejaría a todos, el mundo, esa pervertida vida que lo había arrastrado a él, a ser una esfinge solitaria, incapaz de sentir nada, tan solo funcionar como un autómata programado para garantizar una vida digna para su hermano.

Llegado el momento, Jan le sugirió al señor Narváez que quizás ese día podía tomar un baño y experimentar cosas distintas. El semblante del depredador se iluminó, porque creyó entender que, esa primera iniciativa por parte del chaval era la confirmación de lo que ya sospechaba: el intercambio sexual era querido por ambos. Así que, sumido casi en una ensoñación, y con una sonrisa densa y relajada preparó la bañera, mientras le brindaba guiños a Jan y se relamía imaginando qué se le podría haber ocurrido al chaval, que era ya de hecho un hombre. Se desnudó, mientras se le iba empinando el pene y, siguiendo las instrucciones del chico, se introdujo en la bañera. Jan le rogó que se pusiera de espaldas porque iba a ver el paraíso. Habiéndose su mentor, volteado en la bañera, el chico se apresuró, sin que se apercibiera el señor Narváez, a coger el secador del pelo, enchufarlo y gritarle: ¡Eres un hijo de la gran puta, pervertido! Mientras lanzaba con toda la rabia y con un llanto irrefrenable el pequeño electrodoméstico encendido dentro de la bañera. Disfrutó, llorando con odio y mucha ira, del espectáculo de rayos luminosos y las sacudidas del cuerpo de su verdugo, hasta contemplar su estertor final. Se había acabado. Su tortura había tocado a su fin. Se calmó y salió a toda prisa del piso.  Trabajaba, ya hacía un mes, como cajero en una cadena de supermercados. De eso nunca llegó a enterarse el señor Narváez.

Al abandonar el edificio se topó con el portero. El señor Benat le saludó cordial y Jan le informó de que había ido a despedirse del señor Narváez porque había encontrado otro trabajo, algo con más futuro si lo hacía bien. Podía ascender a encargado, después coordinador de zona. El portero asintió y le dijo: “No sabes cuánto me alegro por ti, ya ha habido bastante”. La frase se incrustó como una lanza en el corazón de Jan, y temió que cuando se descubriera el cadáver este pudiera sugerir alguna hipótesis a la policía.

Mas, lo cierto es que, el cuerpo sin vida no se halló por parte de la sirvienta, que ahora ya solo acudía tres días a la semana, hasta dos días después. El portero explicó a la policía que el señor Narváez estaba algo deprimido porque tenía apadrinado a un par de chavales que, siendo ya más mayores, habían trasladado su vivienda a otro lugar y que eso para el pobre señor había sido un mazazo, un abandono que nunca previó que llegaría. El atestado de la policía reseñó las circunstancias y el suceso como un suicidio. Al funeral solo acudieron la sirvienta, el portero y los dos hermanos.

No obstante, Jan nunca pudo, ni supo liberarse del fantasma del señor Narváez, hasta el punto de que por las noches sentía sus manos acariciando su piel y se despertaba envuelto en sudor y lágrimas. Raúl que ya contaba con diecinueve años, convenció a su hermano de acudir a un médico. Notaba como aquella seriedad y rigidez que Jan había ido desarrollando se tornaba con el tiempo en una desidia. Desconocía qué pasaba por su cabeza, pero lo sentía tortuoso y como si hubiera sucumbido a un desánimo crónico. De hecho, estaba de baja laboral y ahora era Raúl quien se hacía cargo de las tareas domésticas, además de contribuir y compartir los gastos comunes.

La consulta al psiquiatra dejó a Raúl paralizado. El doctor, tras tres visitas de diagnóstico, insistió en la necesidad de ingresar a Jan para poder estabilizar su ánimo y afrontar, tanto con fármacos como con terapia, la esquizofrenia que padecía. El hermano pequeño, creció de golpe. Preguntó sin poder parar de indagar en qué consistía esa enfermedad mental, si tenía cura y qué se la había producido. El psiquiatra le respondió que la respuesta a algunas de sus preguntas se hallaba solo en la mente de Jan y que era toda una tarea arqueológica reconstruir el proceso que había desencadenado esa situación.

Tras acudir al centro de internamiento con Jan y dejarle en manos de una enfermera con su maleta, abandonó el recinto con una idea de la que no consiguió zafarse: está todo en la mente de Jan, quizás mera ficción, acaso la cruel realidad de la que él se había sentido protegido. Su hermano se había reducido a una mente atribulada que lo tenía recluido en una centrífuga congoja y desazón. Y Raúl sentía la impotencia, ascendiendo hasta el estómago, junto con cierta culpabilidad por no ser él, ahora que le necesitaba, alguien capaz de velar por su hermano y proporcionarle la paz y serenidad de la que él se había nutrido, acaso -pensaba- a costa de la salud mental de Jan.

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