Reseñas, Libros

Mujer y virginidad (Novedad Editorial)

LA SUICIDA, por Ángel Luis Fernández Sanz

Masticadores esta semana presenta una novedad editorial en la que participan los escritores/as:

Coordinación: Esther Tauroni Bernabeu

Autores/as: Ana De Lacalle Fernández- Patricia Crespo Alcalá- Juan José Ávila López- Carmen Sánchez Gijón- Gonzalo Alonso Vázquez- Elena Bautista Martín- Carmina Gordo Herrero- Maruxa Duart Herrero- Amparo Tamarit Valero- Mayelin Martínez Rodríguez- Dela Uvedoble- Gema Blasco Ferrer- Almudena Villalba Organero- Albertina Oria de Rueda- María Eugenia Plaza Martínez- Virginia García Hidalgo- Adelina Gimeno Navarro- Rosa Vázquez del Mercado Hernández- Amparo Pérez Gimeno- Arancha Naranjo Lumbreras- Susana Gisbert Grifo- Visa Promig- Ibán José Velázquez de Castro Castillo- Ángel Luis Fernández Sanz- María Asunción Vicente Valls- Mónica Calderón Fernández- Cristina Gracia Tenas- Eulalia Rubio Pérez- Carmen Martagón Enrique- Carmen Cardona Polo- Nicolás Puente Martínez- Alina Assenova- Paloma Jimena Medina- Mar Busquets-Mataix- Ricardo J. Montés Ferrero- Mercedes Boix Más- Ezequiel Barranco Moreno- Albert Gamundi Sr. yJorge Zarco Rodríguez

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Agradecemos a la Editorial y sus creadores la cesión, para publicar, de tres de los textos que lo componen, hoy les presentamos en exclusiva:

LA SUICIDA

Autor: Ángel Luis Fernández Sanz, Licenciado en Derecho Abogado. Asistente a Mujeres Víctimas de Violencia de Género. Escritor. Madrileño. Cáceres

No era guapa, ni era hermosa, sin embargo, todos me recuerdan adornada con flores, vestida con ricos ropajes y me consideran la imagen de la belleza que se desvanece.

Mi hermana era la heredera, la primogénita, destinada a un casamiento que la llevara a un palacio lejano.

El honor mancillado por ella, me convirtió en la hija deseada, en la flor que ofrecer a un arrogante que quisiera la dote prometida, a cambio de un título que borrara la mancha de mi estirpe.

Pasé a ocupar el puesto que nunca quise, y a olvidar mi futura vida de doncella, o de monja en un convento de clausura.

Siempre fui la hermana díscola, la rebelde que quería montar a horcajadas, que jugaba con las espadas y floretes, que cazaba ataviada con calzones y tocada con sombreros de ala ancha.

Pero tuve un amor arrebatado, un idilio de miradas y quereres, de cartas sin tinta y versos de paja.

Era pobre, “un pelele”, que cuidaba de la cuadra de la casa, pero se cruzaron un día nuestras miradas y el sol se oscureció con el reflejo del rayo certero que nos unió en un flechazo de por vida.

Las promesas de la corte, y el privilegio de parir a un rey, no borraron su imagen de mi mente, y mi propia madre, consciente del entuerto en que se encontraba aquel casamiento, sentenció el destino de nuestra causa.

No sirvieron de nada mis ruegos, y ver a mi amado desterrado sin otro pecado que un deseo que nacía de mis entrañas, y que me hacía sentir afortunada solo con verle le cara, me rompió el alma.

La puta virginidad.

Excusa de reyes, de moros herejes y curas de cilicio apretado.

¿Acaso una mujer virgen es más digna de un hombre que otra que no lo es?

Entregar tu primera sangre, y recibir por primera vez a un hombre, cuan ofrenda de carne, no puede ser honor alguno sino un tributo como hembras que Dios no dispuso en modo alguno.

¿Acaso el honor de una niña desdichada desposada con un viejo impotente, es mayor que el de una plebeya tomada en pernada?

Le llamáis honor y es deshonra, le llamáis virtud y es cobardía.

Los hombres buscan a una mujer ignorante, que no haya sentido, para que su mierda le sepa como la única comida digna.

Pero mi ama de cría me advirtió contra ello, me enseñó todo sobre amores, amantes y quereres, y observaba oculta en su alcoba sus manejos con soldados y esquiladores.

Cuerpos desnudos sin camisones ni zajones que ocultaran la piel y convirtieran el coito en un encuentro de sexos vergonzosos.

Gozo, fornicación, amancebamiento, concubinato.

Y soñaba con compartir aquellos gritos desgarrados en mis entrañas, con el hombre que elegí.

Pecado.

El sexo solo sirve para procrear, para apagar la concupiscencia del hombre.

El deseo en una mujer es motivo de acusarla de puta, de hija del pecado, de poseída por el demonio.

Y para evitarlo se creó la fe. El papel de sumisa, de entregada, de madre.

—Y si no vales para casar, serás monja, decía mi madre.

La virtud de la mujer entregada a Dios, guardada como un tesoro en un convento, donde acababan también las mancilladas, las desposeídas del virgo, y los hijos del pecado.

Incluso las reinas al casarse se debían a la obligación de engendrar, y obsesionadas con ello admitían amantes que ocuparan el lugar de sus impotentes maridos.

“Parirás con dolor, para que no olvides el poder del hombre”.

Brujas, malditas, bastardas.

No podían ser otra cosa aquellas que gozaran de otro modo, o que escribieran o leyeran lo prohibido. Las que yacieron con otra hembra, estaban condenadas.

Los hombres no podían soportar esa afrenta, e idearon juicios e instrumentos de tortura que arrancaran confesiones con las que calmar su inquietud, con las que atemorizar a las díscolas y advertirles del futuro que les esperaba.

Y vosotros escritores, no os atrevéis a contar amores de hembras, sino conquistas de hombres, y si alguna mujer coge una pluma y peca, acaban sus pergaminos en el fuego purificador que alivie vuestro ego. Y las pocas historias de mujeres que se rindieron al amor acaban en el olvido de los trovadores que las usan para atraer a los ignorantes.

Las iglesias como vigías observan lo escrito para que nada rompa el sereno reino del hombre, para que nada altere los designios divinos.

Y vosotros artistas, que mostráis el cuerpo de mujeres, desnudas y carnosas. Que esculpís el cuerpo de los hombres y en cambio ocultáis su miembro erecto, para que ninguna mujer pueda desear otra cosa que lo que tiene.

Retratos y vírgenes, santos y damas.

Cortesanas y putas que apagaran el deseo de ese rey que en cambio no engendraba.

Y hoy, en el día de mi boda, ataviada con mi traje de novia, escapada de palacio, acudí hasta el lago con el propósito de unirme para siempre con mi amado.

Unos me pintan en barca, otros en un lecho de flores, pero nada de eso es cierto.

Y aquí yazgo bajo la rama quebrada, dejando hundir mi cuerpo en las frías aguas que serán mi túmulo, que llevarán mi cuerpo a lo más hondo, donde no pueda ser encontrado. Para liberar mi alma y que corra libre en pos del amor que me han robado.

Y alzo mi brazo gritando al cielo para que no olvide mi duelo, y todos sepan que nunca quise ser esposa de otro que no fuera mi elegido.

Ofelia, hija de Rey, prometida de Rey, pero desposada con un hombre que ignora que mi ser se ha ido tras él.

Recordadme así, y romped las mentiras que os cuenten sobre mi vida, sobre mi destino, sobre mi querer.

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