Reseñas, Libros

Mujer y Virginidad -03 (novedad Editorial)

JUANA INÉS DE LA CRUZ –SAPIENTIA SOLA LIBERTAS EST, por María Asunción Vicente Valls

Masticadores esta semana presenta una novedad editorial en la que participan los escritores/as:

Coordinación: Esther Tauroni Bernabeu

Autores/as: Ana De Lacalle Fernández- Patricia Crespo Alcalá- Juan José Ávila López- Carmen Sánchez Gijón- Gonzalo Alonso Vázquez- Elena Bautista Martín- Carmina Gordo Herrero- Maruxa Duart Herrero- Amparo Tamarit Valero- Mayelin Martínez Rodríguez- Dela Uvedoble- Gema Blasco Ferrer- Almudena Villalba Organero- Albertina Oria de Rueda- María Eugenia Plaza Martínez- Virginia García Hidalgo- Adelina Gimeno Navarro- Rosa Vázquez del Mercado Hernández- Amparo Pérez Gimeno- Arancha Naranjo Lumbreras- Susana Gisbert Grifo- Visa Promig- Ibán José Velázquez de Castro Castillo- Ángel Luis Fernández Sanz- María Asunción Vicente Valls- Mónica Calderón Fernández- Cristina Gracia Tenas- Eulalia Rubio Pérez- Carmen Martagón Enrique- Carmen Cardona Polo- Nicolás Puente Martínez- Alina Assenova- Paloma Jimena Medina- Mar Busquets-Mataix- Ricardo J. Montés Ferrero- Mercedes Boix Más- Ezequiel Barranco Moreno- Albert Gamundi Sr. yJorge Zarco Rodríguez

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Agradecemos a la Editorial y sus creadores la cesión, para publicar, de tres de los textos que lo componen, hoy les presentamos en exclusiva:

JUANA INÉS DE LA CRUZ –SAPIENTIA SOLA LIBERTAS EST

Autora:  María Asunción Vicente Valls. Licenciada en Farmacia y Diplomada en Nutrición.  Farmacéutica. Escritora. Castellón de la Plana

                                                                                               Abril 1695

Hace semanas que los habitantes de Ciudad de México conocen la noticia, sor Juana Inés de la Cruz, la monja poeta, está gravemente enferma.

La jerónima, es una más de las religiosas que han enfermado de una pestilencia extraña. En este convento ya hace meses fallecieron siete monjas y otras tantas están ahora en situación crítica.

 Nadie sabe qué clase de mal mató a las religiosas, pero parece ser que podría tratarse de tifus o cólera; el convento de Santa Paula es un lugar propicio para ello, dentro viven muchas mujeres entre monjas, novicias, criadas, siervas y mulatas. Los entierros se llevan a cabo intramuros pero además al lado del convento pasa una acequia donde vierten las letrinas de la ciudad y cuando llueve las aguas negras invaden los sótanos del convento filtrándose por sus muros convirtiéndolo en un lugar insalubre.

Las hermanas que atienden a sor Juana desde hace días temen contagiarse, pero no dejan de cuidarla día y noche. Le aplican los remedios que prescribe el médico del convento asistido por un boticario y un cirujano. No cuenta este convento con botica propia como otros, son criados y esclavos los que se encargan de comprar los remedios en la botica de la ciudad. Se le aplican cataplasmas con mezclas de vinagre, nitro y alcanfor; jarabes de hierbas y diacodión, trozos de víbora con azafrán para mitigar su dolor y contra los delirios usan el agua de canela.

 Han llamado a su confesor porque su estado empeora y es momento de ponerse en paz con Dios, solo se escucha en el claustro los ecos de los rezos que se elevan al cielo por su salud, toda la ciudad está inmersa en un silencio que se interrumpe por las plegarias, sor Juana Inés sin embargo esta serena ante su muerte, desea confesión y entregar su alma al Altísimo.

Su confesor aparece en la puerta, es el fraile que la ha asistido en los últimos años, desde que dejó de ser su guía Antonio Núñez de Miranda un jesuita con prestigio como confesor y director espiritual de monjas, éste es un hombre afable y discreto que viste un hábito sencillo; sor Juana al verle esboza un gesto de alivio, el hombre se aproxima al lecho de dolor y se sienta a su lado mientras las monjas que la atienden se retiran discretamente al fondo de la celda. El fraile se inclina sobre ella y con voz suave la invita a empezar su confesión.

–        Padre, encomiéndeme a Dios, he sido la peor de las monjas que ha habido nunca, pido perdón y sólo deseo que me acoja en su seno.

–        Sor Juana, Dios es infinitamente misericordioso y escucha su confesión. Habla, hija mía…

–        He cometido muchos pecados, de los cuales me arrepiento, pero creo que son pecados menores a los que yo no les he dado importancia, sin embargo, hay algunos, de los que no estoy arrepentida porque son la consecuencia de la propia naturaleza con la que Dios me dotó y debo estarle agradecida por ello.

–        Sor Juana, si la carga del pecado es grande no tema, Nuestro Señor le ayudará a sobrellevarla, confiese en la seguridad del perdón.

Con esfuerzo y la ayuda de las monjas se incorpora levemente para tomar una postura que le alivie la fatiga.

—  Sabe vuestra reverencia que nací en Nepantla, pero luego viví en la hacienda de Panoayan con mi abuelo materno. Los padres de mi madre vinieron a estas tierras desde el sur de España; consiguieron con esfuerzo una buena posición pudiendo permitirse algunos lujos. Tenían una gran casa con una biblioteca donde me colaba de pequeña para mirar y acariciar los libros, el olor que desprendía el papel al pasar las páginas me fascinaba, me hacía pensar que estaban vivos; me escondía entre ellos sin reparar en las horas que pasaban; así que alguna vez me nalguearon al encontrarme allí, después de haberme estado buscando por toda la hacienda. Mi hermana mayor sí asistía a una escuela para conocer las letras, yo era muy pequeña todavía, me escapaba tras ella hasta que me descubrieron y me dejaron aprenderlas. Poco tiempo estuve con mis padres, mi padre nunca se casó con mi madre, no quise saber por qué, dicen que soy ilegitima igual que mis hermanas, pero quiero pensar que en sus últimos momentos nos reconoció, posiblemente fuera un hombre casado cuando conoció a mi madre y eso se lo impidió, él provenía de una familia que partió del norte de España hacia estas tierras lejanas, algo que daba mucho prestigio entre los criollos, porque implicaba limpieza de sangre.

El fraile pasea su mirada por la celda de Sor Juana mientras la escucha, una celda amplia y bien ventilada, por una puerta abierta puede ver su biblioteca y su mesa de trabajo donde se acumulan plumas y tinteros.

—En la hacienda conviví con indios y esclavos africanos, criaturas de Dios de los que aprendí muchos de los remedios que conozco y de los platillos que preparo, la comida en la hacienda siempre la preparaban las indias, fueron ellas las que me enseñaron las hierbas y las especias; de los esclavos negros me gustaban sus cantos africanos al caer la tarde cuando se retiraban a sus chamizos después de su trabajo.

Tiempo después me llevaron a la hacienda de los Mata, mis tíos, comerciantes muy bien relacionados con la corte y continué aprendiendo todo aquello que era propio de mujer, tejer, bordar, y lecturas devotas. Fueron mi primera familia y los que me introdujeron en la corte en cuanto comenzaron a conocerse mis talentos en el arte de componer versos, descubriendo que tenía una gran facilidad para las letras tanto sacras como profanas. 

Sor Juana se para para tomar aire y pedir agua, su respiración es cada vez más agitada, intentando buscar el oxígeno vital como un pececillo varado en la orilla del mar.

—Entré a formar parte de la corte de los Virreyes de Mancera, cuando debía tener unos quince o dieciséis años, solo en América se podía ser hija ilegítima y protegida de virreyes, en una corte que era la más fastuosa y prestigiosa de cuantas hubo en Nueva España.

Era joven, graciosa, guapa, atractiva y muy inteligente por tanto era también vanidosa y orgullosa. Formaba parte de una vida entre festiva y ociosa en la que servía para engalanar la corte de Virrey destacando por mi formación intelectual y mi elocuencia.

Mi amistad con la virreina Doña Leonor Carreto, fue mucho más que una amistad; yo sentía devoción por ella, por su hermosura, su donaire, buen gusto y su interés por las artes que cultivaba con la misma pasión que yo. Le dediqué encendidos poemas a su persona, a su beldad y la hermosa arquitectura de su cuerpo así como a su fina inteligencia. Fue una mujer que siempre me protegió y aconsejó sabiamente y si esa adoración que sentí por ella es un pecado, no me arrepiento de él. ¿Acaso el agradecimiento puede ser pecado?

Nunca tuve ningún interés en el matrimonio, no me atraía en absoluto, aunque participé en galanteos de palacio junto con las damas y hombres casados, este era un lugar dónde no se prodigaban los hombres solteros, al no tener aún la jerarquía suficiente para servir en la corte.

Los flirteos, miradas, piropos, obsequios y fugaces encuentros amorosos terminaban cuando la dama se casaba, pero nada de esto me interesaba y conservaba intacta mi virginidad. Un buen matrimonio, se presentaba difícil para mí por ser ilegitima, pero no era ninguna preocupación; mi virginidad debía entregarse a otros ideales más elevados y menos terrenales.

No alcanza el confesor con su vista a conocer que libros atesora sor Juana en su estudio, intenta leer las gruesas letras de los lomos y le parece ver nombres que ni siquiera conoce: Summa Conciliorum …Magister Sententiarum… no puede leer más; mientras sor Juana sigue relatando su vida.

 —Un hombre apareció entonces para cambiar mi vida, el confesor de los virreyes, el jesuita Antonio Núñez de Miranda. Admiraba mucho mis poemas y villancicos; le hice saber mi deseo de aprender latín para poder leer más obras y accedió a mis deseos, fue él mismo quien aconsejó a la virreina para proporcionarme un bachiller en la persona de Martin de Olivas. Muchos fueron los conocimientos que adquirí con este bachiller, aunque estaba algo asustada porque había oído hablar del acoso que sufrían algunas jóvenes por parte de sus enseñantes, cosa que me repugnaba.  Pese a mi hermosura en todo su esplendor en aquella época, no intentó nunca comprometerme, pero yo le hice saber a la virreina la importancia de dar preparación a las mujeres para poder educar a sus congéneres. Mi virginidad seguía a salvo.

 Mis capacidades asombraban día a día, y mi notoriedad iba en aumento, si eso es pecado, no me arrepiento padre, es fruto de mi deseo irrefrenable de conocimientos, y quién sino Dios ha infundido en mí ese deseo, ¿cómo puede ser pecado?

Yo no tenía vocación ninguna para el convento, me gustaban las fiestas y la cháchara y el ambiente mundano de la corte, pero en mí había un gran dilema, no podía hacerme hombre, pues había nacido mujer, pero quería saber, poder estudiar y no tenía ningún interés en casarme pues no soy “mujer qué a ningún hombre, de mujer pueda servirle.”

Alcanza a ver encima del escritorio de la monja un pequeño retrato, que va escrutando y le parece desde la lejanía que no se trata de un cuadro religioso…Parece una mujer en traje de corte, ¿sor Juana? ¿su vanidad llegaría a tanto? Vuelve la mirada hacia la enferma concentrándose en sus palabras.

  —  Los cortesanos me encontraban elocuente, carismática y sumamente atractiva, todos hubieran querido asaltar mi virginidad pero, ésta estaba destinada a un fin superior.

 Núñez empezó a seducirme con la idea de servir a Dios, un honor supremo para una mujer como yo, con la idea de conseguir para su iglesia un trofeo que le gustaba alcanzar; contar en sus filas con la mujer más brillante de Nueva España y no cejó ni un solo día en el empeño. 

Tenía que decidirme, la vida conventual era bien distinta según el convento, pero en el fondo lo que yo deseaba era tener tiempo para el estudio, gozar de libertad para leer y seguir aprendiendo, pero tendría que vivir en comunidad y tal vez mis obligaciones de monja me restarían ese tiempo precioso que anhelaba con el disfrute del sosegado silencio de mis letras. ¿Qué podía hacer? A los conventos iban mujeres desilusionadas del amor, jóvenes forzadas por sus padres para alejarlas de amores no deseados, nobles sin dote, solteronas que estaban descartadas socialmente… Dudé, mucho, muchísimo; pero al fin creí qué si quería ser yo misma, solo el claustro podría proporcionarme esa tranquilidad que deseaba para escribir y leer, solo la sabiduría tendría el honor de recibir la ofrenda de mi virginidad.

Sor Juana se detiene de nuevo y esboza una mueca de dolor, la carne de víbora aplicada a su piel no consigue mitigarlo ni un ápice, solo desea que pronto todo termine.

 — Núñez fue el hombre más importante de mi vida, no sé si llegó a sentir atracción carnal por mí, creo que sí, sin embargo, nada sentí nunca por él. Conocido era que se imponía rigurosísimas mortificaciones y se disciplinaba cada tres días con setenta y tres azotes manchando de sangre puertas y paredes. ¿Tendría que dominar su deseo por mi?    Cuando le comunique mi decisión, la recibió con alborozo, pensaba convertirme en una escritora dedicada a las letras divinas y yo no estaba dispuesta a eso. Tampoco me arrepiento de ello, padre. Núñez quería dirigir todo cuanto hacía, pensaba o escribía, ejercía sobre mí una vigilancia severa, pretendía conocer hasta lo más profundo de mi alma en su papel de confesor, puse mi empeño en que dejara de serlo después de diez años y entonces me sentí libre para escribir mis obras, las que más fama me dieron gracias a la libertad que encontré.

 Era dueña de mi libre albedrio y sería responsable de mis actos en este mundo y en el otro, mi facilidad para dominar las letras era un regalo de Dios, un don que había recibido de su infinita magnificencia, no una tentación del diablo como pretendía hacerme creer mi confesor.

 Los poemas liricos amorosos, burlescos, el teatro profano, las relaciones entre hombres y mujeres era lo que más me interesaba, tenía a mis maestros, Ovidio, Virgilio, Homero, Petrarca… y tantos otros que inspiraban mis textos. Pero me estoy desviando, padre, deseo contar tantas cosas…

Piensa el padre confesor que la monja ha tenido una vida atribulada con crisis que ponían en peligro su vocación, como tantas otras religiosas sometidas a los rigores del claustro, pero le sorprende su falta de arrepentimiento y la seguridad de sus argumentos.

— Mi primer convento fue de carmelitas, el convento de San José era muy severo, no podía tener sirvientas y tenía que ocuparme de tareas que impedían que me dedicara al estudio, se comía mal, ni carne de puerco ni chocolate, no resistí esa tortura y a los tres meses deje aquel lugar; no podía soportar el rigor del Carmelo. Enfermé y me recuperé en la corte junto a mi amiga y mentora la virreina. Núñez insistía en mi retorno a la vida conventual, mientras yo seguía haciendo poemas y villancicos.  Cuando decidí volver a la vida de monja opté por el convento de Santa          Paula, el primero de la orden jerónima en Nueva España, allí podía llevar, una vida particular y tener a una mulata regalo de mi madre por sirvienta, además el convento tenía domésticas, locutorios, enfermería, confesionarios, comulgatorios… Al principio entré como seglar mientras meditaba si profesaba o no, como otras muchas jóvenes que lo hacían para educarse.

 Cada día aumentaba más mi fascinación por la vida intelectual y mi sed de libros era insaciable, solo me gustaba colaborar en la cocina inventado guisos que las monjas comían con alguna prevención, yo no comía queso jamás, una de mis indias de Panoayan me había dicho que mermaba la capacidad de aprender y eso me horrorizaba.

 Me convertí en la mejor sonetista de América y aunque no era de origen noble, la opinión general era que mi talento ennoblecía las letras. Núñez consideraba que una mujer tan inteligente, bella y carismática debía enclaustrarse de por vida y no exhibir sus dotes, a mí me parecía una crueldad y un desatino, ¿por ser mujer habría de ocultar mis habilidades, dedicarme a escribir villancicos y pasar mis días entre vísperas y maitines?

Al fin profesé como monja jerónima con mi dote de tres mil pesos en oro que pagó Don Pedro Velázquez de la Cadena, caballero de la orden de Santiago, militar de prestigio y casado con una pariente del segundo amante de mi madre.

 Iba a iniciar mi vida monjil con una celda de dos pisos que contaba con alcoba, estudio, una estancia de recibir, mi propia cocina y un baño. De noche casi no dormía, me gustaba el silencio y aprovechaba la noche para leer, estudiar y escribir sin que nadie me molestase, tampoco rezaba cuando me iba a la cama, mi mente no podía, pensaba en nuevos sonetos, en libros, en los nuevos avances que la ciencia iba dando a conocer al mundo; me rodee de objetos científicos al uso, tenía un telescopio que hacía mis delicias en las noches claras, observando las estrellas, así me sentía más cerca de Dios; ni siquiera el sueño conseguía liberarme de mi imaginación desbordada. Llegué a tener más de cuatro mil libros en mi biblioteca y cuando podía me gustaba más cocinar que rezar,  estoy convencida que tampoco esto es pecado, cocinaba para mis hermanas enfermas y experimentaba con nuevos ingredientes; empecé a mezclar productos de mi país, tomates, chiles, vainilla, maíz con otros que traían de Europa como cebollas, ajos y canela consiguiendo nuevos sabores que hacían los platillos más apetitosos, anotándolo  todo para que luego mis hermanas los pudieran preparar de nuevo. Pero a pesar de esto mis compañeras no me comprendían, no entendían porque necesitaba tiempo y tranquilidad para estudiar y escribir, me sentí aislada de las demás pero no admití nunca que se dijera que dedicaba demasiadas horas a mis cosas en detrimento de mis tareas religiosas, no era verdad. Me defendía argumentando que no estaba detrás de una reja murmurando y hablando disparates, empleaba mejor el tiempo gastándolo en estudiar, cosa que no es pecado pues Dios me inclinó a eso y no iba contra su ley santísima ni contra mi obligación de monja.

Mi sala era cada vez más visitada por personajes importantes que venían en busca de mi erudición y mi consejo, ¿mi pecado era de vanidad y de soberbia? No, no lo creo, lo hacía pensando en difundir los conocimientos, hacer que todo hombre o mujer tuviera el mismo derecho a conocer y saber. La desigualdad entre hombres y mujeres me parecía terrible y es aceptada por los hombres manteniéndose por la violencia que los más fuertes ejercen sobre los débiles, he luchado desde mis letras contra esa injusticia desde mi locutorio.

Una mujer complicada piensa el fraile, debería haber dedicado todo ese tiempo en lugar de al estudio profano, al rezo y a la penitencia.

 — Cuando llegaron a México los nuevos virreyes me encargaron hacer los poemas de un arco triunfal para su recibimiento, que apreció grandemente la nueva virreina, visitándome en San Jerónimo para conocerme. A partir de ese momento comenzó un estrecho vínculo entre nosotras que se hizo más profundo a medida que se sucedían las visitas al convento. Tuve la gran fortuna de gozar en poco tiempo de la amistad de dos virreinas cultísimas y amantes de las artes que me protegieron y estimularon.

María Luisa Manrique de Lara y Gonzaga, condesa de Paredes era una belleza de ojos azules, que llenó de luz mi locutorio. Nuestra intimidad no podía pasar de lo estrictamente correcto, pero nuestras confidencias iban mucho más lejos, le escribí bellísimos poemas y cartas encendidas que ella me correspondía, fue el nuestro un amor silencioso y casto, del que solo se hallaran las pruebas de mis cartas dirigidas a su persona con un nombre supuesto. Cuando partió de nuevo a España seguimos escribiéndonos, yo trascribiendo en versos el dolor de la ausencia del ser amado y ella correspondiéndome con la publicación de mis obras al otro lado del mar. Era mi alma gemela, misma edad, ambas lectoras de poesía y escritoras de versos, lástima que nuestro amor fuera nuestra condena. Ella fue mi compañera ideal y me alivió de estar rodeada de monjas con escasa cultura. Cuando mi ¨Lisi¨ se fue, todo volvió a ser como antes. ¿Acaso, padre es pecado amar? ¿Quién sino Él pone en nosotros el amor?

Ya sabe a quién pertenece el retrato que le mira desde el escritorio de sor Juana, es el de una mujer bella, ataviada con un riquísimo vestido de brocado dorado con encajes, pelo oscuro que cae en ligeras ondas sobre sus hombros, y con un rico joyel en el pecho, es la Condesa de Paredes.

 — Empezaron a obligarme a dejar las letras, intimidada constantemente por Núñez, con todo el alto clero novohispano lanzado en mi contra, con el arzobispo Aguiar y Seijas a la cabeza, un hombre que odiaba a las mujeres, meros objetos que convenía mantener en la ignorancia para dominar sus voluntades.

 Durante los veintisiete años que he vivido enclaustrada puedo decir que soy una creyente católica convencida, he cumplido mis obligaciones de monja, he acudido al coro, rezado, ayunado, administrado el convento, cocinado para mis hermanas y he escrito obras religiosas en las que invito a practicar la disciplina de los conventos, pero no he conseguido adaptarme a la vida comunitaria, a monjas chismosas y ignorantes, a prioras y confesores que cuestionaban mi deseo de conocer el saber humanístico y científico de la época, odiando que disfrutara tanto con la lectura y escritura de versos profanos que no causaban ningún mal a nadie. Dios me ha dado estos dones para mi beneficio y su mayor gloria. 

¿He de arrepentirme padre de haber recibido esos regalos de Dios?

Cansada de luchar contra la incomprensión, a pesar del éxito de mis obras comencé a sentir temor de la inquina de personas y prelados, que no podían digerir mi fama. Decidí hacer un segundo noviciado y retirarme de las letras, lo escrito por mí daría testimonio de mi vida, Dios había sido generoso conmigo y me había permitido acceder al conocimiento con las facultades que había derramado sobre mí, ahora me correspondía devolverle parte de mi tiempo ya que creí que lo que había hecho como monja no era suficiente para demostrarle todo mi agradecimiento por los inmensos dones que había recibido del Cielo.

Me retiré a la oración, vendí muchos de mis libros, tenían que iluminar otras mentes, marcar nuevos caminos. Sé que Dios siempre ha estado conmigo, encomiendo mi alma a su divina misericordia, sé que mis pecados no le parecerán tan importantes como les parecen a los hombres, yo he sido fiel al mandato que Él me dio, al dotarme de un cerebro para pensar; he pasado mi vida encerrada en un claustro, pero merced a los libros he sido la más libre de las mujeres, no he conocido marido ni gozado de los placeres carnales, he conocido el amor, en la persona de una extraordinaria mujer que me comprendió y amó sin que el deseo carnal nos venciera; creo padre que puedo morir en paz en la confianza de reencontrarme con el Altísimo, no tengo temor alguno sé que se me concederá entrar en el paraíso donde contemplaré los jardines de Dios inundados de estrellas.

 Sor Juana ha quedado exhausta, tras su postrera confesión, más bien un relato de su vida en el que ha abierto su corazón, cierra los ojos lentamente, el fraile pronuncia sus letanías y rezos, mientras en un leve susurro casi imperceptible puede articular un poema que la acompaña en su tránsito mientras dirige su cansada mirada al rincón de su escritorio.

Ser mujer, ni estar ausente,

No es de amarte impedimento,

Pues sabes tú que las almas

Distancia ignoran y sexo.

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