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Memento mori -01 by Jordi Mascaro

Presentamos a un nuevo colaborador de Masticadores y su agenda cultural. Vive en Vilanova i La Geltrú (Bracelona). Es apasionado de su ciudad y su gente. Próximamente colaborará en las actividades de MasticadoresDay que se realizarán en el Castillo de su familia. -j re crivello


Haría unas dos horas que había pasado medianoche, y sin tener muy claro porque me dirigía hacia allí, hacía allí iba.

Pulsé el timbre, me aparté lo suficiente para no ser visto por la sórdida cámara, y tras varios sonoros latidos, se escuchó un familiar ruido indicando que era bienvenido. Seguí el camino de piedras del jardín, y como si en lugar de haber susurrado “jodida Velia”, hubiera dicho “ábrete Sésamo”, la puerta se abrió. Durante el espacio menor a un segundo pero mayor que mil palabras, nuestros ojos se cruzaron; luego ella bajó la mirada como si hubiera visto una moneda en el suelo.

–Pasa –saludó.

La cocina estaba oscura; solo iluminada por el verdor brillo de las luces de la nevera y el rojizo del microondas. Entré primero, y luego ella, y fue girarme, que se hizo la luz. Esta vez no pudo evitar mi mirada. Sus grises ojos estaban también rojos y vidriosos. Su negro y rizado pelo estaba revuelto y desordenado, en consonancia con su mirada, anhelante ya, por las pastillas que me había pedido que le trajera. Pensé en jugar un poco con ella, decirle: “¿Por qué debería dártelo? ¿Qué me ofreces a cambio? ¿Tengo cara de chico de los recados?” Pero al final algo me hizo desistir; y por esa vez tan solo se lo di sin juegos de por medio.

Me volví para contemplarla. Inspirar-expirar. El movimiento de su caja torácica hacía unos minutos que seguía el mismo ritmo. Ella durmiendo tan plácidamente, yo, desvelado por completo. Se había dejado besar y penetrar. Eso en si mismo no era una mala noticia, el problema vino luego, al percatarme, poco después de girarse, que esa fue la retribución que buena y cortésmente me ofreció a cambio del viaje. Bueno, el viaje y transportes ya estaban hechos, así que un polvo por las molestias no está tan mal, me dije, pero como eso no acababa de convencerme aun intentándolo, me contenté en jugar con sus preciosos rizos. Parecían infinitos, como una paradoja en que se daban vida a si mismos. Meticulosamente aparté los tirabuzones revelándose así su cuello. Con las yemas lo acaricié sintiendo su fragilidad y también el poder que ejercía sobre mí a la vez: seguí la vena azul que resplandecía en él, y continué hacia su espalda; la espalda más femenina que pudiera existir, con el premio de unas pocas pecas en que tantas otras veces me había perdido al buscarlas. Pero ya las había encontrado todas…

Resoplé en parte para calmarme, en parte con la esperanza de que el ruido la despertara. Volví a resoplar. Miraba su cuello y luego miraba el techo de la habitación marcando los suspiros cuando observar uno o lo otro. Cogí aire con todas mis fuerzas, reteniéndolo, con los ojos abiertos y aparente inmovilidad mientras seguía observándolo. Resoplé por última vez, pero esta vez con resignación cristiana. Me levanté y salí al balcón.

Una vez en el balcón lo primero que hice fue volver a entrar para coger la cajetilla de tabaco.

De vuelta al balcón me encendí el cigarro que tanto necesitaba. La primera calada fue hecha con la más pura y simple necesidad. Me apoyé en la barandilla, y así estuve contemplando las pocas estrellas que se vislumbraban en esa oscura noche.

–Guau guau –Ladré.

Me sentí como un perro que marca territorio. Quizá es así como se siente Aurelio y por eso se mea por toda la casa, me dije. Me entretuve con el segundo y tercer cigarro escuchando a las cigarras llorar.

Entré de nuevo y vi que Velia seguía aspirando-expirando; con lo que pronto llegué a la conclusión de que seguía viva. Aparté un rizo que le cruzaba la cara y la besé en la frente.

Volví a tumbarme donde poco antes yacía, el calor corporal seguía ahí, aunque tenue ya. Con los brazos cruzados sobre el pecho y observando el techo, fue como pasaron los siguientes minutos. Al fin, di media vuelta hacia ella. Le pasé el brazo por encima y llevé la mano hacia su pecho. Cerré los ojos sintiendo sus latidos.

–Tengo que aprender Morse… –Susurré, o quizá solo lo pensé.

De golpe, una larga pausa.

Dejé de respirar y abrí los ojos esperando que ocurriría a continuación, y así, volví a sentirlo. Paralizado para cerciorarme de que real, esperé, y en efecto, si bien débilmente, su corazón se movía. El mío no, no débilmente, sino con el frenesí de una rueda que gira y gira demasiado deprisa a punto de salirse de los ejes.

Mientras mi cuerpo empezaba un movimiento rítmico algo revelador empecé a recorrer el suyo. Por su espalda buscando y presionando y besando sus pecas como si fueran botones de On-Off. Mientras una mano seguía ocupada en su pecho la otra estaba en el cuello. Poco a poco me fui concentrando más y más en el cuello. Lo que empezó como caricias podría decirse que evolucionó. Lo que empezó como caricias se transformó en las dos manos cerradas en torno a él. Al percatarme, me quedé paralizado, como a la espera, en silencio, agazapado. No respiraba, el corazón antes impetuoso parecía haber perdido su fuerza: con los ojos abiertos y sin parpadear y la boca entreabierta observándolo, concentrándome en captar la poca luz que provenía de la ventana, sentí los labios secos, y poniéndole remedio con la lengua, así fue como volvió el movimiento, mi corazón volvió latir, y también poco a poco la presión aumentaba.

¿Qué hacer? Matarla era una opción cada vez más real. Solo tenía que seguir apretando más y más fuerte ¿Qué podía suceder? Si despertaba o gemía la duda podría asomar en mí, al igual que la determinación de llegar hasta el final.

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