narrativa

SUEÑO 4. GEMELOS

By Paula Castillo Monreal

         Iban de la mano. Desnudos pese al frío. No se les veía tiritar. Tampoco tiraba uno del otro. Caminaban al unísono, levantaban las rodillas de una manera exagerada, y las dejaban caer dando un pisotón fuerte, casi en el mismo sitio en el que las habían levantado. Eran unos pasos muy cortos, enérgicos, con aire marcial. Yo los miraba de lejos. Había empotrado el coche en la tapia de Zaca. La enredadera roja se había metido por el parabrisas y crecía a sus anchas. Desde la loma los vi saliendo de la piscina, sus cuerpos transparentes me llamaron la atención. Todavía mareado por el golpe, me acerqué por si necesitaban algo, no tendrían más de diez años. Extremadamente flacos y   transparentes, se podía ver el bosque a través de sus cuerpos. El musgo amarrado a los troncos de los pinos, la humedad que descendía lamiendo la ladera.

            –¡Niños! –los llamé.

            Volvieron su cara a la vez. Por la frente les caía un flequillo tupido, uno rojo y otro negro. El pelo les crecía desde la mitad del cráneo; en la otra mitad, blanco como la cera, les escurría el agua. El del flequillo rojo me miró con sus ojos negros, atravesándome. El otro, me atravesó en azul. A pesar de acercarse el invierno, de la boca les salían margaritas, que yo intentaba recoger para hacer un ramo. Me dieron la espalda y continuaron su marcha. Ocupado en terminar de anudar el ramo no los vi tirarse al agua. Continuaron de la mano llevados por la corriente que descendía con furia allí arriba. Corrí tras ellos, pero el agua, cada vez más turbia, les hizo desaparecer. Ahora me había quedado allí solo, sin coche y sin los gemelos. Algo parecido a una náusea me sobrevino.

            –No se preocupe –me dicen–. Cuando se despierte no se acordará de nada.

Y se apresuran a coserme la grieta.

            –Ha bebido más de la cuenta –escuché que decían.

            –No, ya estoy bien –balbuceé.

            Me despierto. Tengo la mano izquierda vendada y un fuerte dolor de cabeza. Estoy en una cama de hospital, pero no me acuerdo de nada. Solo de la llamada de Elisa. Intento levantarme; me vuelvo a tumbar. Cierro los ojos; entre los dos me inmovilizan las piernas. Me tapan la cara hasta asfixiarme y caigo. Mientras voy cayendo escucho un grito que me tira de la piel en un estremecimiento. Un segundo grito hace que mis ojos me miren, y en el tercero reconozco a los gemelos que desde abajo sonríen.

–Todo ha salido muy bien –me dice la enfermera. No tiene nada de lo que preocuparse. Su mujer está en la habitación de al lado descansando. En cuanto se recupere le llevaremos a ver a las niñas.

            –¿Las niñas?

            –Si. Es usted padre de dos gemelas preciosas.

(Continuará próximo Lunes)

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