narrativa

Azul marino Por Alicia Trujillo

—Figúrese que ella estaba en la entrada de la habitación de espaldas a la puerta sin dejar de mover los labios, pero mi pensamiento no podía concentrarse en las palabras que brotaban de su boca sino en el gesto que hacía una y otra vez con sus dedos, ¡tan grotesco! Nunca la gordura de éstos me había impactado de esa manera. En ese momento supe que el amor había terminado.

»No me mire así. Fue una señal muy clara. Así que me levanté de la cama, busqué la maleta gris de mi último viaje y comencé a doblar meticulosamente cada una de mis prendas: primero los pantalones largos, luego… ¿que qué hizo ella? La verdad no lo sé porque al empezar a colocar las camisas me di cuenta de que en mi armario solo había dos de color azul marino, y eso no podía ser, tengo muchas más, así que bajé para preguntarle a Magda qué había hecho con ellas, pero no estaba en su cuarto, entonces se lo comenté a mi mujer, y se quedó tiesa como una piedra, incapaz de responder, eso hizo que me exasperara aún más. Fui al cuarto donde está la secadora y la plancha y me encontré con una pila de ropa acumulada, entre ellas mis camisas ¡Desde cuándo esa chica no hacía su trabajo! No entiendo para que le pagamos, le dije a Claudia. Sí, ella seguía sin pronunciar palabra, y he de confesar que disfruté de su silencio. Claro que no duró mucho, comenzó a perseguirme por toda la casa con la mirada desencajada. Yo le expliqué lo más en calma que pude que no había marcha atrás, que de ahora en adelante no soportaría ver sus manos, y aunque no las viera, no podría borrar de mi mente la repulsión que sentí, que lo primero que pensaría al llegar del trabajo y ver la cena sobre la mesa sería en sus manos mientras cocinaba, y se me quitaría el hambre, ¡ni qué decir de sus caricias!, pero ella no lo entendía y elevaba la voz cada vez más hasta mezclar gritos con lágrimas, no dejaba de repetir que era un sinsentido lo que yo decía, que carecía de lógica. ¡Lógica!, me hizo gracia que eligiera esa palabra, precisamente esa, ¿desde cuándo el drama de la existencia ha tenido lógica? O para ser más exacto, dónde está la lógica en habernos conocido antes de los veintidós años y por unas cuentas noches de pasión desenfrenada decidir atarnos el uno con el otro toda una vida…, aunque no le dije nada de eso, lo pensé para mis adentros, y ya en mi desesperación decidí bajar otra vez y plancharme yo mismo las camisas, no podía postergar más aquella situación.

«Bien, pues conecté el enchufe de la plancha a la pared, y tuve que esperar unos cuatro minutos hasta que se calentara el agua y comenzara a salir el vapor, por lo visto nuestra plancha es de última tecnología, esto lo sé porque Claudia insistió bastante en que la comprara argumentando que por algo será la más cara del mercado. No, no me estoy desviando, se lo comento porque es importante. Verá, la supuesta maravillosa máquina dejó bastante que desear, mi camisa seguía arrugada después de pasarla dos veces, le dije a Claudia que si había reparado en la evidente ineficacia de ésta. Sí, ella seguía llorando, pero ya me conoces, no me conmueven las lágrimas, ¿qué puedo hacer? Tantos años de terapia y no logro avanzar en esa área, que no le estoy reclamando ni mucho menos eh, sabe que a mí no me causa conflicto, en fin, por lo visto mi alusión a la plancha hizo que se disparara su histeria: su cara de mártir de hace unos segundos se tornó en un rostro rebosante de ira, los dientes se apretujaron cual cuadrilla de soldados en posición de guardia, las lágrimas se detuvieron en seco, todos sus músculos en tensión, y sus dedos agarrotados, ¡por el amor de dios!, ¡sus dedos, otra vez ese gesto! De inmediato noté las gotas de sudor formándose en mi frente, y el latir de mi corazón, que siempre es sosegado, comenzó a golpear mi pecho y a subir de intensidad gradualmente, no sé, sentí toda clase de sensaciones extrañas, tal fue mi desconcierto que cuando volví en mí vi que la manga izquierda de la camisa estaba achicharrada, había dejado demasiado tiempo la plancha encima. Paradójicamente, no reaccioné. Y no lo entiendo porque no me paralizo ante situaciones catastróficas, no sería el excelente cirujano que soy, sin embargo, en esa ocasión mi cuerpo no respondió, es más, fue Claudia quien quitó la plancha, desconectó el cable y comenzó a examinar la camisa de cerca para comprobar hasta dónde llegaba el daño. También te la has cargado, como a nuestra relación, dijo con un tono seco, carente del torbellino de emociones anterior. Antes de darse la vuelta y cerrar la puerta de un portazo, la tiró al suelo. Esa imagen se quedó fijada en mi cerebro: sus dedos agarrando mi camisa. Por cierto, veo que se está terminando el tiempo de la sesión, así que le comento rápido lo más importante: al cabo de unos minutos salí del cuarto dejando atrás las camisas azul marino que quedaban por planchar, terminé de meter en la maleta lo que me faltaba, que eran los calcetines, mi maletín de aseo y la ropa deportiva. Decidí que mis libros y demás los recogería otro día. No, Claudia no estaba en casa, no se adonde se habría ido. Pues eso, cerré la maleta y fui al hotel donde me estoy quedando ahora mientras pienso en el siguiente paso a seguir. Lo que me tiene muy angustiado, es que, desde esa tarde, he sido incapaz de ponerme una camisa azul marino. Lo he intentado, pero cuando estoy abrochándome los botones, el recuerdo de sus dedos sobre ella me sobrecoge, escapa a mi control. No le miento, me dan ganas de coger la camisa y hacerla pedazos, pero no puedo, supongo que la vanidad me lo impide. Lo único que hago es quitármela y dejarla extendida sobre la silla, esperando que al día siguiente se me haya pasado. Pero ya van cinco días y sigo igual. No sé si esto es una especie de fobia, como ustedes lo llaman, pero por favor, necesito que me ayude a superarlo. Si me pasara con cualquier otra camisa no me perturbaría tanto, pero precisamente el azul marino es el color que más me favorece. Y no lo digo solo yo.

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