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EL PAYASO by Rosa Marina González-Quevedo

Imagen tomada de Pinterest

El casino cerró a las tres y media. Desde la repisa en la que dormitaba, la imaginó saliendo con su piel de visón, abrazada a su amante (sus celos, enraizados en un juego tristemente inconcluso, eran inevitables). Se lanzó desde la tabla de madera. Subió al tocador y se sentó frente al espejo. Tomó el lápiz labial y, en bermellón, dejó impreso un poema sobre la impertérrita página azogada. Como de costumbre, ella se ocuparía de borrar los versos. Se abrió el camisón. Tomó las tijeras que ella dejaba siempre a su alcance… y sin compasión de sí mismo, se las clavó una, dos, varias veces en una vieja herida.

Terminada la lluvia, ella entró en casa. Abrió la puerta de la habitación. No  le causó sorpresa alguna hallar al payaso descosido, sucio, tirado en el suelo. Nunca había zurcido el desgarre de su barriguita de trapo. Le quería así, roto, desguazado. Era inútil luchar contra esa fantasía con la que cargaba desde la infancia.

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