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DE MI MARÍA Y MI GE PUNTO, by Juan María G. Campal

Imagen de Felicitas Rebaque

Sin duda a causa de la reciente presentación de mi nuevo libro de renglones cortos Algunos nombres del tiempo (Orpheus Ediciones Clandestinas, Gijón, 2022) y la fugaz actualidad personal que conlleva, de nuevo me he visto en la grata necesidad de explicar a algunas personas -ya conocidas unas, en primer acercamiento y conversación otras- el porqué de mi Juanmaría y mi G. Lo hice -esta vez si me asistió la memoria- siguiendo lo ya escrito en mi artículo de igual título a este, publicado en La Nueva Crónica de León el ocho de agosto de 2015 y que a continuación reproduzco, digamos, para mayor y mejor, que no general, conocimiento de quien me regale su lectura.

«No se alarme la ortodoxia lingüística, no son faltas ortográficas lo llamativo del título; tampoco, por dios, la patrística, ni creencia cristiana de varia iglesia, no es menosprecio ni a su Señora ni a ninguna de sus veneradas Marías; menos aún, a persona alguna así llamada, bien en soledad, bien en compostura, como es mi caso en el deneí. Con él en compañía de otros (Juan, el primero) fui bautizado y civilmente registrado. No, sólo pretendo explicar –ha habido quienes han preguntado el porqué– por qué uso en mi autoría, agregado al Juan el de ‘maría’. De ahí esta aclaración. No todo va a ser crítica o loa. Bien está que, a vez veces, se explique uno mismo. A la velocidad que van ciencia e imaginación, nada conviene dar por sentado o, definitivamente, sabido.

»No viene mi maría de desestima hacia su grafía mayúscula, no. Viene de una coincidencia, de un juego sin pretensión de neologismo por composición; del hecho de que ‘maría’ contiene el nombre de dos accidentes hidrográficos –somos agua– que me vinculan por lo que su observación me sugiere y aporta. Me refiero, como bien se habrá podido deducir ya, a mar y a ría. En ambas me reconozco, ambas me hablan de mis estados de ánimo, ora en pleno, ora en bajo; ora en calma, ora bravo; ora de fondo, ora rizada, y hasta de mis temporales (quién no ha tenido o sentido alguno). Reflexiono de nuevo sobre ello, frente al río Mélsos –que Estrabón dixit– y escribo donde éste se hace ría, contradicción, ambigüedad: ahora río que baja caudaloso a su encuentro con la mar, ahora ría que acoge al mar en su plenitud; por qué no, río que se mece y colma en y a la mar plena que lo absorbe; acto natural, sensual, voluptuoso. Acogimientos plenos. Todo un ejemplo de tolerancia, de convivencia, libre mimetismo, sin predominios, a ritmo vital con su punto lunático. Vamos, tal cual servidor, plena identificación. Estas, y no otras, son las razones de mi homenaje ortográfico al mar, al río, a la mar, a la ría.


»Un día, niño yo, a la salida de un campo de fútbol, el hombre bueno del que, contra todo pronóstico, he heredado la ternura, a mi pregunta sobre si no le importaba que nadie me llamase por su apellido, me respondió: “Si aquí gritas ¡Juan! o ¡García!, mirarán cinco mil; si dices ¡Campal! (apellido de la mujer de la que, también contra todo pronóstico, heredé temperamento y fortaleza), suerte habrá si mira alguno. Eso hará que siempre te conozcan por Campal. ¿Ser?, ser ya es obra propia de construcción continua”. Y en ella sigo».

Juanmaría G. Campal  

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