Esta historia transcurre en una isla perdida de un mundo imaginario, en la cual las leyendas se hacen realidad y la realidad…es una fantasía.
Era un solitario pedazo de tierra y arena flotando en el eterno océano. Un misterio la envolvía; aparecía y desaparecía tras una espesa capa de niebla, nubes, truenos y fantasmas marinos. Tras largas extensiones de arena blanca se erigía una muralla de palmeras. Su vegetación era espesa y el lago en su centro, regalaba agua dulce. Las piedras de colores en su lecho, le daban un toque mágico
Allí vivía un marino ciego de nombre Azariel, el único sobreviviente del naufragio. Fue en una de las tantas noches en que Neptuno enloquecía, por culpa de los humanos que se creían con la arrogancia de desafiarlo.
Comenzó a descargar su ira con los mares y los cuatro vientos.Se generó en el océano un caos
inenarrable: las olas trepaban alturas alucinantes. Tormentas, tempestades y aguaceros
cayeron sobre la tierra, ahogando a miles de seres humanos. Azariel estaba en alta mar con su tripulación. Remolinos furiosos, en medio de la quejumbrosa tempestad, hicieron zozobrar su barco, manchando de sangre el fondo del mar. A punto de ahogarse, fue salvado de morir ardiendo en aquellas aguas muertas, por la oceánide Climene, una bella ninfa desparramando su bella desnudez por el océano.
Cuando llegaron a la orilla de aquella isla, Climene buscó donde refugiarse de la noche, no sin antes vaciar las cuencas de Azariel pues no podía dejar que mortal alguno la viera. Solo los dioses podían mirarla, amarla y olvidarla.
Al día siguiente, cuando el sol besó las arenas de la playa, el hombre despertó y se dio cuenta que estaba ciego. La ninfa de edad indefinida y secreto origen, le contó como lo había salvado, donde estaban y porque le había arrancado los ojos.
El hombre lloró por sus lagrimales y odió su suerte. Prefería estar muerto a ciego, en una isla desierta y con una ninfa que no podía ver. Los días pasaron y las heridas de aquel mortal, comenzaron a cerrar. Ella lo cuidaba, lo alimentaba, lo protegía. Él se resignaba.
A pesar que por momentos, ella soñaba con el perfumado y encantador prado de su mundo, donde jugaba y recogía gladiolos, lirios y narcisos con sus hermanas, no quería dejar solo a Azariel. Se sentía atraída por ese mortal.
Al tiempo, caminaban de la mano por la orilla del mar, conversando animadamente, bajo el celoso ojo de la luna y la complicidad de las estrellas. Sentados en la arena frente a una inmensa fogata se besaron por primera vez. Se acostaron desnudos en una suave hamaca, enlazada a dos palmeras. Aquel delicioso vaivén echó de la isla a las horas tristes para que los sueños de algodón y plata llegaran. Los suspiros y exhalaciones de ambos, sobrevolaron las olas. El viento olía a amores eternos que llegaban en carrozas tiradas por hipocampos.
Climene, extasiada, lloró lágrimas de oro al sentir su vientre iluminado por la simiente de aquel hombre. Se durmieron a la luz de la luna, escuchando las canciones de cuna que traía el viento, buscando juntos el lugar donde el tiempo yace dormido, quieto.
Días y noches se fundían haciéndose uno solo. En la humilde choza, en el mar, al abrigo del sol, a la sombra de las palmeras, a la luz de las luciérnagas, de las estrellas errantes, de la luna, mientras, la vida crecía dentro de Climene.
Al alba de un nuevo día, el cielo se metió dentro de una exótica flor y de Climene, una bella niña nació: Electra. Acostada sobre una manta de coral, a la sombra de inmensas hojas de palmeras, la recién nacida abrió los ojos y se quedó observando todo, mientras las gaviotas la rodeaban, las tortugas de mar se acercaban y los padres la mimaban con sus encendidas y felices almas. En las noches, estrellas solitarias, se quedaban en la playa para iluminar los rostros de la familia y prender en los cabellos de Climene, broches de perlas.
El sonido de las caracolas chocando entre sí, en la orilla del mar, tendía un perfumado velo sobre la arena. El tiempo pasó y la bebé se transformó en una chiquilla bella e inquieta. La isla era su mundo, el mar su patio de juegos, los padres sus dioses, el cielo, su libro de sueños. Azariel y Climene eran los padres más felices de aquel mundo, aún sabiendo ella, que el castigo de los dioses llegaría en algún momento. Las ninfas nacían para ellos, no para los mortales.
Una mañana, el mar amaneció cargado de bruma, el aire era extrañamente cálido y estaba cargado de sal. Parecía que el día había nacido muerto. Nubes amenazantes y rayos despiadados surcaban el cielo para enterrarse en el agua que no era azul.
Azariel preguntó qué sucedía, mientras la niña se aferraba a sus piernas. Climene lanzó un triste suspiro y lágrimas cansadas cayeron sobre su pecho. Con voz dulce y doliente dijo:
─Ser felices no nos está permitido, mi amado Azariel. Seré castigada por los dioses y ustedes sufrirán las consecuencias de mis actos, pero no lo permitiré. Vengan, síganme.
Se internaron con prisa en el tupido bosque.
Cuando llegaron al lago que la naturaleza había escondido, se detuvo.
─Escúchenme bien. Ahora se meterán en el agua, bucearán solo unos metros y llegarán a una orilla. Es la entrada a las cavernas del mar. Sigan su instinto y llegarán a un nuevo mundo. El lugar es seguro a pesar de las explosiones que escucharán. Son solo los movimientos de la tierra en el fondo del océano. El camino les proveerá de agua y comida. Vayan, no tengan miedo, confíen.
Tú, Azariel, eres el único hombre que amé, amo y amaré. Tú Electra, eres mi mayor felicidad. Tendrás una vida difícil pero el amor llegará y serás muy, muy feliz. Solo te pido, te exijo que no vengas por mí. ¡Los amo tanto…adiós! Luego besó y abrazó a la niña con todas sus fuerzas. Con Azariel, el beso duró una eternidad.
Climene, sin darse vuelta para no arrepentirse, se alejó para regresar a la costa, ante la triste mirada de la niña y su amado. Se quedaron inmóviles, esperando verla aparecer otra vez. Pero no ocurrió.
De pronto un estruendo se escuchó y decidieron avanzar. Se zambulleron y llegaron a la entrada. Cuando el piso de la caverna se movió, corrieron.
Mientras tanto, afuera, el cataclismo se desataba. Los dioses enviaron a una legión de seres alados para provocar incendios, tsunamis y levantar olas tan altas que arañaban el cielo. La isla de Azariel y Climene, como tantas otras, se hundió muy profundo para que nunca más fuera encontrada. Desbocados vientos provocaron desastres al llegar a las costas. Se llevaron por delante pueblos y ciudades enteras. Fueron noches y días llenos de impiadosas olas. Tal era la ira de los dioses con Climene.
Ésta se internó en aguas profundas y allí se quedó, sola, en un pozo acuoso y oscuro, llorando su infortunio, pero sin arrepentirse de haberse enamorado de un mortal y de haber concebido una hija, mitad humana, mitad oceánide.
Muy lejos de allí, Electra y Azariel buscaban la salida de la cueva. Bastaron pocos metros para que Azariel se diera cuenta que no era obra de la naturaleza aquella caverna.
─Seguramente fue construida por los Atlantes, siglos atrás, al escapar de la catástrofe que provocó la caída de la luna sobre nuestro suelo. El impacto del satélite arrasó con la vida en la tierra. Solo ellos conocían la ocurrencia de aquel fenómeno. Por eso los construyeron, para internarse en el mar y aguardar. Se trataba de sobrevivir.
─ ¿Cómo sabes eso, padre?
─Navegué toda mi vida, hija. He conocido tierras que no imaginas. He conocido gente, normal, loca, rara, sabios e ignorantes, humanos y no tanto. He visto tesoros incalculables, lugares secretos sagrados, seres fantásticos sobre los cuales rigen los más oscuros velos.
He visto cosas que no puedo recordar, cartas náuticas de un mundo que no es éste, he leído libros que no pude entender. Y mil historias me han contado en todos y cada uno de esos lugares… ¿Seguimos caminando?
La niña asintió “Mientras lo hacemos, cuéntame esas historias”. El hombre sonrió. Entre las rocas había grietas, hendiduras por las cuales podía verse el fondo del mar. Extrañamente no ingresaba el agua al túnel. Los más extraños peces y criaturas estaban allí. Barcos hundidos, artefactos extraños, esqueletos gigantes asidos a un timón de algo que parecía una embarcación. Por días estuvieron caminando. Tenían agua milenaria, fresca en cuencos dispuestos cada cierta distancia y semillas
blancas que tenían el sabor de la miel.
“¿Mana?”, se preguntó Azariel para luego levantar sus hombros en clara señal de desconocimiento.
Pasaba el tiempo allí pero no de igual forma para ambos.
A los veinte años de travesía, Azariel tenía ochenta y Electra nueve…
Continuará….
@Ricardo Mazzccone
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